Las calles de San Martín están más solas durante la cuarentena especial. / DEM

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Un viaje durante la cuarentena especial No se veía a muchas personas en las calles, las puertas del mercado de la Segunda Avenida tineca no estaban abiertas, muchos comercios estaban cerrados y apenas circulaban algunos vehículos.

Redacción DEM

viernes 15, mayo 2020 • 12:00 am

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Antes de salir de casa me senté en un sillón y pensé si realmente era necesario. Era mi día de salida, según el dui. Evalué el tiempo y las necesidades, ¿cuándo podría volver a salir de nuevo y cuándo se vencían mis facturas?, ¿cuándo se acababan mis medicinas y cuándo podría volver comprar? Pensé en todo, o al menos, eso intenté.

Tomada la decisión coordiné el transporte. El municipio más cercano está a unos kilómetros de la localidad donde resido; ahí podía realizar mis pagos y adquirir mis fármacos, que debido a la suspensión de consulta externa en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social no pude tener el mes pasado.

Tomé una cartera y salí.   La alcaldía del municipio ha dado permiso a un vehículo para llevar y traer a los pobladores que les toca salir según su dui.

Unos kilómetros antes de llegar a San Martín, municipio ubicado al oriente de San Salvador, un retén de militares controlaba los vehículos que entraban y salían.

Durante el recorrido era evidente la disminución del transporte circulando. No había personas en las paradas autorizadas y, aunque no era una calle desolada, tampoco parecía un día normal.

Al llegar a mi destino el panorama era excepcional; no se veía a muchas personas en las calles, las puertas del mercado de la Segunda Avenida no estaban abiertas, muchos comercios estaban cerrados y apenas circulaban algunos vehículos.


Un minisúper, cuyas puertas de vidrio permitían observar su interior, parecía ser una buena alternativa para realizar compras guardando el distanciamiento social, a diferencia de otro supermercado donde días atrás las filas han sido enormes.

Intenté estar alerta en todo momento y establecí prioridades. Un alergólogo debía haberme proporcionado unas recetas en abril pasado, pero no fue así. Como el medicamento es importante, decidí ir primero a una farmacia.

Calles desoladas hay ahora en San Martín, cuando antes solían ser vías concurridas de comerciantes. / DEM

Me proporcionaron alcohol gel y me indicaron donde debía esperar tras llegar a la puerta. El personal, que cuenta con equipo de protección, atendió cada pedido respetando las medidas de sanidad.

Al salir de la botica debía cancelar algunos recibos, pero tres puestos de verduras, los únicos ubicados en una de las desiertas calles tinecas, me hicieron recordar lo que faltaba en casa.

Fue ahí donde mis ojos registraron el temor de quien un billete o monedas recibe. La vendedora vio el dinero, le aplicó un spray y agarró con temor las pecunias.

Un señor, que llegó en una camioneta gris, se bajó de su auto, le compró a la vendedora y el ritual del dinero fue el mismo.

Seguí de largo, me desinfecté, hice los pagos y aproveché para consultar sobre la cancelación de un contrato. Continué mi camino con el mayor de mis pesares; una madre hipertensa y diabética me esperaba.

Oculté durante el recorrido una voz interior, disimulé ante el conductor con palabras llanas. Pensaba en las bolsas que había tocado y hasta en el brazo izquierdo que con mi mano derecha había rozado. Mi mente recorría cada movimiento hasta que los militares detuvieron el automóvil y mi consciencia regresó al camino, donde había más vehículos con dirección a Suchitoto, pero solo dos me intrigaron.

Un pick up con dos adultos mayores y un camión con ganado y trabajadores, estos últimos sonreían, mientras, paradójicamente, otros caminaban a pie.