Es simpático, muy simpático, que la gente que apoya al régimen cubano afirme con tanta simpleza que las manifestaciones que se han dado estos días en la isla, son parte de una estrategia norteamericana, ¡ah!, pero cuando son manifestaciones en países latinoamericanos de corte democrático y republicano, allí es diferente. Los mismos procastristas se inspiran y aseguran que es auténtica expresión popular de insatisfacción, y nieguen, y escupan, e insulten a aquellos que señalan que hay infiltrados del régimen venezolano o cubano.

Opinión

Patria y Libertad

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 20, julio 2021 • 12:00 am

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Es simpático, muy simpático, que la gente que apoya al régimen cubano afirme con tanta simpleza que las manifestaciones que se han dado estos días en la isla, son parte de una estrategia norteamericana, ¡ah!, pero cuando son manifestaciones en países latinoamericanos de corte democrático y republicano, allí es diferente. Los mismos procastristas se inspiran y aseguran que es auténtica expresión popular de insatisfacción, y nieguen, y escupan, e insulten a aquellos que señalan que hay infiltrados del régimen venezolano o cubano.

En esas personas se muestra una sociopatía parcial: el odio al sistema que no les gusta y su ánimo genocida porque desaparezcan todos aquellos que lo apoyan. Y, por otro lado (siempre una patología psicológica): interpretación conveniente de la realidad. Solo es bueno aquello que está acorde con lo que a ellos les da la gana.

El odio y el éxtasis se unen. Detestar y amar: dos caras de la misma moneda.  Sinceramente no creo que, hoy en día, hayan infiltrados ni de uno de ni otro. Lo que sucede en Cuba ha sucedió en los EE. UU., en Francia, en Colombia, en la perfecta Chile, acá nomás en Nicaragua. ¿Ven? ¿Qué tiene de raro que un pueblo cansado de un sistema y sus terribles consecuencias se manifieste? No hay sistema político económico perfecto. Siempre habrá quejas.

Los seres humanos buscamos en la sociedad seguridad en su más amplio significado, estabilidad económica, realización como personas, dejar un legado. Como pocos gobiernos en el mundo proporcionan las condiciones idóneas para conseguirlo, siempre habrá quejas.

Los ciudadanos en estas latitudes ya no recurren a las armas, sino a las protestas en las calles. Luchan por medio de las manifestaciones, buscan, en menor o mayor medida, que las autoridades entiendan que tienen derecho a mejores condiciones que satisfagan las aspiraciones mencionadas.

Estados Unidos se llenó de manifestaciones, no solo por la muerte de George Floyd, sino también exigiendo respeto y oportunidades.


París, hace unos años, fue incendiada literalmente en varias zonas marginales ya que sus habitantes están hartos de ser olvidados gobierno tras gobierno.

Es imperativo siempre analizar las razones de esos descontentos, para no caer en simplezas y negar las verdaderas razones aduciendo -con peligrosa haraganería- que hay mano peluda, intereses ocultos, agendas escondidas, etc.

 

Cuba no tiene libertad, eso es todo.

Tiene buenos sistemas de salud y educación, habitación y alimentación asegurada a sus habitantes, la delincuencia es prácticamente inexistente, pero no tiene libertad.

Podemos pasar años poniendo en la balanza qué importa más, pero sin duda, los cubanos no tienen libertad. No la tienen para salir del país cuando quieran, para cambiar de domicilio, para navegar por internet, ni siquiera para escoger qué alimentos quieren tomar, qué juguetes comprar, qué canales de televisión mirar.

Los cubanos no tienen libertad, ya no saben ni qué es eso porque no tienen acceso a libros, videos, música, exposiciones, charlas, que hablen sobre tan importante derecho. Pero lo sienten. Es consustancial al ser humano.

Ahora queda al descubierto que, primero, el régimen comunista ha manejado muy mal la pandemia de la covid – 19 y, segundo, que los cubanos no tienen libertad para expresarse, opinar ni señalarle a la dictadura que hay calamidad sanitaria, que faltan vacunas, que el sistema ha colapsado.

Cuando los foráneos, ante este tipo de críticas, empieza a comparar el sistema cubano con nuestras tristes y esqueléticas democracias, pierden el norte de la plática. Es cierto, nuestros países, sobre todo los centroamericanos, deberían copiar cómo se hacen las cosas buenas en Cuba, sin duda, pero también, el pueblo debería darse cuenta lo precioso que es el derecho a la libertad y lo afortunado que es en poder usarlo. El pueblo cubano no lo tiene, y ha salido a la calle para ejercerlo, para conocerlo, para criticar a su dictadura. Lástima que será, como es típico de ese régimen, reprimido inmisericordemente.

No hay que olvidar esas escenas de gente exigiendo libertar para poder criticar a sus gobernantes, porque allí es a donde nos dirigimos los salvadoreños, aceleradamente, bajo el actual régimen: al silencio total en la cual solo se escuche la voz del dictador y el sí sumiso de sus adláteres.