Nadie escapa, o casi nadie, de esa condición que se nos aparece al cumplir los cuarenta años, o alrededor de ellos: esa necesidad de estirar los brazos para lograr leer un párrafo completo de un libro o una nota de prensa. Comenzamos entonces, con el 1.0 hasta que llegar al límite, de esos pequeños lentes plásticos que compramos en las farmacias, librerías y hasta en los puestos de ventas de la economía informal. Cuando llega el momento inevitable de consultar al oftalmólogo y nos dice, si tenemos amistad con el galeno: “Te jodiste, tengo que prescribirte lentes fijos para ver de cerca; eso, amigo, se llama presbicia, y es la dificultad para ver de cerca, con claridad, por falta de enfoque, como consecuencia de la rigidez del cristalino.

Opinión

Presbicia moral

Juan José Monsant A. / Exembajador de Venezuela en El Salvador

viernes 4, diciembre 2020 • 12:00 am

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Nadie escapa, o casi nadie, de esa condición que se nos aparece al cumplir los cuarenta años, o alrededor de ellos: esa necesidad de estirar los brazos para lograr leer un párrafo completo de un libro o una nota de prensa. Comenzamos entonces, con el 1.0 hasta que llegar al límite, de esos pequeños lentes plásticos que compramos en las farmacias, librerías y hasta en los puestos de ventas de la economía informal. Cuando llega el momento inevitable de consultar al oftalmólogo y nos dice, si tenemos amistad con el galeno: “Te jodiste, tengo que prescribirte lentes fijos para ver de cerca; eso, amigo, se llama presbicia, y es la dificultad para ver de cerca, con claridad, por falta de enfoque, como consecuencia de la rigidez del cristalino.

Dos palabras claves en lo anecdótico que nos conducen a otras posiciones de la existencia humana: ausencia de claridad, y rigidez conceptual. En filosofía o psicología podría equiparase a la ausencia de sindéresis, es decir, la incapacidad para juzgar situaciones con rectitud y acierto, de distinguir moralmente el bien del mal.

Esto viene a reflexión al observar lo que sucede actualmente en los Estrados Unidos, concretamente en el ejercicio presidencial del actual mandatario Donald Trump. En sus mensajes de la campaña presidencial del 2016 se traslucían algunas verdades necesarias para el correcto funcionamiento de la nación, otras un tanto excéntricas e irrealizables como la construcción de un muro kilométrico para impedir la llegada ilegal de mexicanos y centroamericanos. En todo caso, al pintoresco “outsider” se le dio una oportunidad, quizás para refrescar.

Y vaya que fue pintoresco, sus asesores iniciales, salvo su hija Ivanka, su yerno Jared y su hijo Eric, ha podido permanecer en su cargo, y mucho menos los relacionados con la justicia y la seguridad nacional o inteligencia, incluyendo la estratégica Secretaría de Defensa. Steve Bannon, un curioso y audaz personaje relacionado con la supremacía blanca tuvo que irse o lo despidieron, y terminó asesorando a partidos y movimientos de extrema derecha europeos; luego detenido por fraude, dado una estafa monumental de más de 100 millones de dólares recaudados y que para ayudar a construir el famoso muro.

Aún resuenan en los oídos pudorosos aquella declaración al inicio de su mandato donde afirmaba que le creía más a Putin que a sus propios servicios de inteligencia; y al igual que el difunto Chávez, quien acostumbraba a despedir a funcionarios públicos por televisión, éste lo hacia, lo hace, por Twitter. En definitiva, culminó su mandato con una nación abiertamente dividida, desconcertada, manipulada y un poco más cercana al esquema latinoamericano de administrar la cosa pública. Alejada de sus aliados tradicionales de la OTAN y a un regreso al aislacionismo en un mundo que se intercomunica cada día más, con mayor intensidad y libertad.

Más preocupante aún, el mundo occidental, la cultura occidental se ha visto sorprendida ante algunos desplantes, decisiones y alianzas contrarias a la esencia de la libertad, la democracia, la transparencia y control de los actos del gobernante ante su pueblo y, a la estricta separación de los poderes públicos. Aquella denuncia y alerta sobre el “capitalismo salvaje” atribuida al Papa Juan Pablo II, en su Encíclica “Centesimus Annus” (01.05.1991), regresó como una sombra siniestra sobre el modelo de economía de mercado, consustancial con el orden democrático, para posesionarse en ley del más fuerte, audaz y atropellador, como la vía de selección de la especie humana.


No creo que el presidente actuara conscientemente en esas poses y accionar tan primarios, me llego a inclinar en actitudes y emociones inculcadas en un hogar donde la posesión de bienes, y la consecución de objetivos personales por cualquier vía, no solo es moralmente aceptada, sino una obligación de supervivencia. Quizá allí residió la ausencia de sindéresis y se impuso la presbicia moral.