MUESTRA CALIGRÁFICA de una escritura de 1799 sobre, lo que hoy conocemos como aceptación de herencia, en Sensuntepeque; el documento está en el Archivo General de la Nación.

Nacionales

Las escuelas de primeras letras en la colonia

Iliana Cornejo / Jaqueline Villeda

miércoles 15, septiembre 2021 • 2:30 pm

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En el siglo XVIII, la educación era una labor de la iglesia católica, quien instruía a las poblaciones de las diferentes castas, especialmente en el catecismo; el grueso de la población podía aspirar a las escuelas denominadas de las primeras letras.

Así lo explica el historiador Carlos López Bernal “Aprender a leer, medio aprender a escribir, las operaciones básicas, pero no ir más allá. Estas escuelas de primeras letras estaban administradas básicamente por dos instancias, una es la iglesia; la iglesia siempre ha estado metida en el tema educativo, y dos, por las por lo que llegaron a ser las municipalidades, los ayuntamientos”.

El ensayo del historiador Sajid Herrera denominado ‘La Educación de Primeras Letras en el San Salvador y el Sonsonate borbónico (1750-1808)’, refiere que en 1750, la corona empezó a legislar sobre la educación. “Esta política educativa institucional le proporcionaría a la monarquía, vasallos más útiles”, escribió Herrera.

ENSAYO. Portada del libro sobre la educación en Centroamérica, donde se describe la enseñanza en las pronvincias de San Salvador y Sonsonate, por el Dr. Sajid Herrera.

El ensayo también señala que en 1754, el rey mandaba que se les enseñara de manera moderada y suave, la lengua española, la lectura, escritura y doctrina cristiana.  La corona no imaginó que en algunas regiones de América iba a contar con oposición, sobre todo por parte de los indios, puesto que esta enseñanaza promovía la castellanización y la pérdida de sus lenguas y costumbres. Más tarde, en 1768, la corona ordenó que la Educación no podía seguir perteneciendo a la iglesia sino debía estar bajo la “protección del príncipe” y los ayuntamientos o municipalidades, abrían escuelas, pero todo dependía de los recursos que estos tenía. Mayoritariamente, la educación siguió en manos de la iglesia.

Era una enseñanza que combinaba el catecismo con el conocimiento, con la lectura y la escritura. El maestro del coro le daba más importancia a que los cipotes supieran el catecismo, el canto; se aprendía lento y mal". Carlos López Bernal, Es doctor en historia  de la Universidad de El Salvador, docente e investigador.

Según informes de curas de las provincias de San Salvador y Sonsonate, entregados al arzobispo Pedro Cortés y Larraz, entre 1768 y 1770, en la primera provincia mencionaba, contabilizaban 348 alumnos. De un total de 125 poblaciones que tenía la provincia, solo 21 tenían escuela de las primeras letras. 114 alumnos eran ladinos, 234 indios. En Sonsonate, había 22 pueblos y habían 10 escuelas con 299 alumnos. La edad de escolarización oscilaba desde los 5 y 6 años hasta los 12 y 13 años.

Los instrumentos de aprendizaje eran las cartillas, que el historiador Herrera describe como pequeños libros que contenían las letras del alfabeto; los catones, que eran pequeños libros con máximas morales, papel y plumas. Señala que el catecismo de Ripalda era usado en Nahuizalco por el padre Juan Feliz de Paredes. Y para entonces, no había escuelas para formar maestros, sino que estos tenían otras ocupaciones.  El historiador, Héctor Lindo Fuentes, plantea en su libro “El sistema escolar de El Salvador en el siglo XIX” que los maestros recibían pagos en efectivo de parte de “los justicias de la comunidad, y además de su manutención”, esto según documentación recolectada de la alcaldía mayor de Sonsonate en 1802.

PORTADA DEL CATECISMO político que las cortes de Cádiz habían enviado para que los niños aprendieran a leer la Constitución, a inicios del siglo XIX.

A inicios del siglo XIX, las cortes de Cádiz impulsaron la idea que a los niños se les debía enseñar a leer la Constitución, para ello se produjo un documento denominado “Catecismo político para instrucción del pueblo español”, reimpreso en Guatemala en 1811, y se amplió en 1813 en Guatemala. Una versión está disponible en la biblioteca digital Miguel de Cervantes, que data de 1810.