Estaba a punto de escribir sobre la realidad innegable de las autoridades electas de negociar con las pandillas, maras y crimen organizado en sus respectivas comprensiones territoriales, una situación que ha llegado a tal grado que nadie puede lanzar la primera piedra, cuando de repente me desayuno el viernes en la mañana con la disertación sobre el delito, la delincuencia y la víctima, o sea, ciencias penales puras, del señor presidente de la República, don Nayib Bukele.

Opinión

Tráfico ilegal de personas

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 30, marzo 2021 • 12:00 am

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Estaba a punto de escribir sobre la realidad innegable de las autoridades electas de negociar con las pandillas, maras y crimen organizado en sus respectivas comprensiones territoriales, una situación que ha llegado a tal grado que nadie puede lanzar la primera piedra, cuando de repente me desayuno el viernes en la mañana con la disertación sobre el delito, la delincuencia y la víctima, o sea, ciencias penales puras, del señor presidente de la República, don Nayib Bukele.

La demagogia está reñida con la ciencia, aquélla es mentira enarbolada como verdad, con mucho histrionismo. Ésta es el camino hacia la verdad.  Mientras el aprendiz de abogado, Bukele, quiere disertar sobre la teoría del delito, específicamente, sobre el tráfico de personas, se me hace un nudo en el estómago que me dan ganas de regresar al vientre materno y arrullarme con el latido del corazón de mi madre viviendo en santa paz en ese recinto oscuro y sereno. ¡Pero no! Estoy acá y la bulla, el estentóreo ruido que hacen los comentarios desatinados del primer mandatario me quita la paz y, en esta ocasión, me derrite el cerebro.

Don Nayib Bukele confunde el cebo con la manteca. El delito lo es tal porque está tipificado en la ley, por ser una acción (y en ciertos casos una omisión) que produce efectos nocivos que dañan (o atentan) contra bienes a los cuales, jurídicamente, se les ha elevado a un grado de suma importancia para la sociedad. Así por ejemplo la vida, la integridad física, la libertad sexual, el patrimonio, la salud, la economía, la fe pública, etc. No es comida para trompudos entender eso.

El tráfico de personas si ha sido tipificado como delito en todos los ordenamientos jurídicos de los regímenes democráticos del planeta no es por un caprichito de algunos iluminados que fuman cannabis. Es delito precisamente porque viola o pone en riesgo varios derechos e infringe muchas normas, lo cual lo convierte en una acción antijurídica, la cual se realiza con conocimiento pleno, lo cual nos conduce a la mala intención, o sea, al dolo, y todo con un perjuicio económico muy, pero muy alto para las víctimas. Es un delito en todo el sentido de la palabra.

¡Pero no solo eso! No solo es el dinero que se pierde, sino que lo hacen violando leyes migratorias, sometiendo a condiciones inhumanas a las personas a lo largo de los viajes, muchos de ellos pierden la vida por lo mismo, incluso, son entregados a personas que los someten a esclavitud, sea de servidumbre, sea sexual, y por si faltaba poco, muchos de ellos son menores de edad.

La migración no es un derecho humano propiamente catalogado como tal por las convenciones o tratados, pero sí lo es la libre movilización. Lo que es indiscutible, también, es que ha sido parte intrínseca de la humanidad la cual, en búsqueda de mejores situaciones climatológicas, ambientales, huyendo de guerras, desastres naturales, etc., se ha trasladado a otros territorios. Pero una cosa es la migración legal y otra el tráfico ilegal de personas.


El señor Bukele, en esas típicas prestidigitaciones que hacen los demagogos, en esos triples saltos mortales que hacen con la lengua, con ese retorcimiento de la lógica, ha querido abrir un nuevo frente de batalla con la oposición legislativa haciendo ver que el tráfico de personas es algo hermoso, poético,  una de las labores más nobles y solidarias que existen en el planeta, tanto así que, en el imaginario del mandatario, no es peregrino pensar que en un futuro cercano podríamos tener nuestro primer san Coyote elevado a los altares para su veneración.

¡Pamplinas! Es un absurdo de absurdidad total. El tráfico de personas es un crimen, se explota la necesidad de la gente, se les lleva de frontera en frontera burlando las leyes migratorias, violando sus derechos más básicos, corrompiendo autoridades policiales y migratorias, y en el tránsito por el infierno en el cual se han convertido algunas regiones de México, corren el enorme e inminente riesgo de quedar bajo esclavitud permanente o, al menos, ser secuestrados exigiendo rescates a sus familiares.

No señor presidente, zapatero a sus zapatos. Esto es cuestión de ciencias penales, no de populismo barato.