Evita las miradas a los ojos de una mujer, alguna vez alguien me aconsejó, cuando recién llegado a Somalia. No recuerdo quién, aunque sí lo mantenía siempre presente. En la cultura musulmana pronto me di cuenta, al igual que en algunas otras, como la cultura del sur de España, los ojos de sus mujeres adquieren una fuente de expresión, que incluso supera la expresión oral.  Los ojos de mujer aprenden a decir muchas cosas. Caras delgadas, anguladas, ojos negros y profundos, manos largas y elegantes con tatuajes arabescos, piel suave y negra. Fuerte como el roble, así recuerdo a la mujer somalí.

Opinión

Una historia de ellas He crecido y vivido, rodeado de mujeres fuertes y valientes. Mujeres, guerreras, de lucha consecuente…

Dr. Alfonso Rosales / Médico epidemiólogo @alfonso76657962

miércoles 10, marzo 2021 • 12:00 am

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Evita las miradas a los ojos de una mujer, alguna vez alguien me aconsejó, cuando recién llegado a Somalia. No recuerdo quién, aunque sí lo mantenía siempre presente. En la cultura musulmana pronto me di cuenta, al igual que en algunas otras, como la cultura del sur de España, los ojos de sus mujeres adquieren una fuente de expresión, que incluso supera la expresión oral.  Los ojos de mujer aprenden a decir muchas cosas. Caras delgadas, anguladas, ojos negros y profundos, manos largas y elegantes con tatuajes arabescos, piel suave y negra. Fuerte como el roble, así recuerdo a la mujer somalí.

Algún día te llevo ahí, me dijo mi madre. Tenía 10 años y lo recuerdo como ayer. Estábamos en la terraza de nuestra casa, y ambos observábamos en una tarde soleada, con ese sol de las cuatro y media de la tarde, que te abraza y acaricia tu piel, y desde su sombra brinda esos tonos de colores, azules y amarillos y verdes suaves. Que tardes más hermosas las de mi ciudad. Mi madre y yo, veíamos desde esa terraza la ciudad de San Salvador, y a nuestros pies nuestra colonia Dolores y su loma. Dolores, ese nombre como el color verde, vuelven siempre y me cobijan y acompañan. Y esa loma verde y amarilla, con ese sol de nuestra deliciosa tarde, a esa loma quería ir. A mis 10 años, la loma parecía terreno lejano, peligroso, lleno de aventuras. Me intrigaba, me llamaba.

La experiencia con las viejas parteras, decrepitas, sabias, mujeres con pieles curtidas, y morenas y hermosas, con historias de tristeza y alegría, de esas montañas hondureñas. Esas montañas de picos elevados y que te dejan sin aliento especialmente por la temprana mañana cuando al despertarse todavía se cobijan con un manto de roció que al mezclarse con el sol te llena ojos y pulmón con sensaciones de renacimiento. Estoy seguro, que cada uno de nuestros partos se acompañó de esa sensación tan particular, la primera entrada de aire, la primera entrada de luz en nuestras retinas, una sensación solo replicada por una montaña bañada de roció con sus primeras luces de sol de la mañana.

Que mierda que es esta vida, que mierda…. El grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Más que un grito, semejaba un aullido profundo y agudo, eterno… que anunciaba un último respiro. Era la “mama”, como la llamaba su marido, y se encontraba en ese momento tirada en una cama del centro de salud de Papua, Indonesia. Eran las 9 de la noche y hacia una hora que había parido su tercer hijo a los 32 años. Tenía dos niñas de 2 y 4 años, y quería ansiosamente darle un varón a su marido. Su vida, hasta el día de hoy había sido simple, siguiendo la tradición milenaria de su pueblo, sin mayores bienes materiales, pero con lo suficiente para alimentar y mantener sanas a sus hijas.

La vida había sido buena con ella, pensaba. Hasta ese día. Eran las nueve de la noche, el grito agudo, más bien un aullido, despertó a la matrona. Se levantó angustiada y corrió donde la recién parida, la encontró en un charco de sangre, todavía con el suero en vena, en esos momentos también el médico, que no había asistido el parto ni monitoreado el trabajo de parto, aun a pesar de tratarse de una inducción con oxitocina, corrió.

He crecido y vivido, rodeado de mujeres fuertes y valientes. Mujeres, guerreras, de lucha consecuente, constante. Mujeres y migrantes, que por diversas circunstancias han dejado la comodidad o la incomodidad de sus países, para adentrase en terrenos desconocidos y hostiles. Desde España a Haití; desde El Salvador a California, Nueva York, o Vancouver. Mujeres migrantes, inmersas en sociedades machistas, muchas veces misóginas, se levantan como líderes activistas, defendiendo derechos de inmigrantes, protegiendo su salud mental, y luchando desde puesto claves para mejorar la salud pública de nuestro continente, y a pesar de algunos gobiernos. Privilegio -desde los desiertos de Somalia, las montañas hondureñas, California, Washington y Brasil- el poder compartir, día sí y día no, sus historias, mujeres guerreras y valientes. Se les recuerda en su día.