Hace algunos años, en las olimpiadas para personas con discapacidad de Seattle, también llamadas “olimpiadas especiales” nueve participantes, todos con deficiencia mental, se alinearon para la salida de la carrera de los cien metros lisos, a la señal todos partieron, no exactamente veloces, pero con deseos de dar lo mejor de si, concluir la carrera y ganar el premio,  excepto uno de los participantes, ya que tropezó en el piso y al estar sobre el pavimento le sobrevino un llanto de frustración, pero los otros ocho, al escuchar el llanto, disminuyeron el paso.

Opinión

Solidaridad y amor al prójimo

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios @Jaime_RO74

miércoles 13, octubre 2021 • 12:00 am

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Hace algunos años, en las olimpiadas para personas con discapacidad de Seattle, también llamadas “olimpiadas especiales” nueve participantes, todos con deficiencia mental, se alinearon para la salida de la carrera de los cien metros lisos, a la señal todos partieron, no exactamente veloces, pero con deseos de dar lo mejor de si, concluir la carrera y ganar el premio,  excepto uno de los participantes, ya que tropezó en el piso y al estar sobre el pavimento le sobrevino un llanto de frustración, pero los otros ocho, al escuchar el llanto, disminuyeron el paso.

Y al ver al joven en el suelo, se detuvieron y regresaron, una de las participantes, con síndrome de Down, se arrodilló, le dio un beso y le dijo: “listo, ahora vas a ganar” y el resto de competidores entrelazaron los brazos y caminaron juntos hasta la línea de llegada. El estadio entero se puso de pie y en ese momento no había un solo par de ojos sin lágrimas, los aplausos duraron largos minutos, las personas que estaban allí aquel día, repiten y repiten esa historia hasta hoy, porque en el fondo, todos sabemos que lo que importa en esta vida, más que ganar, es ayudar a los demás para  que alcance la autorrealización.

Aunque ello signifique disminuir el paso y cambiar el rumbo, porque el verdadero sentido de esta vida no es que cada uno de nosotros gane en forma individual, sino lograr que el resto de ciudadanos menos favorecidos obtengan un poco de alivio a las duras cargas que les agobian. Es tiempo de hacer a un lado el egoísmo y las diferencias ideológicas y darle paso a la solidaridad y al amor al prójimo.

El Señor Jesucristo dijo: “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar.

Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.  (Mateo 6:19-21)

Los tesoros que se hacen en el cielo no son una referencia intangible o promesas subjetivas. Los “tesoros en el cielo” son elementos sublimes de valor en el reino venidero de nuestro glorioso Señor Jesucristo, pero para ello se debe construir en la tierra con materiales no perecederos, como; las obras justas, la solidaridad, el amor al prójimo, no robarle a nadie, no corromperse al estar en un puesto de función pública, no volverse altanero ni orgulloso cuando se tiene poder, ni rendirse ante la tiranía, porque todo ello es efímero.


De manera que el poder es para ayudar a los más necesitados y no para sacar provecho propio, ni ganancias deshonestas, dado que el dinero una vez muerta la persona no sirve para nada, pero para los vivos podría ser una causa de división y pleitos, “porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:10). En otras palabras, el dinero no es malo, sino el amor al dinero, de modo que el dinero guardado en un banco o debajo del colchón no sirve de mucho.

Pero compartir un poco de la prosperidad que algunos ciudadanos han alcanzado, con los más necesitados como; las viudas, los huérfanos y madres solteras, no empobrece a nadie, ni enriquece al necesitado, pero este acto de auténtica solidaridad, constituye tesoros en el cielo, tal como Dios se los dijo a los israelitas por medio del profeta  Isaías 58.  El ayuno que yo escogí, ¿no es más bien desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar ir libres a los quebrantados y romper todo yugo?

¿No es que compartas tu pan con el hambriento, que a los pobres errantes albergues en casa, que cuando veas al desnudo lo cubras y que no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba y tu sanidad se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia. “Así que cuando ayudes a los más necesitados no lo publiques en las redes sociales”.