En los albores de los noventa, el Frente Sandinista (FSLN) se encontraba agotado, incapacitado de continuar una guerra interna y externa. Daniel Ortega presidente de Nicaragua en aquél entonces, controlaba el Ejército Popular Sandinista (EPS), el Legislativo, el Judicial, los medios de comunicación, y la Iglesia católica. El Metrocentro era una tristeza menguante, con algunos comercios de ropa pasada de moda y desvaída, tiendas de artesanía barata y escasos títulos de CDs y una librería de estantes semivacíos ausentes de Carlos Fuentes, Gallegos, Vargas Llosa, Borges, Octavio Paz, Camus o Pasternak. Lo bello que se observaba eran sus volcanes, lagos y playas de San Juan del Sur, y ese explosivo y orgulloso árbol de cañafístula que competía con el sol del medio día, en el intenso amarillo de sus flores colgantes, alfombrando el cerco de su sombra con sus pétalos caídos que nos inhibía profanarlas; como si fueran el símbolo premonitorio de una vida que se aproximaba, más allá de la oscuridad y la miseria del alma.

Opinión

Una patada a la mesa

Juan José Monsant A. / Exembajador venezolano en El Salvador @jjmonsant

viernes 11, junio 2021 • 12:00 am

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En los albores de los noventa, el Frente Sandinista (FSLN) se encontraba agotado, incapacitado de continuar una guerra interna y externa. Daniel Ortega presidente de Nicaragua en aquél entonces, controlaba el Ejército Popular Sandinista (EPS), el Legislativo, el Judicial, los medios de comunicación, y la Iglesia católica. El Metrocentro era una tristeza menguante, con algunos comercios de ropa pasada de moda y desvaída, tiendas de artesanía barata y escasos títulos de CDs y una librería de estantes semivacíos ausentes de Carlos Fuentes, Gallegos, Vargas Llosa, Borges, Octavio Paz, Camus o Pasternak. Lo bello que se observaba eran sus volcanes, lagos y playas de San Juan del Sur, y ese explosivo y orgulloso árbol de cañafístula que competía con el sol del medio día, en el intenso amarillo de sus flores colgantes, alfombrando el cerco de su sombra con sus pétalos caídos que nos inhibía profanarlas; como si fueran el símbolo premonitorio de una vida que se aproximaba, más allá de la oscuridad y la miseria del alma.

La Nicaragua del Frente no tenía logro que exhibir, ni revolución, ni cosechas de café, ni carreteras, ni trabajo, ni paz, solo llanto, dolor y lagrimas, y muchos, muchos muertos, presos, torturados y exiliados. Ni siquiera los amigos de antaño, aquellos que unieron sus oraciones, escritos, conciertos, medios y acciones para derrotar la Guardia Nacional y con ella, la dinastía de los Somoza, hasta ese momento la más antigua del continente.

En 1989 Ortega estaba atrapado como rata en jaula, o como langosta en nasa; no existía la Unión Soviética, ni Cuba, tampoco un Chávez, quien quizá solo leía La guerra de Guerrillas alumbrándose con una linterna bajo la sábana de su litera de la Academia, donde lo había infiltrado su hermano.

Atrapado sin salida, como aquél filme de 1975 interpretado por Jack Nicholson, Danny De Vito y Luise Fletcher como Mildred Ratcher, la enfermera sicópata y malvada de un Hospital de  Salem (donde más podría ser), más sicópata que Nicholson y de Vito, que eran simples “locos”, Daniel Ortega se vio precisado a convocar a elecciones generales. En realidad, a adelantarlas acosado como estaba por la realidad nacional e internacional. Y lo hizo desoyendo el consejo o la orden de un Fidel Castro que, desde La Habana, le presionaba para que no convocara a elecciones, a menos que tuviere asegurado todos los mecanismo de control, conteo, y resultado.

No tuvo opción, el país se desmoronaba y amagaba con una revuelta general, desde sus propias filas, o con una intervención armada panamericana, que también fue considerada en su momento. Por otra parte, no contaba como ahora, con una Mildred Ratcher a su lado, cogobernando con él y protegiéndole con todo tipo de sortilegios, amuletos e invocaciones.

Igualmente, como en la actualidad, una variedad de partidos  políticos compitieron por la primacía de representar la liberación, hasta que la sensatez y el costo-oportunidad alentó, desde la comunidad internacional democrática comprometida, una coalición electoral que se denominó UNO (Unión Nacional Opositora), liderada por Violeta Barrios de Chamorro, viuda del mártir Pedro Joaquín Chamorro, asesinado el 10 de enero de 1978 en la  avenida Bolívar de Managua, por un sicario somocista.


Con dificultades y reservas, pero con un fin único, el 25 de febrero de 1990 la UNO presidida por doña Violeta y secundada por el político liberal Virgilio Godoy, derrotó a Daniel Ortega Saavedra, dándose inicio a una nueva etapa en la historia de Nicaragua.

Hoy, otra mujer, Cristiana Chamorro Barrios, viuda de Lacayo, hija de dos íconos de la historia de Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro y Violeta Barrios es llamada a presidir una nueva coalición electoral encargada de derrotar por segunda vez,  a un Daniel Ortega convertido en sanguinario dictador como lo fuera Somoza.

Ortega no soportó ser derrotado dos veces por una mujer, por la madre  y por la hija. Invadido por el miedo, optó por “darle una patada a la mesa”, mandar al carajo las formas, las leyes y a la comunidad internacional, acusó a Cristiana de lavado de dinero, la metió presa y le quitó sus derechos políticos (al igual que hizo posteriormente con cuatro precandidatos más). La Comunidad Internacional democrática, tiene la palabra.