Un suspiro de alivio recorrió Europa cuando quedó claro que Joe Biden iba a reemplazar a Donald Trump en la Casa Blanca. El nuevo liderazgo en Estados Unidos implicaba que tras cuatro años de disrupción en la relación transatlántica, estaba próxima una era de cooperación constructiva en los asuntos bilaterales y globales. Pero en las últimas semanas, esa sensación previa de alivio dio paso a la inquietud, al ver la escena política estadounidense alcanzar nuevas honduras de disfunción. Las instituciones democráticas de Estados Unidos han padecido ataques que no tienen punto de comparación desde la Guerra Civil. El asalto del 6 de enero al Capitolio (transmitido en vivo a un mundo que no salía de su asombro) no se olvidará por mucho tiempo.

Opinión

¿Se puede volver a confiar en Estados Unidos?

Carl Bildt / Político sueco @carlbildt

viernes 22, enero 2021 • 12:00 am

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Un suspiro de alivio recorrió Europa cuando quedó claro que Joe Biden iba a reemplazar a Donald Trump en la Casa Blanca. El nuevo liderazgo en Estados Unidos implicaba que tras cuatro años de disrupción en la relación transatlántica, estaba próxima una era de cooperación constructiva en los asuntos bilaterales y globales. Pero en las últimas semanas, esa sensación previa de alivio dio paso a la inquietud, al ver la escena política estadounidense alcanzar nuevas honduras de disfunción. Las instituciones democráticas de Estados Unidos han padecido ataques que no tienen punto de comparación desde la Guerra Civil. El asalto del 6 de enero al Capitolio (transmitido en vivo a un mundo que no salía de su asombro) no se olvidará por mucho tiempo.

El odio y el desdén por la democracia que mostraron los insurrectos no desaparecerán con la partida de Trump. Millones de sus simpatizantes en todo el país persistirán en la falsa creencia de que les robaron la elección. Trump dejó a la sociedad estadounidense profundamente herida, y a Europa con una sensación de intranquilidad y preocupación por el futuro de su viejo aliado que perdurará.

Mucho ha cambiado desde inicios de diciembre, cuando la Comisión Europea publicó un documento sobre sus ideas para una cooperación renovada entre la Unión Europea y Estados Unidos. En la combinación de «cambio de gobierno en Estados Unidos, una Europa más asertiva y la necesidad de diseñar un mundo poscoronavirus», la dirigencia europea vio una «oportunidad única para diseñar una nueva agenda transatlántica para la cooperación mundial». Había grandes esperanzas. Biden y su impresionante equipo de asesores habían puesto en claro que trabajarán con amigos y aliados para enfrentar desafíos mundiales urgentes como el cambio climático, las amenazas a la salud pública y el ascenso de China.  Pero aunque las instituciones y gobiernos de Europa siguen atentos al llamado de Estados Unidos, no deben dar por sentado que todo será viento en popa, porque las circunstancias han cambiado. Una encuesta realizada en once estados miembros de la UE por pedido del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) muestra que las actitudes de los europeos hacia Estados Unidos han tenido una mutación considerable durante la era Trump. Una mayoría de los encuestados considera que el sistema político estadounidense no funciona; que Europa no puede confiar en Estados Unidos para su defensa; que dentro de una década China será más poderosa que Estados Unidos; y que Europa no debe tomar partido en un conflicto entre ambos.

El 51% de los encuestados no cree que Estados Unidos pueda superar sus divisiones internas y aportar a la solución de grandes problemas mundiales que afectan el futuro de Europa. Por supuesto que hay diferencias entre países, pero son pequeñas. Incluso en el Reino Unido, con su «relación especial» con Estados Unidos, el 81% de los encuestados considera que hoy el sistema político estadounidense es total o parcialmente disfuncional. Los únicos lugares donde una mayoría de los encuestados opinó lo contrario fueron Hungría y Polonia. Además, si bien otras encuestas muestran un empeoramiento de las actitudes hacia China en toda Europa, el 60% de los europeos preferiría que la UE se mantenga al margen de la rivalidad sinoestadounidense. Sólo el 22% de los encuestados por el ECFR considera que Europa debe tomar partido por Estados Unidos, mientras que el 6% cree que debería hacerlo por China. Hoy hay una actitud mucho más reservada hacia Estados Unidos, y creció la confianza en la capacidad de Europa para definir su propio futuro (que esa idea se corresponda con la realidad es harina de otro costal).

Este giro en las actitudes europeas llega en el peor momento posible. En un mundo de relaciones de poder cambiantes, la cooperación entre la UE y Estados Unidos es imperiosa. No hay modo de que una u otra parte logre sobreponerse sola a los desafíos mundiales. Y otras redes cooperativas mundiales más amplias dependen del vínculo transatlántico como fundamento.

Pero no se puede ignorar la inquietud de los europeos tras los hechos recientes en Estados Unidos, ya que persistirá, y eso implica al menos algún efecto sobre la diplomacia y la formulación de políticas. El riesgo inmediato es que la agitación política en Estados Unidos dé argumentos a quienes ya están pidiendo que Europa trace un rumbo propio, alce nuevas barreras o se retire del mundo. Si el aliado tradicional y natural de Europa ya no es confiable, ¿qué otra alternativa queda? Esa es la pregunta que ahora sobrevuela la discusión europea de políticas y estrategias.


Claro que a Biden se lo recibirá con júbilo casi universal en la mayor parte de Europa. Pero llevará mucho más tiempo determinar si Trump fue una aberración histórica o preanuncio de lo que vendrá. Por eso, el cambio en la opinión pública europea planteará un desafío permanente a las dirigencias a ambos lados del Atlántico. La administración Biden debe hacer todo lo posible por restaurar la confianza en la sociedad y en las políticas de los Estados Unidos; y la dirigencia europea debe convencer a una población local escéptica de la necesidad de apoyar medidas tendientes a restaurar los lazos transatlánticos. La encuesta del ECFR hace pensar que la tarea de la dirigencia europea será ardua; pero no puede darse el lujo de fracasar. Ahora que en Washington hay un nuevo liderazgo, es el momento de asegurar que la pesadilla de los últimos cuatro años nunca más se repita.