El secreto de un buen truco de magia, es que quien lo realice tenga grandes capacidades de prestidigitación, es decir, que sea alguien que, haciendo uso de artilugios, confusión, distracción y evasión, pueda convencer al público que lo observa de las ilusiones o trucos que presenta son verdaderos.

Opinión

Prestidigitación y realidad

Lourdes Molina Escalante / Economista sénior Icefi @lb_esc

jueves 24, junio 2021 • 12:02 am

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El secreto de un buen truco de magia, es que quien lo realice tenga grandes capacidades de prestidigitación, es decir, que sea alguien que, haciendo uso de artilugios, confusión, distracción y evasión, pueda convencer al público que lo observa de las ilusiones o trucos que presenta son verdaderos.

Últimamente parece que en El Salvador estamos en medio de un gran acto de prestidigitación. En los últimos dos meses la agenda pública ha estado dominada por el cambio de la Asamblea Legislativa, que bajo el eslogan de trabajar de la mano con el presidente Bukele, se ha comportado como los partidos tradicionales y con madrugones ha aprobado la destitución de los magistrados de la Sala de lo Constitucional y del Fiscal General, la contratación de más deuda pública, la adopción del bitcóin como moneda de curso legal, en fin, se han aprobado leyes con serias implicaciones sociales, económicas y ambientales sin ningún tipo de debate y sin tomar en consideración las preocupaciones de la ciudadanía. La aprobación de leyes es ahora un trámite de horas.

Desde el Ejecutivo se habla de todo y de nada a la vez. Se montan actos publicitarios para la presentación de iniciativas de ley, pero no se ponen a disposición de la ciudadanía los estudios técnicos que sustenten las propuestas; el Presidente tiene tiempo para aclarar las implicaciones de nuevas leyes a inversionistas extranjeros pero no a la ciudadanía; las personas que dirigen las diferentes carteras del Estado son incapaces de explicar las implicaciones e impactos de las iniciativas de ley que presentan. Hemos llegado al extremo en el que los funcionarios y funcionarias se contradicen a sí mismas.

Y así, la agenda pública se llena de mil temas para hablar, una sobreinformación que tiene como único propósito la desinformación. Al mismo tiempo que la ciudadanía trata de conocer y comprender lo que está pasando, el aparato publicitario gubernamental ha sido muy efectivo para crear la ilusión de un país más seguro, más próspero, líder mundial en innovación y destino privilegiado de la inversión extranjera.

Pero detrás de estos artilugios, hay una realidad que es muy diferente, una que no coincide con las percepciones. Una realidad en la que las clases virtuales no llegan a todos los niños y niñas, pero en la que no sabemos cuántos de ellos están desertando de la escuela, porque las estadísticas son reservadas. En la que se registran, en promedio, 16 feminicidios al mes y dos mujeres desaparecidas al día. Donde el derecho a la salud solo lo gozan quienes pueden pagar por él y en la que los hogares deben, en promedio, destinar mensualmente $45.54 para financiar sus gastos en salud. En la que a pesar de que el país cuenta con un gran potencial de energía renovable, aún hay cerca de 35 mil hogares del área rural sin acceso a energía eléctrica. Y en la que la migración persiste: entre septiembre y marzo, 3,755 menores no acompañados, 17,343 personas adultas y 7,797 familias han sido detenidas en la frontera entre México y Estados Unidos, en su intento de alcanzar el sueño americano. Una realidad en la que cada invierno, con el colapso de la red vial, nos enfrentamos a las consecuencias de la ausencia de planificación territorial e infraestructura resiliente y al error de que la política pública considere que progreso y desarrollo son sinónimos.

De verdad, me encantaría que los problemas que venimos acarreando desde hace décadas se solucionaran con un chasquido de dedos, pero construir un país mejor no es un acto de magia, la percepción de que el país está mejor no es suficiente para que en realidad lo esté.


La transformación del país requiere de una construcción colectiva, de diálogos y consensos nacionales, liderados desde el poder público. Cambiar el país requiere que desde el Estado  reconozca a cada persona su dignidad y bienestar como el fin último del quehacer público. Ante los actos de prestidigitación, desde la ciudadanía debemos poner atención a la coyuntura, pero sin olvidar que lo estructural continúa sin resolverse y que es tarea de los funcionarios dar respuesta a esos desafíos de manera eficiente y transparente.