Con un menú cuyo plato fuerte era la exclusión social, la izquierda aprovechó la  coyuntura. Emergió el carismático Chávez contribuyendo a mover el péndulo político hacia las izquierdas, que  aprovecharon el terreno social abandonado por las derechas, cuyos Presidentes fueron inmensamente miopes en lo social y profundamente torpes en lo político, al descuidar la parte más vulnerable y humana de sus pueblos. (https://elmundo.sv/el-pendulo-politico-latinoamericano/).

Opinión

Otra vez se mueve, pero en dirección opuesta

Jorge Castillo / Politólogo

lunes 12, noviembre 2018 • 12:00 am

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Con un menú cuyo plato fuerte era la exclusión social, la izquierda aprovechó la  coyuntura. Emergió el carismático Chávez contribuyendo a mover el péndulo político hacia las izquierdas, que  aprovecharon el terreno social abandonado por las derechas, cuyos Presidentes fueron inmensamente miopes en lo social y profundamente torpes en lo político, al descuidar la parte más vulnerable y humana de sus pueblos. (https://elmundo.sv/el-pendulo-politico-latinoamericano/).

Hoy en día es a la inversa. En el mundo hay una oleada de gobiernos conservadores. Latinoamérica no se escapa. Exceptuando las dictaduras cubana, venezolana, nicaragüense y las gestiones gubernamentales en Bolivia (sede de la única “Academia Oficial Anti-imperialista” del continente) y El Salvador (nido de la izquierda más corrupta de la región), las últimas elecciones  en Argentina, Perú, Chile, Colombia, Paraguay, Costa Rica y Brasil, provocaron que el péndulo político latinoamericano se moviera hacia el lado conservador.

Nuestras próximas elecciones conllevan la posibilidad que el populismo rompa el bipartidismo, prevaleciente desde los Acuerdos de Paz de 1992. Derecha e izquierda han gobernado desde entonces, mostrando la misma miopía y torpeza a la que me refiero en el primer párrafo.

El caldo de cultivo se mantiene: institucionalidad politizada y débil, frágil economía, precarización del empleo, imparable inseguridad y una vergonzosa corrupción que, en su conjunto, provoca desencanto, enojo y frustración en la ciudadanía, que las redes sociales se encargan de canalizar y que el diputado Francis Zablah en su momento resumió cuando dijo que a los representantes del pueblo “la gente los odia y no los quiere ver ni en pintura”. ¡Lástima que se equivocó de partido!.

Pareciera que quienes dirigen la institucionalidad están desconectados de la realidad, a pesar que el país está sobre-diagnosticado sobre los acuciantes problemas que lo agobian. Son millones de dólares los gastados en consultorías, que han ido a parar a los bolsillos de “expertos” de organismos internacionales. Algunos diputados dan la espalda a eso y en su lugar despotrican contra la auténtica sociedad civil organizada.

Los problemas son estructurales y demandan soluciones de corto, mediano y largo plazo. Por tanto, quienes buscan acceder a la presidencia, en lugar dejar de firmar acuerdos hipócritas pegados con saliva, deberían decirle a los electores lo que harán y cómo lo financiarán. Soslayen las campañas sucias y silencien a sus troles; expongan y debatan con seriedad sus propuestas y, pasadas las elecciones, trabajen en una misma dirección para recuperar nuestro país, corrigiendo lo malo, dándole continuidad  a lo bueno que se haya hecho e innovando.


Implica tener voluntad para sanar heridas y reconocer que los problemas son tan graves, que no será desde un partido ni en un solo período de gobierno que se solucionarán; por tanto, será con el conjunto de todas las fuerzas vivas del país, actuando bajo la coordinación de un gobierno honesto y capaz, que El Salvador podrá enfrentar sus grandes retos y desafíos.

Si estamos sobre-diagnosticados con consultorías foráneas que nos dicen lo que los salvadoreños ya sabemos, un nuevo gobierno debería entender que lo que en verdad hará falta es intensificar el diálogo, inclusivo, constructivo y sincero; ése que no margina al talento humano que hace crítica propositiva; ése que exige reconocer el mérito de las personas y de los equipos de trabajo, en lugar de sostener una burocracia zalamera, aduladora y apátrida, que durante las últimas tres décadas no ha podido aportar soluciones, al contrario, las ha obstaculizado, por pura mezquindad partidaria y conveniencia personal.

Ante la eventualidad que el voto emocionalista rompa el bipartidismo, siguiendo el ejemplo de México, el nuevo presidente deberá entender que solo a partir de la buena interacción entre gabinete, instituciones y gobernados, podrá alcanzar gobernanza. Eso requiere abandonar la demagogia y, fundamentalmente, combatir la corrupción.  Quienes aspiren a la presidencia deben exponer sus planes, las estrategias y cómo los  financiarán. No teman, nadie roba ideas que ni funcionan, ni son nuevas.