Al examinar el lapso que corre desde el 1 de julio de 2019 hasta la fecha, no es difícil establecer que se ha experimentado un rápido proceso de ruptura con los patrones institucionales vigentes. Eso tiene y tendrá consecuencias para la sociedad salvadoreña. Porque todo indica que los resultados electorales del 28 de febrero ampliarán la cobertura de control del Estado por parte del nuevo grupo de poder.

Opinión

Política sin bridas No deberían imaginar que tener el control casi total (por ahora) del aparato estatal es miel sobre hojuelas...

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 16, febrero 2021 • 12:00 am

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Al examinar el lapso que corre desde el 1 de julio de 2019 hasta la fecha, no es difícil establecer que se ha experimentado un rápido proceso de ruptura con los patrones institucionales vigentes. Eso tiene y tendrá consecuencias para la sociedad salvadoreña. Porque todo indica que los resultados electorales del 28 de febrero ampliarán la cobertura de control del Estado por parte del nuevo grupo de poder.

Esto ya ha sucedido en otros momentos de la historia nacional, por eso el examen de lo que hoy ocurre no es improductivo contrastarlo con otras circunstancias. Quizás allá encontremos claves para entender lo que ahora discurre.

En 1927, de la costilla del grupo de poder que siempre se ha asociado a los capitales Quiñónez y Meléndez, surgió una iniciativa política que se desgajó de este, podría decirse, pero que solo se ‘desenmascaró’ hasta que Pío Romero Bosque asumió como presidente de la república.

Por supuesto, hay que tener en cuenta que aquel país, El Salvador de entonces, era un poco distinto al actual, en varios sentidos. Y aquello no es esto. Pero sirve observar el proceder de los actores: sus trayectorias (erráticas o no), sus discursos, sus prácticas concretas, sus tentativas (fallidas o no) y sus alianzas (frágiles o de corto plazo).

En 1927 y hoy, hay algo que es común: en 1927, no había un tejido organizativo de base, autónomo, estructurado, que estuviese en capacidad de auditar la gestión política en ciernes. Existía ya la Federación Regional de Trabajadores, fundada en 1924, pero su cariz principal era artesanal, su quehacer disperso y su cobertura urbana (entiéndase San Salvador, sobre todo). La emergencia de ese nuevo gobierno, que expresaba una ruptura con lo anterior en la perspectiva política (no en lo económico), se ‘adelantó’, si se lee esto desde las luchas sociales, a las reivindicaciones que en otros lugares de América se estaban planteando. Dicho en términos actuales, aquel gobierno de 1927 arrancó con una política de libertades públicas y de descomprensión social.

Desde 2019, de la costilla de los partidos tradicionales, por nombres de dirigentes, por financistas y por mentalidades, surgió una fuerza política que a la velocidad del rayo se convirtió en un partido político tradicional. Algo así como el Partido Revolucionario de Unificación Democrática (PRUD), nacido de las cenizas del Pro-Patria (de Hernández Martínez) o el Partido de Conciliación Nacional, nacido de las brasas del PRUD. Todo eso de 1948 a 1961.


Este nuevo partido político tradicional, igual que en 1927, se encontró en 2019 solo en la llanura, sin resistencias reales que le cierren el paso. A sus congéneres, los otros partidos políticos tradicionales, los vapuleó en lo electoral y les quitó la chorcha de un navajazo. ¿Y en las calles, en los centros de trabajo industrial, en los campos, en el aparato estatal? Es poco lo que puede decirse que constituye un esfuerzo organizativo renovado y fresco.

También entre 1927 y este momento hay otra identidad no difícil de identificar: la situación económica. Durante el gobierno que inició su andadura en febrero de 1927, aún no podía presagiarse la ‘gran crisis’ de 1929, pero ya la economía internacional daba indicios de trastabillar. De 2019 a esta fecha el escenario económico para El Salvador (que la emergencia sanitaria ha venido a rematar) no puede ser más que dramático. Con opciones estrechas y medidas restrictivas que terminarán de complicar la vida de los salvadoreños.

Y una tercera cuestión que puede compararse entre 1927 y este momento es que ambas gestiones gubernamentales llevaban de la manito al Ejército (hoy Fuerza Armada). Cuando, más adelante, en 1931, el país se desbarrancó, los militares ya habían adoptado una propia posición, al margen de la fuerza política que lo llevaba de la manito.

Quienes ahora, el 28 de febrero, parece que van a ser favorecidos, otra vez, por el voto ciudadano, no deberían imaginar que tener el control casi total (por ahora) del aparato estatal es miel sobre hojuelas. Tampoco deberían olvidar, en ningún momento, que solo un porcentaje de los aptos para votar, los respaldan en las urnas, porque un poco más del 50% no asiste a ejercer el sufragio.

Así, por ejemplo, la situación del endeudamiento externo ha dejado de ser solo un asunto económico, y es ya un urgente problema político que, de no manejarse con sobriedad y equilibrio, podría llevar al país a un escenario por hoy impredecible. La vulnerabilidad externa de El Salvador mostrará toda su potencia si se cree que se puede hacer política sin bridas.