Narraban gentes ancianas que, hace muchísimos años, un joven originario del tranquilo pueblo de San Luis de la Reina (al norte del Departamento de San Miguel), cumplió satisfactoriamente el servicio militar en el llamado “Decimotercero Regimiento de Infantería”, con sede en la cabecera departamental, ostentando las rojas jinetas correspondientes al grado de  Cabo del Ejército. Dirigiéndose inmediatamente para su lugar natal, ante el orgullo de sus familiares y el respeto de sus coterráneos, tal como era la costumbre en aquellos lejanos tiempos con respecto al hombre de uniforme, o que lo hubiera usado en un cuartel.

Opinión

Un relato de terror criminal

Armando Rivera Bolaños / Abogado y psicólogo

jueves 1, junio 2017 • 12:00 am

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Narraban gentes ancianas que, hace muchísimos años, un joven originario del tranquilo pueblo de San Luis de la Reina (al norte del Departamento de San Miguel), cumplió satisfactoriamente el servicio militar en el llamado “Decimotercero Regimiento de Infantería”, con sede en la cabecera departamental, ostentando las rojas jinetas correspondientes al grado de  Cabo del Ejército. Dirigiéndose inmediatamente para su lugar natal, ante el orgullo de sus familiares y el respeto de sus coterráneos, tal como era la costumbre en aquellos lejanos tiempos con respecto al hombre de uniforme, o que lo hubiera usado en un cuartel.

Nadie, ni siquiera su progenitora, pudo advertir los negros pensamientos que bullían en la mente transformada de aquel muchacho, quien por su tez bastante blanca, ojos claros y pelo castaño, era conocido únicamente como “El Chele”. En efecto, contaban, a las pocas semanas de su retorno, el joven comenzó por rehusarse a cooperar con su padre y hermanos en las labores agrícolas y se dedicó, tranquilamente, pero con mucha astucia para no ser descubierto, a “reclutar” criminales reconocidos en los alrededores, incluyendo a un  sordomudo hondureño de quien después se averiguó, en su país era reclamado por la justicia nada menos que por “cinco asesinatos”.

Es indudable que el cambio conductual de nuestro personaje, se debía a un complejo problema sociopático, considerando que el joven se había criado en una zona rural, en el seno de una familia campesina honesta, apegada a sus principios religiosos y con una buena dosis de moral sana, dentro de lo comprensible para su nivel escaso de educación. Valores que además se reforzaron en el período del servicio militar.

De un modo u otro, “El Chele” logró reunir una pandilla de 22 hombres, armados de escopetas, revólveres y machetes, de quienes él era el jefe único, aunque tenía tres secuaces de su entera confianza  que “disciplinaban” al resto. Para evitar reclamos que le formulaban sus parientes, decidió marcharse a las enmarañadas montañas de un cerro que, precisamente, era una perfecta atalaya para divisar desde lo alto y sin ser percibidos, el movimiento de gentes y partidas de animales, tanto para el pueblo, como para las localidades vecinas. Entrenó militarmente su grupo de facinerosos, construyó una vivienda rústica para pernoctar y guardar alimentos, poniendo incluso “centinelas” con determinados horarios, en sitios estratégicos, para ser avisado oportunamente en caso llegara una patrulla militar o una comisión de guardias nacionales. Poco a poco las arremetidas criminales de la banda de El Chele, fueron frecuentes y con muchas víctimas, que todas las autoridades civiles de San Luis de la Reina huyeron temerosas para otros poblados, dejando a los moradores bajo el arbitrio de aquellos forajidos sin alma ni piedad, que robaban víveres de las tiendas y hogares, bebían licor de la única cantina local y violaban jovencitas según sus instintos perversos, sin que nadie osara levantarles siquiera la voz. Pero aquellos desmanes violentos pronto fueron conocidos en la ciudad de San Miguel, donde tanto el Comandante Departamental como el Jefe local de la hoy extinta Guardia Nacional (GN), se reunieron para trazar una urgente acción punitiva contra aquellos peligrosos malhechores. La GN era un cuerpo eficaz de policía rural, fundada por el Dr. Manuel Enrique Araujo, asesinado en el otrora primer Parque Bolívar, hoy Plaza Barrios, la noche del 4 de febrero de 1913.

Los jefes militares analizaron planos, se ubicó el sitio exacto y se procedió conforme a una estrategia para evitar bajas entre los elementos que intervendrían. Al llegar de noche, montando caballos, la fuerza combinada se apostó en un sitio donde no fuera avistada por los “centinelas”. Mandaron dos guardias a pie por el camino al cerro, pero  “a paso muy lento”, dando tiempo suficiente para que el resto subiera, cautelosamente, una ladera por detrás y sorprender la pandilla. Dicho y hecho. Los “centinelas” al percatarse que a lo lejos venían unos guardias avisaron al Chele, quien ordenó que todos sus secuaces, incluido él mismo, bajaran y se parapetaran en el cruce del camino para asesinarlos. En ese momento, llegaron las tropas a retaguardia  disparando “nutridamente” sobre los criminales hasta eliminarlos, sin sufrir ninguna pérdida en sus filas…