El tercer tipo de homicidios que en El Salvador ha adquirido cierta relevancia se refiere a los homicidios que se han originado en relaciones destructivas de pareja, si es que había relaciones de pareja y no crudos y simples procesos de sometimiento. Algunos casos del año 2018, dan cuenta de este mapa macabro: Rosa María Bonilla Vega (45 años), que fue aventada de unas escaleras; Graciela Eugenia Ramírez Chávez (22 años), asesinada de 56 puñaladas; Elsy Nohemí Cornejo Mozo (25 años), asesinada a balazos; Ingrid de Jesús Zalada Alvarado (30 años); Karla Lisseth Turcios (33 años), quien fue asfixiada mientras dormía; Ana Miriam González (21 años), asesinada a machetazos después de regresar de denunciar en un juzgado a quien sería su asesino, Katherine Cárcamo (27 años), también asesinada por asfixia; Gabriela Yamileth Landaverde (23 años), asesinada por un ex soldado; Lorena Beatriz Marenco Díaz (36 años), su cadáver fue encontrado dentro de una fosa séptica; María Luz Barahona Alvarado (20 años), asesinada por un pretendiente no correspondido; Jocelyn Milena Abarca Juárez (26 años); Jocelyn Milena Abarca Juárez (26 años), su cuerpo encontrado en el río Acelhuate y su cabeza en Antiguo Cuscatlán; Blanca iris Rivera (32 años), asesinada por su ex compañero de vida, quien fue enviado especial de la Fuerza Armada en Irak y especializado en armas; Delmy Rosibel Cabrera de Rodríguez (49 años), que fue macheteada y amputada de sus dos brazos hasta morir.

Opinión

La sociedad del crimen (II)

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 13, julio 2021 • 12:00 am

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El tercer tipo de homicidios que en El Salvador ha adquirido cierta relevancia se refiere a los homicidios que se han originado en relaciones destructivas de pareja, si es que había relaciones de pareja y no crudos y simples procesos de sometimiento. Algunos casos del año 2018, dan cuenta de este mapa macabro: Rosa María Bonilla Vega (45 años), que fue aventada de unas escaleras; Graciela Eugenia Ramírez Chávez (22 años), asesinada de 56 puñaladas; Elsy Nohemí Cornejo Mozo (25 años), asesinada a balazos; Ingrid de Jesús Zalada Alvarado (30 años); Karla Lisseth Turcios (33 años), quien fue asfixiada mientras dormía; Ana Miriam González (21 años), asesinada a machetazos después de regresar de denunciar en un juzgado a quien sería su asesino, Katherine Cárcamo (27 años), también asesinada por asfixia; Gabriela Yamileth Landaverde (23 años), asesinada por un ex soldado; Lorena Beatriz Marenco Díaz (36 años), su cadáver fue encontrado dentro de una fosa séptica; María Luz Barahona Alvarado (20 años), asesinada por un pretendiente no correspondido; Jocelyn Milena Abarca Juárez (26 años); Jocelyn Milena Abarca Juárez (26 años), su cuerpo encontrado en el río Acelhuate y su cabeza en Antiguo Cuscatlán; Blanca iris Rivera (32 años), asesinada por su ex compañero de vida, quien fue enviado especial de la Fuerza Armada en Irak y especializado en armas; Delmy Rosibel Cabrera de Rodríguez (49 años), que fue macheteada y amputada de sus dos brazos hasta morir.

En 2019, 2020 y 2021 esto ha continuado, hay centenares de casos recientes, y miles de casos durante las dos últimas décadas. ¿Qué espera el Estado para poner cartas en el asunto de un modo profundo? El reciente hallazgo del cuerpo de Flor García, asesinada el 15 de marzo de 2021 por quien era su esposo, un odontólogo de Cojutepeque, vuelve a poner sobre la mesa estos casos acaecidos en el seno de relaciones de pareja deterioradas. La sociedad salvadoreña es una sociedad herida y maltratada. Sus familias de un modo o de otro, en su mayoría, han sido quebrantes por algún tipo de agresión. Los crímenes contra mujeres configuran una expresión dramática de la vida cotidiana de este país.

La incapacidad institucional del Estado salvadoreño, desde siempre, para abordar de forma frontal estos homicidios, sus contextos y sus consecuencias, que no terminan para nada con el hundimiento en las cárceles de los miserables sujetos ejecutores de los crímenes, es lo que debe corregirse. De nada sirven las caras circunspectas de funcionarios que anuncian sepultar para siempre, ‘sin ver la luz’ (lo que de paso atenta contra la dignidad de las personas, sean criminales repudiables o no), a quienes salgan condenados en el terreno judicial.

La ausencia de políticas sociales de amplio espectro y de eficacia comprobada contribuye a que la sociedad salvadoreña se siga llenando de homicidios y de homicidios cada día. El asistencialismo gubernamental y el no-gubernamental no ayudan en nada a intervenir sobre esos procesos que violentan vidas, destrozan familias y dejan por todos lados estelas de orfandad. Sin duda que el clima de confrontación que se alimenta desde el sistema político (que no es nuevo; lo que ha habido es un relevo de actores dominantes), es leña que aviva el fuego de la autodestrucción de los salvadoreños.

En 1992, El Salvador tuvo una brillante oportunidad, al concluir de forma negociada la guerra, de rehacerse, de reconstruirse, pero el furor del economicismo y la sempiterna gula de la politiquería engulleron las perspectivas de estabilidad y de un mínimo soporte de bienestar social para todos. Los 31 años transcurridos dejan un saldo negativo y casi una imposibilidad de levantar la cabeza como país. Por mucho y que se lanzan eslóganes y hashtag de excesiva positividad que terminan por chocar con las rocas de la indiferencia. Y es que no hay un horizonte promisorio. No existe un plan mínimo de cierta coherencia que atine a salir del pantano. No hay análisis de conjunto ni por segmentos que las fuerzas políticas tomen en cuenta para buscarle un rumbo distinto al país. La sociedad salvadoreña, no hay que llamarse a engaños, es una sociedad del crimen, y los homicidios son solo un indicador de la clase de atrocidades que se han incubado.

Pero la descarada y cuantiosa corrupción del erario público, que ha comenzado desde hace algunos años a quedar al descubierto, y que no parece terminar, es también combustible para que el país continúe postrado. No habrá nuevo día si la noche protege a la impunidad.  La rapiña, la venganza, la flagelación indiscriminada campean. Y así no se va para ningún lado.