Recuerdo aún, sin que pueda evitar reírme, uno de los episodios del programa de Chespirito, cuyos shows más famosos eran los de El Chavo del 8 y el Chapulín Colorado.

Opinión

No quiero que llueva los miércoles

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 15, junio 2021 • 12:00 am

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Recuerdo aún, sin que pueda evitar reírme, uno de los episodios del programa de Chespirito, cuyos shows más famosos eran los de El Chavo del 8 y el Chapulín Colorado.

Muchas veces transmitían algunos episodios ubicados en diferentes épocas o situaciones, sin hacer uso de los personajes icónicos de ese programa.

El sketch que recuerdo estaba ambientado en la época feudal. Un rey, protagonizado por Carlos Villagrán, le decía con voz aniñada y gangosa a su consejero –quien es interpretado por Roberto Gómez Bolaños-, que era su voluntad emitir un decreto real muy especial, a lo cual el miembro de su séquito le preguntó: “¿Y qué decreto desea su noble y excelsa majestad promulgar para el bien de su amado pueblo?”. Y el rey le contestó: “Quiero decretar que no llueva los miércoles”.

Era un rey muy autoritario, algo loco y muy arbitrario.

El consejero abrió los ojos extrañado y, balbuceando, alcanzó a preguntarle (con un tono mezcla de miedo, reverencia y consternación): “¿Y a qué se debe tal decisión, su majestad?”. Y el rey calvo, barbudo, soberbio, creyéndose muy ocurrente, pero totalmente zafado del cerebro, le respondió: “Es que los miércoles me gusta ir de cacería, y la lluvia me arruina mi deporte favorito”.

Al menos este consejero tuvo las agallas de preguntarle el fundamento de su decisión al díscolo rey.   Los diputados de la Asamblea Legislativa que pertenecen al partido oficial del soberano rey, que ahora gobierna con poderes plenipotenciarios, ni si quiera dicen pío, ni miau, ni guau guau. Nada, solo alzan la mano y ya.


Triste fin de una democracia representativa. Por lo menos antes entraban a discusión y se debatían.  Sigo insistiendo que este Frankenstein es obra de ustedes, señores de ARENA y del FMLN, más de los exguerrilleros, que en su desesperación dieron vida a este leviatán.

Lo del bitcoin suena a que nuestro presidente no quiere que llueva los miércoles, aunque, si las premoniciones de los expertos aciertan, nos va a llover a los salvadoreños, y todos los días, una líquida, espesa, gelatinosa y hedionda lluvia de esa que entierra el gato.

“Su Majestad: ¡Nunca fue un tema de campaña!”, le hubiera dicho el consejero.

¿De cuál de sus mangas de blancos puños almidonados nuestro prestidigitador presidente se sacó esta vaina? Nunca fue un punto expuesto, argumentado, fundamentado y publicitado, como parte de su plan de gobierno y, por lo tanto, a la hora de ir a votar, el votante no tuvo oportunidad de valorarlo.

¡Oigan! Cambiar el sistema monetario de un país es una grosería. Si fue una bofetada a todos los habitantes de la nación cómo el finado Francisco Flores Pérez, nos introdujo hasta el tope la dolarización de un día para otro, meter una nueva moneda que no tiene ningún ente regulador central es una patada en la ingle para todos.

Con lo que hizo el recordado Paquito Flores, El Salvador, por medio del Banco Central de Reserva, y de rebote, los ministerios de Hacienda y de Economía, perdieron todo tipo de influencia sobre el manejo de la moneda en el país, tan importante para regular la inflación, o para reactivar la economía en casos de recesión. Solo por citar unos ejemplos.

Sea dicho de paso, por todo ello era evidente su inconstitucionalidad, pero ARENA siempre tuvo salas de lo constitucional sumisas –a excepción de la compuesta por los Cuatro Magníficos.

El bitcoin, como ya lo han dicho hasta la saciedad, sube hasta la estratósfera o baja hasta las profundidades del infierno con un estornudo de un multimillonario o de una potencia económica. Lo más grotesco es que es una moneda que fue específicamente creada por el crimen organizado multinacional, desde piratas de música hasta los que trafican con esclavas sexuales y órganos, para que pudieran pagarse sin tener que pasar por el sistema bancario formal. ¡Es realmente espantoso!

Esta es una escena más de esta obra de teatro con escenas tragicómicas, pero más trágicas que cómicas. Y eso que apenas lleva un mes y medio de dominio absoluto el sultán.

Lástima que no podamos decir, como en los episodios de Chespirito: ¿Oh, y ahora quién podrá defendernos?