Los abogados defensores de los militares acusados por los asesinatos cometidos contra cerca de mil pobladores indefensos (muchos menores de edad) de El Mozote y alrededores, en diciembre de 1981, están dando cátedra de qué es buscar recovecos para el encubrimiento vulgar y descarado.

Opinión

Memoria y mentiras Se dedican a jugar ‘escondelero’ con la justicia y se les olvida que no hay manera de borrar de la memoria colectiva esta atrocidad

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

viernes 23, abril 2021 • 12:00 am

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Los abogados defensores de los militares acusados por los asesinatos cometidos contra cerca de mil pobladores indefensos (muchos menores de edad) de El Mozote y alrededores, en diciembre de 1981, están dando cátedra de qué es buscar recovecos para el encubrimiento vulgar y descarado.

Estos señores, con seguridad malévolos estudiantes en su tiempo, saben que se trata de un crimen de lesa humanidad, y por eso se han ido por la tangente, soltando cascaritas para dilatar el proceso. Se trata de un asunto serio, trascendental, para este flagelado país, y estos señores quieren apartar al juez que determinará, en la audiencia inicial, si esto se elevará a juicio. Así, han argumentado en las instancias competentes que el juez debe ser recusado porque en su tesis de licenciatura habló de lo ocurrido en El Salvador en la década de 1980 y emitió valoraciones sobre lo que sucedió en El Mozote. Y eso, suponen estos señores, es adelantar criterio. Más patético no puede ser.

Este tipo de comportamientos son los que a veces ponen por los suelos esta profesión. Se dedican a jugar ‘escondelero’ con la justicia y se les olvida que no hay manera de borrar de la memoria colectiva esta atrocidad que cometieron los militares en diciembre de 1981. Todos los que, de una u otra manera, intentan bloquear el paso de la causa de El Mozote, no permitiendo el acceso a las instalaciones militares para revisar documentos o escondiendo evidencias pertinentes o afirmando que lo mostrado es todo lo que hay, todas esas personas, obstruccionistas de la adecuada aplicación de justicia, podría nombrárseles, están enceguecidos por la ilusión precaria de que aquello ya pasó y hay es mejor mirar hacia adelante.

El tema de El Mozote es, sin duda, un asunto peligroso para quienes se imaginan que pueden obviar el pasado a nombre de un fantasmagórico futuro que cada segundo se derrite como mantequilla. El Mozote, de elevarse a juicio, permitirá allanar el camino para comenzar a nombrar las cosas como fueron durante la guerra.

Lo que en El Salvador tuvo lugar desde finales de la década de 1960 hasta 1992 es un ancho arco donde los actos de iniquidad estuvieron a la orden del día. La guerra no se desencadenó por la mera decisión de unos ansiosos dirigentes guerrilleros que buscaban resolver con ese ‘atajo’ la urgente cuestión política. Claro que no fue por eso. Tampoco la guerra se desencadenó solo porque políticos y militares atrincherados en el aparato gubernamental estaban obsesionados con el exterminio del ‘enemigo comunista’.  La cuestión fue mucho más compleja y las consecuencias devinieron en devastadoras para miles de salvadoreños.

La noción de ‘reconstrucción nacional’, que en algún momento se esbozó después de 1992, no solo remitía al asunto de la infraestructura física. Era urgente atender la reconciliación reconociendo los hechos acaecidos, pero los ‘señores de la guerra’ se pusieron a ver para otro lado, y entonces el esfuerzo para sanar las heridas dejadas por la guerra, quedo aventado en la cuneta.


La bestialidad cometida en El Mozote por los militares configura una grave circunstancia que nadie podrá argüir que no ocurrió. Sucedió y miles de vidas fueron destrozadas (no solo las víctimas mortales). Incluso, las vidas de los ejecutores, tanto materiales como intelectuales, se quebrantaron para siempre. Y nadie habla de eso.

Los oficiales y los soldados que en diciembre de 1981 asesinaron a esos cerca de mil pobladores se fueron en un horrible hoyo negro. ¿Qué pasó con ellos? ¿Siguieron en el Ejército? ¿Se largaron a Estados Unidos? ¿Terminaron abrazados al alcoholismo? ¿Se desequilibraron en lo mental? ¿Hicieron borrón y cuenta nueva y ‘olvidaron’ los crímenes como se olvida una mala noche? ¿Y si tuvieron hijos supieron estos que sus padres fueron unos de los asesinos que perpetraron esa masacre? ¿Y las madres de los ejecutores materiales e intelectuales estuvieron enteradas?

Ahora es tarde para engañifas de abogados, de tinterillos y de políticos sin hígados, la infeliz acción de los militares contra los habitantes de El Mozote y alrededores se encuentra a un paso de sentar un precedente.  No será, desde luego, el único caso que llegará a los tribunales en un país donde la cumplida justicia parece una rara avis. Debería saberse, aunque algunos intenten esquivar el bulto, que la valoración de los hechos históricos no hay manera de rehuirla. La memoria de lo ocurrido en El Mozote está ahí, intacta. Son las mentiras las que pululan alborotadas buscando un asidero que no tendrán.