Hay momentos para la diplomacia y los hay también para la cruda franqueza. Esta vez, con el perdón de los pacientes lectores de diario El Mundo, seré crudamente franco. Aplicando a nuestra actual realidad política aquel viejo refrán que dice que “el vivo a señas y el tonto a palos”, ya a estas alturas hemos recibido suficientes señas para demostrar qué tan vivos somos.

Opinión

¿Vivos? Las señas, pues, son claras. Si a pesar de ellas los salvadoreños decidimos otorgarle más poder al actual gobierno, nuestra y solo nuestra será la culpa. Pero preparémonos, eso sí, para los palos.

Federico Hernández Aguilar / Escritor

lunes 15, febrero 2021 • 12:00 am

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Hay momentos para la diplomacia y los hay también para la cruda franqueza. Esta vez, con el perdón de los pacientes lectores de diario El Mundo, seré crudamente franco. Aplicando a nuestra actual realidad política aquel viejo refrán que dice que “el vivo a señas y el tonto a palos”, ya a estas alturas hemos recibido suficientes señas para demostrar qué tan vivos somos.

Advertí que sonaría descarnada, pero la aseveración de arriba no es antojadiza. Año y medio bajo un régimen que ha demostrado su absoluto desprecio por las reglas democráticas es suficiente para despertar a cualquiera que aún conserve intactas su conciencia y sus neuronas. Únicamente los fanáticos, los interesados y quienes por diversas razones —no siempre atribuibles a ellos— poseen una escasa cultura democrática, se muestran incapaces de descubrir, aquí en nuestro suelo, lo que ya el resto del mundo ha visto y denunciado desde hace rato: que los salvadoreños estamos en peligro real, evidente, tangible, de caer en una dictadura.

La lista de acciones que la administración Bukele ha ejecutado para ganarse esta fama es poco menos que interminable. La irrupción con fuerte custodia militar al recinto legislativo, en el malhadado 9F, fue solo el más espectacular de estos hechos; los que siguieron después, durante el ingrato periodo de pandemia, conforman una secuencia asombrosa de atropellos y arbitrariedades que no hicieron sino ampliarse durante casi todo 2020, del mismo modo que se expanden los círculos en el agua a partir de la caída de una piedra. La diferencia es que, en el caso que nos ocupa, el agua ha sido la sociedad salvadoreña y la pedrada ha sido (¡ouch!) el gobierno.

La retórica incendiaria oficialista jamás ha cesado desde las elecciones presidenciales de 2019. Nuestro mandatario ha estado en campaña electoral siempre: nunca ha dejado de ser un aspirante a alcanzar, consolidar y adquirir más poder. En cada meta ha ido a ubicarse otra vez en la línea de salida, porque es así como los “músculos” de la ambición trabajan, en una banda infinita que solo puede fundirse pero no apagarse.

Salvo contadísimas excepciones, la incompetencia del gabinete de gobierno es clamorosa, superada únicamente por su vocación al engaño y a la opacidad, y por una perruna fidelidad al “gran líder”. Los casos de corrupción por los que el régimen ha guardado sepulcral silencio se acumulan día a día, exhibiendo los harapos de la incoherencia detrás de aquella voluptuosa propaganda que en tiempo electoral exigía a otros “devolver lo robado”.

¿Y qué decir de las amenazas al Estado de derecho, cuando la cuenta oficial de Twitter amonestaba a los magistrados de la Corte Suprema por no fallar como se le antojaba al inquilino de Casa Presidencial? ¿Y cuando se impusieron cercos sanitarios a ciudades enteras sin contar con aval técnico, aprobación legal y justificación moral? ¿Y los ciudadanos que se contagiaron en centros de contención a los que se les condujo a la fuerza? ¿Y los improperios contra medios de comunicación, académicos, empresarios, adversarios políticos y ese fantasmagórico 3% de la población que, pese a su teórica insignificancia, ocupa siempre tanto espacio en los discursos presidenciales?


Las señas, pues, son claras. Si a pesar de ellas los salvadoreños decidimos otorgarle más poder al actual gobierno, nuestra y solo nuestra será la culpa. Pero preparémonos, eso sí, para los palos.