Desde 1994 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora cada 15 de mayo el Día internacional de la familia, a la que califica como el “grupo social fundamental y medio natural para el desarrollo y bienestar de todos sus miembros, especialmente los niños”. En 1997 el tema fue el de las familias al borde de la extinción en zonas de guerra y áreas afectadas por conflictos. Para el escenario nacional, eso tuvo y tiene validez.

Opinión

Un par entre tantas…

Benjamín Cuéllar / Defensor de Derechos Humanos @BenjamnCullar2

viernes 21, mayo 2021 • 12:00 am

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Desde 1994 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora cada 15 de mayo el Día internacional de la familia, a la que califica como el “grupo social fundamental y medio natural para el desarrollo y bienestar de todos sus miembros, especialmente los niños”. En 1997 el tema fue el de las familias al borde de la extinción en zonas de guerra y áreas afectadas por conflictos. Para el escenario nacional, eso tuvo y tiene validez.

Cuando la ONU ni existía, nació el 14 de mayo de 1935 quien sería esposo de Aída Cañas y padre de tres hijos: Roque Antonio, Juan José y Jorge. El primero de estos jóvenes desapareció en octubre de 1981, durante una ofensiva militar en Chalatenango; una de las que lanzaba el régimen ‒esenciales en el desarrollo de su estrategia de “tierra arrasada”‒ sin distinguir entre tropa insurgente y niñas, niños, mujeres y personas mayores, enfermas o con discapacidades. Esta población civil no combatiente era el “agua” que, sin importar los costos humanos y materiales, había que quitarle al “pez”: la guerrilla.

Y, paradojas de la vida y de la muerte, el padre de este joven combatiente desaparecido a sus 25 años de edad fue asesinado precisamente por una de las facciones que después fundaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional; eso ocurrió el 10 de mayo de 1975, sin que a la fecha sus cobardes verdugos hayan entregado los restos humanos de Roque Dalton García, nuestro poeta reconocido nacional e internacionalmente. Esta familia no pudo disfrutar “el desarrollo y el bienestar de todos sus miembros” planteado por la ONU. La dañaron y, hasta la fecha, ni uno ni otro bando le han reparado con verdad y justicia los profundos daños que le causaron.

Otra parentela ampliada, también víctima de la barbarie ocurrida en el país durante tanto tiempo, es la de Julio Ernaldo Rivera Guardado. “Soy el único sobreviviente de mi familia”, dijo iniciando su testimonio-denuncia durante la primera edición del Tribunal internacional para la aplicación de la justicia restaurativa, esfuerzo que iniciamos en marzo del 2009 dentro del Festival VERDAD. 1980 fue terrible para él. El 16 de enero, guardias nacionales e integrantes de ORDEN ‒la Organización Democrática Nacionalista‒ ejecutaron a su hermano; de trece años, era el más querido para Julio de apenas siete. El 11 de marzo mataron a su madre y a sus hermanos restantes. Antes asesinaron a sus dos tías, luego de violarlas y torturarlas. Y el 14 de mayo, durante la masacre del río Sumpul, acabaron con la vida de trece parientes más que no eran guerrilleros.

Catorce años después, la ONU determinó homenajear a la familia; mientras, Julio envidiaba a quienes recibían llamadas de Estados Unidos y preguntaba por qué en el cielo no habían teléfonos. “Todos tienen ese gusto de que suene […] Solo a mí no hay quien me llame”. Su familia entera estuvo al borde de la extinción en zonas de guerra, pero no; quedó él para contarlo.

En nuestro país independientemente de la redacción desde 1939 se reconoce constitucionalmente a la familia como base fundamental de la sociedad, cuya protección debe garantizar el Estado aprobando la legislación pertinente para ello y creando las instituciones correspondientes para hacerla valer. Desde hace más de ocho décadas, es ese el “deber ser” salvadoreño.


Pero “el ser”, la realidad, desde siempre ha sido lo contrario para las mayorías populares que han sufrido los ultrajes de la violencia estatal y la exclusión social, así como la brutalidad de la criminalidad ‒organizada o no‒ en la posguerra; brutalidad que ni empieza ni termina con las muertes violentas pues se extiende a las desapariciones forzadas y las extorsiones, entre otras manifestaciones. Todo eso, basado de la impunidad histórica. En dichos entornos fueron y son muchísimas las familias que se han desintegrado, al vivir en “áreas afectadas por conflictos” en las que no se les ha garantizado ni siquiera el “mínimum vital” de sus derechos.

Que no nos seduzcan entonces “cantos de sirena” salseros cuando, en esencia, El Salvador aún sigue siendo la “patria exacta” que dibujó Escobar Velado. Por eso es nuestro deber, irremediable y reciamente, desmentir al “chico plástico” y al “mal bicho”.