“Celebramos 100 años de una aerolínea que ha construido historia: Avianca apostando al desarrollo económico de El Salvador. Reconocemos el valioso aporte del capital humano salvadoreño, durante este centenario de fundación. Y la cultura continúa conectando naciones y estrechando lazos de amistad en el mundo. Gracias a la Orquesta Sinfónica de El Salvador y Coro Nacional por deleitarnos con sus interpretaciones esta noche de celebración, en el Palacio Nacional”. Este fue el mensaje textual que apareció en una “red social” oficial del Ministerio de Cultura a inicios de febrero del año en curso, en ocasión del primer siglo de existencia de la citada empresa.

Opinión

¡Qué frescura de cultura!

Benjamín Cuéllar / Defensor de Derechos Humanos

sábado 22, agosto 2020 • 12:00 am

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“Celebramos 100 años de una aerolínea que ha construido historia: Avianca apostando al desarrollo económico de El Salvador. Reconocemos el valioso aporte del capital humano salvadoreño, durante este centenario de fundación. Y la cultura continúa conectando naciones y estrechando lazos de amistad en el mundo. Gracias a la Orquesta Sinfónica de El Salvador y Coro Nacional por deleitarnos con sus interpretaciones esta noche de celebración, en el Palacio Nacional”. Este fue el mensaje textual que apareció en una “red social” oficial del Ministerio de Cultura a inicios de febrero del año en curso, en ocasión del primer siglo de existencia de la citada empresa.

Y el siguiente es el que la misma fuente difundió el recién pasado sábado 15 de agosto, al cumplirse 103 años del natalicio del cuarto arzobispo de San Salvador: “San Romero de América, como cariñosamente es conocido monseñor Óscar Arnulfo Romero, nació el 15 de agosto de 1917, en ciudad Barrios, San Miguel”.

Notorias diferencias, ¿o no? Pasemos revista a la forma: es evidente que la extensión y la emoción en ambos no es la misma. Pero es más importante observar y comentar el fondo. La empresa “ha construido historia” y por eso se la cartera estatal, regocijada, le dedicó un concierto memorable ‒¿con recursos pagados por nuestros impuestos?‒ en un sitio por demás destacable. Para el santo no hubo siquiera una gala virtual. ¿Por qué? ¿Porque no hizo “historia”? Así, nada más nos “culturizan” con datos que conocen muchísima gente dentro y fuera de nuestro territorio: la fecha y el lugar en que vino al mundo. Pero también con otro que no tiene, precisamente, sustento histórico: hoy resulta que por “cariño” le dicen san Romero de América.

¡No señora ministra, aspirante a diputada, y no a quien le maneja sus “redes sociales”! No tienen ni nuevas ni viejas ideas de lo que se trata; en realidad, no tienen idea. Es san Romero de América porque así lo “canonizó” ‒anticipándose al Vaticano‒ don Pedro Casaldáliga, el misionero claretiano recién fallecido siendo obispo emérito de la prelatura de San Félix de Araguaia, Mato Grosso, Brasil. Este cerró su inigualable y poético decreto así: “San Romero de América, pastor y mártir nuestro, ¡nadie hará callar tu última homilía!”.

En realidad se trata de su penúltima homilía, la del 23 de marzo de 1980, en la que firmó su sentencia de muerte. “En nombre de Dios, pues, ‒clamó entonces desesperado e indignado monseñor‒ y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!” Por denunciar ese infame flagelo de manera valiente y no “cariñosamente”, lo ejecutaron para convertirlo en mártir y elevarlo a los altares.

No se le llama “cariñosamente” san Romero de América así nomás ni queremos que esté en esos sitios distante y “modosito”, muy lejos de su pueblo aún crucificado. Aunque se lo tuvo y mucho, no es por cariño que Casaldáliga lo nombró así sino por su palabra clara y desafiante, decidida y contundente, persistente y vigente a la hora de denunciar las atrocidades cometidas por los poderes injustos, incluido el de los militares que aún permanecen impunes y que ahora oficialmente los pasan endiosando permanentemente.


Señora ministra de Cultura, usted rindió homenaje a una línea aérea que ha hecho “historia” empresarial encareciendo por años y años el transporte y la convivencia de las familias separadas por cientos de miles de kilómetros de distancia, producto de la huida de su terruño natal empapado con la sangre de sus mayorías populares, abandonado por el hambre prevaleciente entre las mismas y maldecido por la impunidad protectora de quienes desde los poderes que ostentaron y ostentan les han vulnerado sus derechos y su dignidad.

Avianca fue homenajeada y no tiene culpa por ello; tampoco la tiene el 16 de enero de 1992, por no haberla siquiera recordada por el Gobierno la firma del Acuerdo de Chapultepec con el cual se abrió la oportunidad ‒desperdiciada, por cierto‒ de construir un país decente, incluyente, normal… Un país, en palabras de Lanssiers, “donde la justicia sea personalizada y se transmute en equidad, donde el verdugo no sea considerado como el único garante de la civilización, donde la esperanza nos venga ‒de vez en cuando‒ con algo de mermelada”.

A quienes hoy dicen estar “haciendo historia”, más les valdría conocer un poquito de la nuestra ‒al menos la del doloroso siglo pasado‒ antes de echar por la borda las efímeras ilusiones que le generaron a una población ya frustrada por aquellos que hicieron la guerra y no supieron, pudieron o quisieron alcanzar la paz. Para ello, el actual Gobierno y sus ministerios deben ser eso y no los “misterios” que al día de hoy son. Con poca esperanza pedimos que ojalá los ilumine con “cariño verdad”, como el de la canción, nuestro pastor y mártir: ¡san Romero de América!