El cultivo comercial del café en El Salvador comenzó su increíble proceso de expansión territorial a mediados de la década de 1860. Al consolidarse el llamado proyecto liberal con el gobierno encabezado por Rafael

Opinión

Nada es para siempre ¿Y después? Quién sabe qué puede pasar. ¿Y cuánto tiempo puede ‘funcionar’ el país en el filo de la navaja? No es mucho. ¿Hay algún margen de maniobra?

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

viernes 14, mayo 2021 • 12:00 am

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El cultivo comercial del café en El Salvador comenzó su increíble proceso de expansión territorial a mediados de la década de 1860. Al consolidarse el llamado proyecto liberal con el gobierno encabezado por Rafael

Zaldívar, a partir del 1 de mayo de 1876, se produjo una radical modificación de la matriz estructural del país en varios órdenes (económico, agronómico, social, ambiental, cultural y político). En suma, el ‘paisaje de la sociedad’ mutó. A veces a esto se le ha llamado cambio de régimen. Y es que fueron modificadas las reglas del juego que antes prevalecían. Y el cultivo del café fue, sin duda, el buque insignia de todo esto.

Es importante tener este antecedente a la hora de considerar la hora presente, tan frágil y tan cargada de juegos de lenguaje (la referencia a Ludwig Wittgenstein es inevitable). Muchas veces el oropel verbal publicitario quiere hacer pasar gato por liebre.

Una pregunta que es necesario responder es la que concierne a lo que puede llamarse el cambio, real y efectivo, que se ha producido en el país a partir de febrero de 2019.

Ganar unas elecciones, consecutivas, por amplia mayoría, es un dato curioso a anotar, pero no hay en esto una anormalidad. Basta considerar los 13 años continuos bajo la égida de Maximiliano Hernández Martínez o los 20 años ininterrumpidos de gobiernos del partido Alianza Republicana Nacionalista. E incluso los 10 años seguidos de los gobiernos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

Que una Asamblea Legislativa adopte, en las primeras horas de su asunción, y a propósito de su mayoría calificada, medidas de pretendido cuño ‘radical’ tampoco resulta espectacular. Incluso la destitución esperada de los magistrados de la Sala de lo Constitucional y del fiscal general de la república, no obstante el dramático traumatismo que esto provoca en el sistema político nacional, podría pasar como el costo que hay que pagar por ceder, la ciudadanía votante, una cuota de poder estatal tan alta a una sola fuerza política. ¿Se vulneraron procedimientos? Claro que sí. ¿Hay visos de inconstitucionalidad como lo señalaron los magistrados defenestrados en su resolución? Sin duda.


Aquí el asunto hay que verlo con mayor profundidad. Y para eso el expediente de las preguntas incómodas resulta útil. La emergencia e inicio de la consolidación de un nuevo grupo de poder ¿es sinónimo de cambio de régimen? No, si las acciones de este grupo de poder son superficiales (aunque comporten impacto mediático). Y por superficiales hay que entender que no sacuden el modo de reproducción de la sociedad.

Ha empezado a circular el vocablo ‘transformaciones’ para señalar que es eso lo que se está haciendo desde 2019. En realidad, se trata de una exageración. O un malabarismo verbal. O una inversión conceptual: lo profundo se escamotea y lo superficial toma su lugar.

Y esto quizás obedece al hecho de que el nuevo grupo de poder ha analizado con cuidado de dónde se nutre su fuente de apoyo electoral, es decir, de qué sectores sociales, de qué tramos de edad, y dónde pueden localizarse en lo geográfico las personas que votan a su favor.

El cambio de régimen, si es que se da, será cuando se produzca un trastrocamiento estructural similar al de 1876. Empero, por las complicaciones de ser un radical-pequeño-país-periférico, un trastrocamiento estructural es algo que se presenta muy lejano. Hay varios aspectos que obstruyen ese posible camino, y uno de ellos es el económico y dentro de este, el asunto del endeudamiento público que, a estas alturas, resulta un fardo difícil de cargar.

Hasta este momento, todo lo que se ha explorado (incluidas las más recientes aprobaciones de endeudamiento por parte de la nueva Asamblea Legislativa) apunta a llevar hasta el límite la carga de la deuda. ¿Y después? Quién sabe qué puede pasar. ¿Y cuánto tiempo puede ‘funcionar’ el país en el filo de la navaja? No es mucho. ¿Hay algún margen de maniobra? Se ha reducido casi a la insignificancia, y si no se da una meditación sensata de lo que hay que hacer en un escenario tan escabroso, pues en no mucho tiempo podrían producirse resquebrajamientos aquí y allá.

Dicho esto, pensar en una recomposición estructural resulta ilusorio y solo visible en el dispositivo publicitario, no en la realidad. Lo que está a la vuelta de la esquina, si se adoptan decisiones erráticas, es la instalación de una desestabilización económica, primero; y política, después.

Quienes se meten al quehacer político siempre olvidan que nada es para siempre.