San Óscar Romero. Archivo DEM

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San Óscar Romero y su legado desde El Salvador de visibilizar a víctimas de represión en el mundo El hombre que en una convulsa época de la historia salvadoreña pidió el cese a la represión nació un día como hoy hace 104 años.

Redacción DEM

domingo 15, agosto 2021 • 8:00 am

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Este domingo se cumplen 104 años del nacimiento de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, la Voz de los Sin Voz, como fuera conocido y reconocido en El Salvador y el mundo por hacer eco de graves violaciones de derechos humanos en el país. Su asesinato en marzo de 1980, a las puertas de la guerra civil, perpetuó su anhelo de una sociedad justa y libre.

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, un 15 de agosto de 1917. Segundo de ocho hijos, frutos del matrimonio de Santos Romero y Guadalupe Galdámez, sintió desde temprana edad un llamado por la vocación sacerdotal.

Formado en Roma y ordenado sacerdote en plena Segunda Guerra Mundial en 1942, fue pupilo de Giovanni Montini, quien años más tarde sería nombrado el papa Pablo VI.

Párroco del pueblo de Anamorós, departamento de La Unión, en el extremo oriental salvadoreño durante más de tres décadas, Monseñor Romero fue trasladado a Santiago de María en 1974, departamento de Usulután, donde comulgó con la causa de los más pobres, en un contexto social marcado por la represión militar de las libertades civiles.

Romero había conocido la crudeza de los militares al mando, había constatado que el poder en El Salvador se ensañaba con el desposeído. Las dos décadas anteriores al conflicto civil armado (1980-1992) estuvieron marcadas por un fuerte descontento social aparejado con una férrea represión.

En 1977 es ordenado arzobispo de San Salvador, en la ciudad, se consolidó como la “Voz de los Sin Voz”, por su constante denuncia y reproche a los atropellos del gobierno de Arturo Armando Molina, cuyo mandato estuvo marcado por hechos como la masacre estudiantil del 30 de julio de 1975 o el asesinato de un entrañable amigo de Monseñor, el padre jesuita Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977.

En sus homilías no perdía oportunidad para hacer eco del malestar de la gran mayoría y de la situación de los derechos humanos en El Salvador, lo que le llevó a convertirse en una molestia para el Gobierno.

Su denuncia trascendió las fronteras salvadoreñas, llegando inclusive a ser nominado al premio Nobel de la Paz en 1979, ese año, Agnes Bojaxhiu, mejor conocida como la Madre Teresa de Calcuta, se hizo con la distinción.

Habiendo estallado la cruenta guerra civil en 1980 y habiendo sido declarado como un enemigo manifiesto por el poder en turno por sus ideales y denuncias, Romero siguió alzando la voz.

El 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospital Divina Providencia en San Salvador, Romero fue asesinado por un francotirador desde las afueras de la capilla. Su funeral en Catedral Metropolitana, tristemente recordado, también estuvo marcado por la violencia.

Romero partió físicamente a los 62 años víctima de la violencia que en vida repudió, pero el hecho lejos de disolver sus ideales en el tiempo lo convirtieron un representante universal de la denuncia contra los abusos a los derechos humanos.

Pasaron 35 años, cuando el 23 de mayo de 2015, la Iglesia Católica lo declaro beato, lo que puso a Monseñor Romero a un paso de ser considerado ‘santo’.

La Voz de los Sin Voz, tras su partida, se había convertido en un salvadoreño universal, recordado por la empatía con la que abordó el sufrimiento de los más pobres.

El 14 de octubre de 2018, el Papa Francisco I, en un acto en la Basílica de San Pedro de la Ciudad del Vaticano, en Roma, canonizó a Monseñor Romero santo de la Iglesia Católica, convirtiéndose en el primer santo centroamericano.