Los crímenes que adquieren cierta connotación deberían ser capaces de sacudir las conciencias y de movilizar al conjunto social (no solo a algunos funcionarios del Estado), en procura de reflexionar a fondo acerca de esto que está sucediendo. Que viene sucediendo desde hace algún tiempo. Puesto que la información que proveen las instancias estatales es de mala calidad y también poco cuidadosa, a la ciudadanía de a pie no le queda más que especular, imaginar y contrastar con lo que ve en su entorno. No lo sabe quizá, pero de algún modo hace sociología crítica.

Opinión

La sociedad del crimen (I)

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

domingo 11, julio 2021 • 11:55 pm

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Los crímenes que adquieren cierta connotación deberían ser capaces de sacudir las conciencias y de movilizar al conjunto social (no solo a algunos funcionarios del Estado), en procura de reflexionar a fondo acerca de esto que está sucediendo. Que viene sucediendo desde hace algún tiempo. Puesto que la información que proveen las instancias estatales es de mala calidad y también poco cuidadosa, a la ciudadanía de a pie no le queda más que especular, imaginar y contrastar con lo que ve en su entorno. No lo sabe quizá, pero de algún modo hace sociología crítica.

Desde 1992 para acá, el incremento de homicidios ha venido en aumento, pero hasta hoy no ha habido un serio esfuerzo institucional de investigación social que intente aprehender este fenómeno. Ya sería tiempo que en lugar de gastar millones en proselitismo político y en marketing electoral, el Estado atendiera las cosas de otro modo y diese un viraje en la comprensión de las disrupciones sociales. El tratamiento fiscal y policial dado a esto, está lejos de ser suficiente y sustantivo.

Cuando los funcionarios públicos (fiscales, policías, ministros) dan declaraciones acerca de algunos hechos criminales, no es difícil constatar el rudimentario vocabulario del que se valen para sostener sus argumentos. Esto es así, porque el Estado de El Salvador en los últimos 31 años ha sido rebasado en cuanto a homicidios se refiere. Este cruel fenómeno social pretende ser combatido con más sangre y con encierros y con entusiastas alocuciones oficiales acerca de que la cosa va ‘bajando’. Pero no es cierto. Esta amplia mancha social de homicidios ha mutado y ha ido abarcando más intersticios dentro de la sociedad salvadoreña.

Tres tipos de casos de los últimos tiempos son emblemáticos. El primero es el que se refiere al asesinato, el 29 de diciembre de 2017, de la policía Carla Ayala, a manos de otro policía Josué Arévalo (de alias ‘Samurái’). El hecho fue de tal gravedad que llevó a la disolución del Grupo de Reacción Policial (GRP), una instancia operativa élite de la corporación policial. En apariencia, casi todos los cómplices fueron sancionados y castigados por el sistema judicial. Solo ‘Samurái’, quien ejecutó a Carla, no ha aparecido.

Hay gente que por esto estará en prisión, pero eso no resuelve nada acerca de la institución donde se incubó esta conducta individual como la de ‘Samurái’. De hecho, por testimonios diversos, se ha sabido de conductas inapropiadas por parte de policías en fiestas similares a la donde asesinaron a Carla y de otros hechos más que permiten decir que la Policía Nacional Civil ha comenzado a desdibujarse, y esto significa que de ser un escudo está pasando a convertirse en una espada para el conjunto social.

El otro caso emblemático, que es reciente en cuanto a su desvelación, pero que ocurría desde hacía años, es el de las decenas de cadáveres encontrados en Chalchuapa. No deja de ser curioso que sea un expolicía, Óscar Chávez, la persona señalada (aunque no la única) con mayor involucramiento en estos macabros homicidios.


Aquí, el hecho de que sean mujeres la mayoría de los cadáveres, habla de una direccionalidad muy concreta. Y hay muchísimas preguntas que hacer acerca de cómo es que ha ocurrido esto sin que haya sido descubierto de ningún modo. La última víctima de Chávez, quien se escapó de las garras de su asesino por unos minutos, y alertó al vecindario, ha sido la ventana que permitió el hallazgo. Porque es este hecho circunstancial el que permitió conocer lo que pasaba allí en el callejón Estévez de la colonia Las Flores, de Chalchuapa, no la labor de la Policía.

Es muy simplista (y fácil) cargar sobre Óscar Chávez, el expolicía, todo el peso de la responsabilidad en esos homicidios y además endilgarle que es un pervertido sexual. Es mucho más complejo el asunto. ¿Es un asesino en serie? ¿Es un sicario? ¿Formaba parte de una red de sicariato? ¿Y quiénes eran sus clientes? Porque un sicario o una estructura de sicarios trabaja ‘por pedidos’. Hay en medio de todo esto redes del crimen, hay indiferencia social, hay fuga de personas que quieren largarse del país a como dé lugar, hay corrupción policial, hay abulia institucional, hay insensibilidad, hay ceguera política y más cosas que deben ser atendidas con urgencia. Estos crímenes no son la acción de un ‘loco’, sino que constituye un dispositivo perverso, donde lucro e inhumanidad se dan la mano, y que para eso se ha valido de personas inescrupulosas y atrofiadas en su raciocinio para ejecutar tales hechos.