Las cosas que he estudiado, y las que he visto, me llevan a concluir que una nueva Constitución no es algo malo, sino pésimo.

Opinión

Lo que hay detrás de una nueva Constitución Si bien el anteproyecto hecho conocer esta semana no es una nueva Constitución, sino una reforma, su articulado es tan vasto que podría casi hablarse de una nueva.

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 17, agosto 2021 • 12:00 am

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Las cosas que he estudiado, y las que he visto, me llevan a concluir que una nueva Constitución no es algo malo, sino pésimo.

No nos dejemos engañar. Si bien el anteproyecto hecho conocer esta semana no es una nueva Constitución, sino una reforma, su articulado es tan vasto que podría casi hablarse de una nueva.

Cuando un presidente entra a gobernar un país y lo primero que trae en la boca es “hay que cambiar la Constitución”, ya se sabe que el sujeto será un problema. Más si no fue propuesta de campaña.  Lo primero que buscan es la reelección. Continuar en el poder. Clásico.

Ha sido una picazón característica de los mandatarios o militares golpistas en estos 200 años de independencia (unos más, otros menos), pero los países latinoamericanos hemos tenido todo tipo de locos con ese prurito.

Siempre me he preguntado: “¿Acaso no hay más líderes capaces dentro del mismo partido?”. Sí los hay, pero se opacan ante la dictadura del presidente de turno y ante el poder que han creado a su alrededor, callan y obedecen.

Tema aparte, la dictadura partidista más prolongada, genocida y destructora fue la del PRI en México, en el cual nunca se reeligió presidente alguno, pero eran la misma mica con diferente cola. Algo similar sucede con el Partido Colorado en Paraguay.


De una u otra forma, ya sea cambiando caras, pero siempre bajo la bandera partidaria, o con un personaje perpetuándose en el trono, es lo mismo: problemas y más problemas para la democracia y la institucionalidad.

Cuando se habla de reelección ya se nota un problema serio en las aspiraciones del presidente, aunque sea con un período de por medio, así como casqueó Vladimir Putín a las naciones cuando puso a su títere Dmitri Medvédev un ratito y después, cuando regresó, no se quiso salir y ni se sale.

Cambiar una Constitución ya sea por una nueva, ya sea reformándola tanto que quede como si fuera otra, tiene de fondo la megalomanía de un presidente que le cambia nombre a las cosas, que hasta con los colores de los escudos juega y se divierte; alguien que trata de darle una interpretación diferente a sucesos históricos con tal de hacerle creer a sus seguidores que con él se iniciará una nueva época, una dorada, llena de luz, prosperidad, paz y armonía.

No he leído el anteproyecto, pero los libros de historia me dicen que detrás de cada cambio de Constitución hay un problema psicológico serio o exceso de testosterona, o deficiencia de cultura democrática, y es incontestable que las naciones latinoamericanas en las que se han hecho cambios de la ley fundamental, no se han convertido, para nada, en esas tierras donde brota leche y miel.

El caso más absurdo ha sido Venezuela con la Constitución chavista. El más aterrador ha sido el de Cuba. El más simpático el de Bolivia y su introducción agradeciendo a la Pachamama.

También hubo casos aterradores en el lado de los militares manipulados desde Washington, constituciones en cuyo articulado inicial se hacía énfasis en el Estado y su protección, y allá lejos, al ser humano y sus derechos. Por eso (entre otras razones) es que cualquier movimiento de oposición, por muy leve y tenue que fuera, era pisoteado con descaro e inusual saña, como si de animales se tratara, olvidándose de que eran sus propios hermanos, sus propios conciudadanos con derechos básicos como el de un debido proceso, no se diga el de la vida. Todas esas represiones se hacían en nombre de la Constitución que ponía al Estado sobre el ser humano y cualquiera de sus libertades como las de expresarse, opinar, disentir.

Pero volviendo al tema, prácticamente cada régimen militar nuevo cambiaba la Constitución en esencia por lo mismo: megalomanía, exceso de testosterona y falta de cultura democrática. Los discursos grandilocuentes revestidos de juridicidad para promoverlas y defenderlas solo eran el envoltorio.

Un cambio de ley fundamental no trae nada bueno per se, pero bien, prometo sumergirme hasta empaparme del anteproyecto bukeliano y hablar de cada una de las novedades y sus consecuencias para ustedes y las futuras generaciones.