Los cambios que de manera atropellada se siguen sucediendo en el pleno legislativo, apenas a dos semanas de su toma de posesión, dejan en claro que la opción elegida por el oficialismo para los próximos años no va por la renovación necesaria de la democracia salvadoreña, sino más bien, por la destrucción de esta en nombre de fines supuestamente más elevados, cuyos detalles traducidos en planes de gobierno no conoce nadie más que el presidente Bukele, y que los resume en su consabida frase de estar “limpiando la casa”.

Opinión

Una onda expansiva…

Roberto Burgos Viale / Catedrático @burgosviale

lunes 17, mayo 2021 • 12:00 am

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Los cambios que de manera atropellada se siguen sucediendo en el pleno legislativo, apenas a dos semanas de su toma de posesión, dejan en claro que la opción elegida por el oficialismo para los próximos años no va por la renovación necesaria de la democracia salvadoreña, sino más bien, por la destrucción de esta en nombre de fines supuestamente más elevados, cuyos detalles traducidos en planes de gobierno no conoce nadie más que el presidente Bukele, y que los resume en su consabida frase de estar “limpiando la casa”.

Pero es que la casa pertenece a todos, no solo a la mayoría de votantes que dieron su aprobación en los últimos dos eventos electorales, ni tampoco a los grupos partidarios que aún resienten la pérdida de sus antiguos privilegios y que aún no se explican las causas de su derrota. La casa, el país, nos pertenece a todos, y las consecuencias de su mala administración en medio de uno de los periodos más difíciles de la historia también vamos a padecerlos como sociedad.

Pero de esa elección preferente por dinamitar y no por renovar las bases del sistema político, también deberían preocuparse nuestros vecinos en la región, ya el año pasado Bukele se vio involucrado en un intercambio de opiniones poco diplomático con representantes del gobierno mexicano y del costarricense, los detalles fueron de sobra conocidos y ya dejaron en evidencia la voluntad del mandatario de involucrarse en la política de países vecinos.

Lo mismo ha ocurrido con su respuesta a las críticas de congresistas estadounidenses, para quienes sus ataques como respuesta no solo le sitúan lejos de cualquier convencionalismo, sino que a la vez, de lo que aconseja la sana prudencia en materia de relaciones internacionales, incluso entre aliados históricos, no histéricos.

Pero la semana pasada Bukele y su ministro de Salud se anotaron otro éxito en su lógica de mantener una imagen positiva y en permanente expansión, cuando el primero hizo su incursión en la política hondureña enviando al segundo con la donación de miles de dosis de vacunas contra el covid-19, gesto humanitario que costeamos todos los salvadoreños y que sin duda merece el reconocimiento general, si es que solo por razones de salud pública se  hubiese realizado, pero esta donación entre pueblos hermanos tiene un trasfondo político: pone en aprietos al gobierno central del país vecino, en el momento de mayor mortandad para la sociedad hondureña durante la pandemia, agravada  por la extrema lentitud de sus autoridades en aportar soluciones, lo que le ha valido las críticas en los últimos días del sector académico, de colegios profesionales y de la misma oposición, ante la prevalencia de razones ideológicas sobre las sanitarias al momento de emprender procesos de adquisición de vacunas, las que ahora son surtidas por los salvadoreños en algunas poblaciones fronterizas.

Y es que el ascenso de gobiernos autoritarios que terminan minando las democracias, por imperfectas que estas sean, conlleva este efecto a distancia, como si de la onda expansiva después de una explosión se tratara.


Ejemplos sobran: conflictos fronterizos entre Venezuela y Colombia, amenazas de intervención militar de Nicaragua contra Costa Rica por la soberanía en el Río San Juan, exportación de modelos autoritarios y corruptos por parte del ya fallecido Hugo Chávez, valiéndose de la empresa estatal PDVSA, la erosión del sistema interamericano de protección de derechos humanos por medio de la polarización de ese escenario a cargo de los cancilleres de esos mismos países, en suma: que constituyen una amenaza al paradigma de las sociedades democráticas que durante décadas se ha querido construir.

Por estas y otras razones es que la ambición de Bukele y su forma de gestionar los asuntos locales, pero también los internacionales, debería estar en la mira de nuestros vecinos y de quienes nos miran desde la lejanía, pues los gobiernos autoritarios igual que el virus se propagan, tienen mutaciones y con el tiempo se vuelven inmunes a los remedios que el diálogo, la diplomacia y el derecho internacional han construido entre los pueblos civilizados.