Las medidas estrictas de confinamiento y toque de queda se han impuesto en Honduras, donde al menos 146 personas han fallecido por el Covid-19.  Como sucede en todo el mundo, la pandemia ha cambiado la vida para los residentes en el vecino país.

Nacionales

“No se siente el encierro, pero sí la preocupación” Un relato de cómo la vida se ha trastocado con la pandemia a este salvadoreño residente en la capital hondureña.

Álvaro Cruz Rojas

miércoles 20, mayo 2020 • 12:01 am

Compartir

Las medidas estrictas de confinamiento y toque de queda se han impuesto en Honduras, donde al menos 146 personas han fallecido por el Covid-19.  Como sucede en todo el mundo, la pandemia ha cambiado la vida para los residentes en el vecino país.

El abogado salvadoreño Carlos Alvarenga reside en Honduras desde hace poco más de una década. En medio de la emergencia de la pandemia del COVID-19, afirma que “no se siente el encierro, pero sí la preocupación”.

Honduras ha reportado hasta el lunes, un total de 2,798 casos, de los que han fallecido 146 pacientes.

“La gente ha empezado a romper la mínima regla de seguridad: usar mascarillas, y los mercados se han abierto casi a la fuerza y la gente no hace caso. Conclusión: los casos están aumentando”, explica Alvarenga, quien residen en el barrio El Bosque, uno de los más antiguos y céntricos de Tegucigalpa, de casas altas y amplias calles.

“Aquí todos nos conocemos, lo que ha hecho muy amena la situación aunque los saludos y pláticas son de lejos y cero visitas.

Una de las grandes ventajas es que hay ventas de todo y además de un mercado muy cerca”, afirma.


Pero en su casa han sido muy estrictos con las medidas de prevención.

“Tenemos dos adultos mayores y una menor de 15 años, y han sido a los que más hemos protegido. Por lo tanto, al salir, no solo usamos mascarillas, sino también lentes de protección, gorra, guantes y los botecitos desinfectantes. Al regresar dejamos los zapatos en el pasillo de entrada de la casa y subimos inmediatamente a la terraza a colgar al sol toda la ropa, y el ritual de lavarse las manos, la cara y desinfectante para todo lo que hemos traído de fuera”, explica.

A nivel nacional, el gobierno ha hecho lo que la mayoría de los demás países: cerrar fronteras, toque de queda de cinco de la tarde a siete de la mañana, de lunes a viernes. Sábado y domingo nadie circula. Ya han abierto los supermercados, farmacias, bancos y panaderías, y las tiendas de los barrios o mercaditos como se les llama a los que tienen mayor oferta de productos.

“En mi casa, en particular, no hemos sentido tanto el encierro porque nos ponemos a hacer diferentes cosas, muchas de ellas cada quien aparte, nos reunimos para charlar eventualmente en las horas de comida o en algún momento. Somos varios, mis suegros, cuñados, mis hijos, mi esposa, así que las pláticas son variadas en los diferentes encuentros”, relata.

“Quienes más me preocupaban eran mis hijos, pero la verdad que entre las tareas, clases virtuales, juegos electrónicos, juegos de mesa, y despertarse tarde, no se han quejado, solo la niña de 15 años quien después de 60 días de encierro ya pide que se termine esto”, comenta.

Alvarenga se ha dedicado a la lectura de libres pendientes, a ver películas.

“He descansado, ha sido bonito acercarse más a los niños”, afirma.

 

La crisis

Pero la vida le ha cambiado a Alvarenga. En su gremio, el de los abogados, hay dos tipos de situaciones: “Los que no han sufrido el impacto económico porque tienen un ingreso fijo o tienen solvencia económica, y por otra parte, los que no, los que si cierran los tribunales y oficinas públicas no tienen ingresos”.

“He perdido varios clientes y oportunidad de agenciarme algunos ingresos, por el toque de queda, sobre todo en clientes que han sido detenidos en hora de la noche”, explica.

Sin embargo, Alvarenga ya siente la urgencia “de que todo esto acabe para reanudar mis labores”.

“Si bien todos nos estamos ayudando con nuestros ingresos, pero el dinero se acaba, las metas para este año se han visto trastocadas profundamente y por lo tanto eso ha causado cierto nivel de depresión y ansiedad en los últimos días”, señala.

 

Deficiencias y corrupción

Alvarenga no se atreve aún a dar un veredicto sobre cómo ha manejado el gobierno hondureño la pandemia: “La verdad de lo que está sucediendo se sabrá solo con el tiempo”, afirma.

“El gobierno y las instituciones encargadas del manejo de esta crisis no han hecho nada que no se esté haciendo en otras partes. Por otra parte, también están enfrentando lo que se ve en otros países, incluso los muy desarrollados: falta de implementos de bioseguridad, de mascarillas, de pruebas, ayuda alimentaria que llegó tarde a los más necesitados. Además, teniendo en cuenta las deficiencias de la organización gubernamental y el descuido inveterado en el sistema de salud, era de esperarse que fallaran muchas cosas. Pero dentro de todo, y lo grave de esta situación, ha sido muy buena, pero con deficiencias”, indica.

“Lo malo han sido los actos de corrupción que surgieron inmediatamente al iniciar la pandemia”, se queja.

Pero Alvarenga elogia el involucramiento de todos los sectores afectados en la toma de decisiones.

Sin duda un liderazgo central y fuerte es necesario, pero una vez de haber escuchado a los que más se verán afectados. Los mecanismos democráticos no pueden renunciarse con la excusa de este momento tan peculiar. El presidente Juan Orlando Hernández ha mantenido, ya sea directamente o por medio de sus ministros, pláticas y llegado a acuerdos con los más importantes sectores: financiero, agricultores, transportistas, empresarios, iglesias, etc.”, destaca Alvarenga.