En las últimas semanas, hemos sido testigos de un desfile de candidatos a magistrados de la Corte Suprema de Justicia que son interrogados por los diputados de la Comisión Política de la Asamblea Legislativa, con el objetivo de encontrar a los cinco nuevos jueces para el máximo tribunal, cumpliendo así con la disposición constitucional que ordena la renovación de una tercera parte del pleno, cada tres años.

Opinión

Una fábula legislativa

Roberto Burgos Viale / Catedrático @burgosviale

lunes 21, junio 2021 • 12:00 am

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En las últimas semanas, hemos sido testigos de un desfile de candidatos a magistrados de la Corte Suprema de Justicia que son interrogados por los diputados de la Comisión Política de la Asamblea Legislativa, con el objetivo de encontrar a los cinco nuevos jueces para el máximo tribunal, cumpliendo así con la disposición constitucional que ordena la renovación de una tercera parte del pleno, cada tres años.

Las entrevistas no solo ponen en evidencia las fortalezas y debilidades de quienes optan a la más alta magistratura, también  nos muestran las limitaciones de sus inquisidores, en este caso, las de aquellos diputados del oficialismo que ven en este procedimiento la oportunidad de hacer gala de un saber jurídico que, en la mayoría de casos, representa apenas una fracción de la moralidad y competencia notorias que se exige para el cargo de diputado.

Así, entre legisladores que se precian de sus “diez años de ejercicio de la abogacía”, o de haber leído “algunas tergiversaciones de información como desgraciadamente sucede”, y otros que responden a sí mismos a las extensas disquisiciones en las que se sumergen, atentos siempre a acaparar tiempo y discurso ante las cámaras, bien puede decirse que los únicos prudentes e inteligentes en esa comisión  han sido los que se limitan a callar, a tomar notas, y a sonreírle bonitamente a las cámaras, ante las sesudas cuestiones planteadas por sus colegas de bancada, siempre abundantes en ideas nuevas.

Pero, en la ciencia del Derecho y en el ejercicio de la magistratura hay bien poco de nuevo, ya que nuestro sistema se remonta al antiguo derecho que dio a luz en Occidente y a los principios de un sistema romano germánico que se trasplantó desde la vieja Europa a través del Reino de España, en las postrimerías de la Colonia, y que luego fuera asimilado con sus luces e imperfecciones por esta joven república, que “con fe inquebrantable el camino, del progreso se afana en seguir”, para usar una frase heroica que todos entiendan.

En suma, esta no es una nueva aplicación digital, como nos pretenden hacer creer los flamantes legisladores.

Total, que el espectáculo está garantizado hasta la tarde de hoy, en la que concluye la treintena de entrevistas que en puridad los diputados están obligados a realizar, a partir de la terna que para tal efecto les remitió el Consejo Nacional de la Judicatura. Es de esperar que al menos para la última sesión, los interrogadores se hayan preparado adecuadamente, o al menos, que hayan aprendido de las respuestas que dieron, en las semanas anteriores, algunos juristas de impecable trayectoria.


De no ser así, los diputados repetirán la trama de la famosa fábula hindú de “Los ciegos y el elefante”, en la que cada uno de los protagonistas palpaba al animal creyendo que era dueño de la verdad absoluta, a partir de su simple experiencia individual. El primero que resbaló sobre su costado, lo confundió con una pared, el segundo tocó un colmillo y confundió a la bestia con una lanza, el tercero sostuvo entre sus manos la trompa y creyó que el elefante era como la serpiente, y el que le tocó una rodilla, lo comparó con un árbol, y así, sucesivamente. La moraleja de la fábula queda a conciencia de los lectores.

Lo que es innegable es que esta Comisión Política nunca podrá elegir candidatos idóneos, porque los mismos encargados de examinarlos tampoco lo son. Ninguno de los legisladores presentes en dichas comparecencias puede acreditar la experiencia y la sapiencia necesarias para formular un interrogatorio, al menos coherente, con las actuales corrientes del pensamiento jurídico, y mucho menos cuentan con la trayectoria académica, o docente, que sí poseen varios de los examinados.

No hay que hacerse ilusiones con la próxima Corte Suprema de Justicia, ni tampoco con las decisiones que esta tome a partir de ahora, y que van a impactar en el funcionamiento del resto del Órgano Judicial, o en la lucha contra la corrupción, que tenía uno de sus principales bastiones en la “Sección de Probidad”, bajo control del pleno.

Como los ciegos con el elefante, solo los diputados saben el tipo de magistrado que buscan, pero ese perfil, no está en la Constitución.