Desde su espectacular irrupción en el escenario político norteamericano hasta el disparo en el pie que supuso la extravagante negativa a reconocer su derrota electoral, Donald J. Trump describió una parábola sin paralelo en la historia democrática occidental. Analizar este fenómeno, para aquellos que hacemos ciencia política y nos interesa la historia de las ideas y los liderazgos, es labor fascinante y retadora.

Opinión

Trump, una parábola aleccionadora Lo peor de Trump, obviamente, fue su retórica incendiaria, propia de su irrefrenable carácter impulsivo, belicoso y partisano.

Federico Hernández Aguilar / Escritor

lunes 1, febrero 2021 • 12:00 am

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Desde su espectacular irrupción en el escenario político norteamericano hasta el disparo en el pie que supuso la extravagante negativa a reconocer su derrota electoral, Donald J. Trump describió una parábola sin paralelo en la historia democrática occidental. Analizar este fenómeno, para aquellos que hacemos ciencia política y nos interesa la historia de las ideas y los liderazgos, es labor fascinante y retadora.

La sola nominación de Trump a la candidatura republicana planteaba, de suyo, un desafío teórico. Por mi parte dije que su arribo equivalía a presenciar la invasión del espectáculo circense en la política estadounidense, con los efectos que aquello podía tener para el propio “Grand Old Party”. La premisa no estaba equivocada; pero luego los demócratas cometieron el error histórico de nominar a Hillary Clinton. Con la inclinación de los azules por la desgastada exfuncionaria de Obama, el asunto se equilibró de manera dramática.

No mentiré diciendo que entre mis vaticinios estaba, para noviembre de 2016, la sorprendente victoria de Trump. Creí, como casi todo el mundo, que la Clinton sería electa, sobre todo porque casi ninguna encuesta le concedía el triunfo a su polémico adversario. Lo que sí dije es que la América “profunda”, esa que odiaba el sesgo de CNN y no leía el “New York Times”, iba a dar un fuerte golpe de mesa. Pues bien, el golpe no solo quebró la mesa, sino que envió a Hillary directo al osario político.

Como gobernante, Donald Trump fue poco menos de lo que más se temía y bastante más de lo que pocos previeron. En materia económica —y que me perdonen los fanáticos de Biden—, dudo que tenga quien le supere en el corto plazo. Incluso cuando se analiza fríamente lo que hizo Trump para frenar la expansión china, por dar un solo ejemplo, los saldos terminan siendo favorables a su gestión, a despecho de bravuconadas y salvas al aire.

Tampoco en la agenda social anduvo descaminado el proceder del 45º mandatario gringo. De hecho, la aplicación de medidas que hicieron respetar la libertad de conciencia de grandes capas medias y rurales fue un alivio que contrarrestó las imposiciones de su predecesor, experto como fue en dividir a la sociedad entre “conservadores” y “progresistas” (términos, por cierto, muy ambiguos).

Lo peor de Trump, obviamente, fue su retórica incendiaria, propia de su irrefrenable carácter impulsivo, belicoso y partisano. Ni la moderación ni la modestia ni la ecuanimidad figuraron jamás en su lista de virtudes, políticas o personales; al revés, a lo que siempre apostó fue a la ruptura y al enfrentamiento como estrategias de comunicación, halando de esa cuerda hasta límites nunca vistos en EEUU. Allí ganó sus mejores batallas y obtuvo sus peores derrotas. El resultado final fue que la cuerda, estirada al máximo, acabó por romperse.


Lo más sorprendente del caso Trump es que, pese a todos sus errores y la esperable fatiga de su modo de ejercer el poder, estuvo a punto de ganar en las elecciones del año pasado. Incluso vale preguntarse qué habría ocurrido si el coronavirus no hubiera aparecido justo en los meses previos a los comicios. Este reflejo de la sociedad americana debería ser una lección aprendida para los demócratas, que tendrán “trumpismo” para rato si insisten en la aplicación de políticas intrusivas y económicamente inviables. En cuanto a los populistas criollos, ¿podrán aprender algo útil también, antes que sea demasiado tarde?