OPINION

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Nuevos movimientos cívicos, pero siguen los mismos partidos

Jorge Castillo/Politólogo

lunes 17, octubre 2016 • 12:00 am

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Es plausible que se organicen nuevos movimientos cívicos. Es bueno que inviten a la ciudadanía a sumarse, para tener un canal donde expresar su inconformidad ante el estado de cosas imperantes. Es gratificante que estos movimientos emerjan  desde la sociedad civil, independientemente del color partidario, ideología política, condición social o capacidad económica de su membresía. Afortunadamente, todo eso es posible porque nuestro sistema todavía es democrático, aún respeta la iniciativa privada y se mantienen las libertades individuales.

La adherencia ciudadana a esos esfuerzos es legítima, porque gran parte de la gente no se siente a gusto sobre cómo se manejan los asuntos públicos. El deber ser indica que desde esos movimientos se podría generar presión para hacer reflexionar a la clase política y que ésta rectifique su accionar, ajustándolo a las demandas y expectativas de una sociedad dividida y burlada por dos partidos mayoritarios, cuya filosofía política y visión económica es opuesta, antagónica e irreconciliable, lo que nos tiene a todos metidos en esta confrontación estéril.

La política, sin embargo, es de realidades, y en El Salvador los partidos siguen siendo canales de expresión fundamental en nuestro sistema político pluralista, además de constituirse en la vía más idónea para acceder al poder y, de esa forma, sostener la tríada filosófica en que dicho sistema se fundamenta: la república, la democracia y el sistema representativo. Las fracasadas candidaturas no partidarias solo han venido a confirmar la importancia que tienen los partidos políticos.

En la pre-guerra y durante la guerra, si un grupo de individuos conservadores no hubiera decidido dar un salto político de calidad y transformar sus movimientos nacionalistas de la década de los años 80, no se hubiera formado el partido ARENA. Aquellos movimientos, si acaso,  hubiesen  tenido una efímera incidencia.

En la post guerra, si un grupo de ciudadanos inconformes por la forma en que su partido era dirigido, se hubiese limitado a formar un movimiento cívico, el yugo no se lo habrían quitado y tampoco existiría el partido GANA. Y hoy vemos, para bien o para mal, la connotación adquirida por ese partido en las decisiones trascendentales que se toman a nivel legislativo.


Infortunadamente, muchos de los movimientos sociales emergentes no pasan de ser “clubes de amigos”, porque que no se atreven a dejar sus “zonas de comodidad” olvidándose que es el ejercicio del poder político, lo que decide casi todo en las democracias formales. Otra cosa es el mal uso que se haga de ese poder, pero en todo caso, es raro que desde un solo movimiento cívico se haya  podido transformar el estado de cosas de una Nación, a menos que se trate de un movimiento gigantesco, fuertísimo, con un liderazgo aglutinante y cohesionador, con suficiente peso político y con mucha independencia económica para hacer la diferencia en un país como el nuestro.

Guardo respeto por quienes anhelan un mejor país; por quienes se  organizan  en movimientos  como “Aliados por la Democracia”, “Poder Ciudadano”, “Movimiento Libertad”, “Democracia Limpia”, “Iniciativa Social para la Democracia”, etc. También por aquellos que desde su pensamiento crítico-progresista luchan en defensa de las grandes causas populares. Igualmente, por quienes actúan en abierto apoyo al partido oficial, para coadyuvar a su permanencia en el poder.

En este último caso, no me refiero a las “turbas callejeras” porque la historia ha demostrado que ese ha sido siempre el  último recurso de los gobernantes tiranos, emocionalmente inestables, políticamente bipolares e intelectualmente ineptos. Por tanto, el gobernante que llame a la lucha callejera muestra su debilidad para ganar sus batalles mediante el pulso político, lo que termina reflejando su desfasada visión despótica y totalitaria.

Los movimientos cívico-sociales deben saber: si no alcanzan un poder político legitimado mediante votos, por románticos que sean  sus principios o por retador que sea su ideario, tendrán una mínima incidencia. Y todo, por no atreverse a salir de su “zona de confort”.