La reciente ajustada victoria electoral de Pedro Castillo en Perú no permite visualizar un escenario de tranquilidad política. De hecho, la crispación por las excesivas e infundadas acusaciones de fraude electoral por parte del partido de la candidata perdedora, Keiko Fujimori, ya anunciaban el tipo de valladares que ese nuevo gobierno enfrentaría.

Opinión

Perú y Castillo

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

miércoles 11, agosto 2021 • 12:00 am

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La reciente ajustada victoria electoral de Pedro Castillo en Perú no permite visualizar un escenario de tranquilidad política. De hecho, la crispación por las excesivas e infundadas acusaciones de fraude electoral por parte del partido de la candidata perdedora, Keiko Fujimori, ya anunciaban el tipo de valladares que ese nuevo gobierno enfrentaría.

El partido político Perú Libre (el vehículo electoral que tomó Castillo para la carrera presidencial, y bajo la égida de su figura decisiva, Vladimir Cerrón, un exgobernador, con fama de ‘duro’), por razones diversas y complejas, que dan cuenta del acelerado deterioro del sistema político peruano, hicieron que este ‘partido del interior’ lograra alzarse con la victoria electoral.

En ese contexto, los antecedentes inmediatos de destitución de varios presidentes casi de forma consecutiva en los años anteriores, y considerada la presión de las movilizaciones ciudadanas, deberían estar en la cabeza de quienes dirigen Perú Libre, y del mismo Pedro Castillo, ahora presidente de Perú. Sin embargo, el paso siguiente al de la toma de posesión, que se esperaba en sintonía con el discurso firme pero conciliador que dio, ha sido uno vacilante y de significado equívoco.

Con ese discurso como llave maestra podría haberse lanzado un gabinete y un ‘primer ministro’ (ahora la manzana de la discordia) ad hoc, con posibilidades para fraguar un tejido de alianzas menos precarias que las que ostenta el nuevo gobierno.

Pero no, la tozudez y la falta de cintura política han hecho que Pedro Castillo se decidiera por un ‘primer ministro’, Guido Bellido, de credenciales cuestionadas, hecho que llevó hasta a la tentativa de renuncia de dos de sus nuevos ministros, en rechazo al cargo de Guido Bellido.

Perú vive un complicado cuadro político que no parece que la nueva gestión gubernamental vaya a descongestionar. Las líneas de acción que se perfilan en el discurso inaugural de Castillo, ambiciosas, aunque necesarias, y donde salud, economía y nueva Constitución resaltan, para echarse andar no solo se requerirá resolver el asunto presupuestario, sino también garantizar los apoyos políticos básicos.


El tema de la nueva Constitución es el más espinoso, porque requiere de un alambicado arreglo con el cuerpo legislativo, de lo contrario no podrá pasar.

La falta de olfato político de Pedro Castillo y la terquedad de Vladimir Cerrón, al proponer un gabinete frágil y con personajes cuestionados como Guido Bellido, debe ahora pasar por el filtro de la aprobación que, por ley, corresponde al Congreso.

La llegada de Pedro Castillo a la presidencia de Perú podría entenderse como la expresión, al menos, de cuatro derrotas: 1) el fracaso del proyecto desquiciado y violento de Sendero Luminoso, 2) el fracaso del terrorismo de Estado, 3) la ruina del Estado centralista y además achicado desde hace 30 años y 4) la imposibilidad política de ‘la izquierda’ para poder convertirse en mayoría (electoral, al menos).

Aunque en el debate político peruano hay aún dificultades para que se abran paso categorías analíticas más decisivas, lo cierto es que ya se puede ir hablando de transición estructural, de profundización de la democracia, de reconfiguración del Estado, de inserción mundial multidinámica, de marco jurídico propicio (nueva Constitución), de recuperación de los recursos naturales (ahora en manos extranjeras)...Y es que estos son algunos de los conceptos clave que están en juego en este momento y sobre los que hay que ponerse a reflexionar.

Pero a diferencia de Chile, donde se configuró un bloque político-social que validó su visión y su fuerza en las calles y a la vez buscó una salida electoral, Perú Libre no parece ser un lugar de convergencia política, sino solo un vehículo circunstancial que se encontraba disponible. De ahí las dificultades para avanzar con cierta soltura.

En Perú (y tal vez en Chile, si gana Apruebo Dignidad las elecciones de noviembre) se abre un flanco bastante distinto y con otras velocidades y entretelones que podrían marcar pautas diferentes a las de Venezuela o de Brasil (ya no digamos Nicaragua o El Salvador, donde la perspectiva de cambio estructural se ha desdibujado y falsificado).

Petróleo, gas natural, plomo, estaño, oro, uranio, molibdeno, litio, zinc, cobre (tercer productor mundial), Amazonía (el 15% está en Perú), cultura, recursos marinos, turismo son algunos de los ámbitos donde tendrán lugar los jaloneos principales para reconducir el destino de Perú. Es obvio que si no se utilizan herramientas de planificación (entendida como prospectiva, del latín ‘prospiciere’, es decir, para anticiparse, y no como burda norma burocrática) será muy difícil salir del marasmo actual.

Por ahora, el gobierno encabezado por Pedro Castillo se mueve en la cuerda floja, procurando no desbalancearse porque abajo hay tiburones.