Los dictadores suelen tener un miedo, casi diríamos terror, a los intelectuales. La llamada “intelligenza” —ese heterogéneo grupo de pensadores libres que contribuyen a elevar la conciencia crítica de la sociedad— produce en los gobiernos tiránicos ansiedades de todo tipo, probablemente porque les enfrentan a sus enormes vulnerabilidades cognitivas.

Opinión

Pensar en el poder y el poder de pensar “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, fue la frase que el castrismo hizo célebre para advertir a los creadores de la isla qué les estaba permitido y qué prohibido.

Federico Hernández Aguilar / Escritor y colaborador de Diario El Mundo

lunes 7, junio 2021 • 12:00 am

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Los dictadores suelen tener un miedo, casi diríamos terror, a los intelectuales. La llamada “intelligenza” —ese heterogéneo grupo de pensadores libres que contribuyen a elevar la conciencia crítica de la sociedad— produce en los gobiernos tiránicos ansiedades de todo tipo, probablemente porque les enfrentan a sus enormes vulnerabilidades cognitivas.

Pensar en el poder no es lo mismo que poder pensar. Ganar elecciones consolida proyectos hegemónicos, pero no se conoce de ningún gobernante al que los votos le hayan vigorizado el cerebro. Tiende a pasar, de hecho, lo contrario: el excesivo poder nubla el entendimiento, desdibuja la capacidad de reconocer los límites morales, aniquila la razón hasta transformarla en fuerza bruta.

Ya se sabe que Lenin desconfiaba de los artistas y sugería rodearse de aquellos sin personalidad ni talento para forjar con ellos “el alma humana de la nación soviética”. Stalin fue más allá: persiguió a aquellos que le criticaban y mandó al exilio a los que se negaban a convertir su arte en mero instrumento de alabanza al régimen. Boris Pasternak, premio Nobel de Literatura de 1958, fue hostigado toda la vida, al punto que su inmortal novela, “Doctor Zhivago”, fue publicada en la URSS hasta la llegada de la Perestroika.

A otros intelectuales rusos les fue bastante peor: el poeta Ósip Mandelshtam, llevado al destierro por escribir un epigrama contra el dictador, murió en circunstancias poco claras en un campo prisioneros políticos; el periodista Isaac Babel, narrador y dramaturgo notable, fue encarcelado, torturado y fusilado durante la Gran Purga estalinista; Marina Tsvetáyeva, una de las escritoras rusas más originales del siglo XX, fue llevada al suicidio bajo presión psicológica en 1941, luego que el régimen asesinara a su esposo y encarcelara a una de sus hijas.

En Cuba, Fidel Castro también estaba convencido de que su gobierno debía contar con el arte como “un arma defensiva”. “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, fue la frase que el castrismo hizo célebre para advertir a los creadores de la isla qué les estaba permitido y qué prohibido. La mayoría de intelectuales dignos, obviamente, no soportaron aquel totalitarismo y optaron por el exilio, la cárcel o el suicidio.

Guillermo Cabrera Infante y Raúl Rivero, por ejemplo, terminaron por irse de Cuba (el segundo luego de pasar por la prisión); Heberto Padilla y Armando Valladares estuvieron encarcelados varios años, con impactos muy notorios en su salud física y psíquica; Juan Francisco Pulido, Guillermo Rosales y Miguel Ángel Quevedo se quitaron la vida en el exilio.(Por cierto, una supuesta carta de Quevedo antes de suicidarse, arrepintiéndose de haber apoyado a Fidel, tiene visos de ser apócrifa, pero sin duda contiene rasgos muy verosímiles de lo que significa para un escritor ver a su patria sumida en la opresión).


La lista de víctimas es larga, igual que las dictaduras y los dogmatismos ideológicos. El italiano Giacomo Matteotti, el nicaragüense Leonel Rugama, el alemán Albrecht Haushofer, el chileno Víctor Jara, el francés Max Jacob, el colombiano Álvaro Gómez Hurtado, el polaco Bruno Schulz, el argentino Silvio Frondizi, el español Ignacio Ellacuría, el salvadoreño Roque Dalton: todos intelectuales asesinados por ejercer la sublime libertad de pensar. ¿A quiénes estará ya apuntando el régimen de Nayib Bukele para perseguir, encarcelar o expatriar? ¿Nos dejará pensar diferente a él o irá en aumento su evidente terror a las ideas ajenas?