En enero de 2015, en un artículo dirigido a quien hoy es Presidente de la República pero que entonces competía por la Alcaldía de San Salvador bajo la bandera del FMLN, escribí lo siguiente:

Opinión

Mi amigo Roberto

Federico Hernández Aguilar / Escritor

martes 26, enero 2021 • 12:00 am

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En enero de 2015, en un artículo dirigido a quien hoy es Presidente de la República pero que entonces competía por la Alcaldía de San Salvador bajo la bandera del FMLN, escribí lo siguiente:

“La única de las candidaturas a la silla edilicia capitalina que merece mi respeto intelectual y moral es la de Roberto Cañas. Lo digo con absoluta responsabilidad y sin querer demeritar a nadie: A mi juicio, el aspirante del CD es el mejor capacitado académicamente para dirigir la Alcaldía más importante del país y el que tiene las credenciales humanas (y hasta emocionales) necesarias para liderar un concejo plural. Roberto es hombre de ideas, abierto a la búsqueda de acuerdos y en serio comprometido con el debate de altura. El resto de competidores se me antojan, con perdón, poco preparados”.

Ahora que Roberto se ha ido, aquellas palabras no solo me enorgullecen, sino que las reivindico en su totalidad a la luz de lo que nos ha sucedido políticamente desde aquel 2015. La elección de Cañas, aparte de otorgarnos un excelente edil, nos habría ahorrado numerosos dolores de cabeza a todos, incluyendo al partido que en ese momento promocionaba, antes que a uno de sus más inteligentes líderes históricos, a un ambicioso treintañero que terminaría por devorarle las entrañas.

Si algo nunca supo hacer el FMLN fue medir la calidad intelectual de sus potenciales liderazgos de posguerra —esto también podría incluir a Dagoberto Gutiérrez—, y tampoco pudo anticiparse a las apetencias de quienes sí iban a destruirle por dentro (Mauricio Funes, Sigfrido Reyes y un largo etcétera). Tras sumas y restas, una de las razones por las cuales la izquierda histórica solo gobernó diez años es porque anquilosaba ideas con éxito mientras se equivocaba en sus contados intentos por renovarse. ¿Qué partido puede conservar el poder combatiéndose a sí mismo, es decir, fosilizando el discurso en paralelo al impulso de agendas particulares?

Roberto Cañas era hombre de pensamiento y capacidad de debate. Tenía por sana costumbre intercambiar ideas con todo el que se cruzara por su camino, particularmente aquellos que no compartían su visión de las cosas. Está de más decir que en materia económica sus planteamientos diferían muchísimo de los míos —aquí en estas páginas de opinión, por ejemplo, tuvimos un cruce muy interesante sobre las causas del éxito chileno—, pero mientras personajes como Salvador Arias dejaban la ciencia económica para dedicarse a la “mitología” económica, Roberto se exigía a sí mismo la comprensión del análisis contrario para, además de encontrar los puntos de coincidencia, dialogar a partir de esa porción de verdad que reconocemos en otros y evitar así ahondar en el abismo que conduce a la separación definitiva.

Roberto hará mucha, mucha falta en los debates serios que se avecinan. Su última columna en Diario El Mundo le pinta de cuerpo entero con estas frases: “La discusión de los problemas nacionales en el ámbito colaborativo es una palanca para el mejoramiento del país (…). En la búsqueda de soluciones de forma  colaborativa hay riqueza, se integran distintas maneras de ver la realidad a partir de la formación académica, los intereses y las experiencias de cada persona”. En esto creía. Y lo creyó hasta el final.


Descanse en paz mi amigo Roberto Cañas.