¡No lo harás! No importa adonde te encontrás, siempre he estado y seguiré estando en el lado de las víctimas. Y por ello no me he lucrado. En 1960 tenía cuatro años, pero no por ser niño dejé de enterarme de lo que ocurría en mi país y tener siempre presente la afrenta a la dignidad de nuestro pueblo, cuando el 2 de septiembre la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador ‒recuerda Renán Alcides Orellana “fue rodeada por una gran cantidad de efectivos del ejército, que intentaban eliminar a las autoridades y a los dirigentes estudiantiles”.

Opinión

¿Robar historia y memoria? Quizás nos robaron la crítica… Pero no consiguieron ni conseguirán robarnos la historia y la memoria.

Benjamín Cuéllar / Defensor de Derechos Humanos @sahernandeza

jueves 24, diciembre 2020 • 12:00 am

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¡No lo harás! No importa adonde te encontrás, siempre he estado y seguiré estando en el lado de las víctimas. Y por ello no me he lucrado. En 1960 tenía cuatro años, pero no por ser niño dejé de enterarme de lo que ocurría en mi país y tener siempre presente la afrenta a la dignidad de nuestro pueblo, cuando el 2 de septiembre la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador ‒recuerda Renán Alcides Orellana “fue rodeada por una gran cantidad de efectivos del ejército, que intentaban eliminar a las autoridades y a los dirigentes estudiantiles”.

Entonces, continúa mi querido don Renán, el rector Napoleón Rodríguez Ruiz junto al secretario general del alma mater “y muchos estudiantes, fueron blanco de una saña brutal […] Las tropas del gobierno golpearon y asesinaron al estudiante Mauricio Esquivel Salguero”. Ese secretario general era, en esos días, mi padre: Roberto Emilio Cuéllar Milla, quien llegó a casa días después de con la cabeza rota y vendada, su camisa ensangrentada y el brazo derecho enyesado, fruto de los inmisericordes garrotazos policiales.

Eso no fue “farsa”. ¿O el equivocado soy yo o vos? Vos porque esa realidad graficada en una persona vapuleada ‒abogado que me enseñó el valor de la justicia‒ fue la que me marcó e hizo nacer la conciencia que morirá conmigo cuando me vaya; no por motivos mercantilistas.

Mandaste a pintar el muro de un cuartel para que, afuera, la gente no leyera el nombre de un perpetrador de una terrible atrocidad: el de Domingo Monterrosa. Pero adentro de las instalaciones militares mantenés ‒con tus decisiones‒ intocable el espíritu de cuerpo, incólume la complicidad e intacta la impunidad.

Después juntaste a un grupo de víctimas de este criminal y sus colegas militares. Pero no te atreviste a decirles que sus angustias, dolores y demandas eran una “farsa”; tenías como fondo el retrato del mártir “imaginario”, según tu “historia”. Como parte de esta, esperaste tu campaña electorera adelantada para decirlo en donde se consumó una de las mayores matanzas en una guerra que solo en tu cabeza cabe que fue ficción. Quizás por eso no invitaste a la asociación que debías haber invitado, la de las víctimas, pero llevaste a una de las que te aplauden a ciegas.

La historia de este país y su pueblo, de sus sufrimientos y sus luchas, no la reescribirán ni vos ni tus amanuenses. Ya la escribieron sus víctimas con sangre y con ausencias como las de Patricia Emilie Cuéllar Sandoval, mi prima, cuyos hijas e hijo la buscaron a ella y a la justicia desde hace 38 años. Por cierto, muy pronto tendrás noticias de este caso que incluye las desapariciones forzadas del papá de Paty, Mauricio, y de Julia Orbelina Pérez. La familia estará pendiente de tu reacción.


Los acuerdos que pararon la guerra, tampoco fueron farsas. El problema fueron sus incumplimientos y violaciones, comenzando por la amnistía que seguiría vigente si no conseguimos su inconstitucionalidad el 13 de julio del 2016. Su contenido, muy bueno, debería retomarse; pero, al contrario, vos estás dinamitando eso que podría ser la guía básica para fundar el nuevo El Salvador que los otros no edificaron.

¿Hablas de “los acuerdos” y los descalificás? Supongo, entonces, que leíste el de Ginebra. Si no, leélo. No cuesta mucho; son menos de dos páginas por ojear. Y retomálo para garantizar el respeto irrestricto de los derechos humanos, democratizar el país y unificar la sociedad para lograr la pacificación tan ansiada.

De todo eso, precisamente, lo poco logrado te estás encargando de revertirlo. Así, quizás, “harás tu historia”; pero, ojo, no me robarás la verdadera y dolorosa historia de las víctimas y su lucha por hacer valer sus derechos pisoteados por una Fuerza Armada a la que querés vendernos como “nueva”. Esa real historia la tengo bien resguardada en mi memoria, porque parafraseando al Sabina vamos a recuperar los nombres de las cosas, vamos a llamarle pan al pan y vino al vino, sobaco al sobaco, miserable al destino y al que mata vamos a llamarle de una vez asesino. Quizás nos robaron la crítica… Pero no consiguieron ni conseguirán robarnos la historia y la memoria.