Tengo un amigo con el que me comunico cada semana. Siempre por escrito. Vive lejos, bien lejos de aquí. Pero el correo electrónico facilita esa comunicación. Se largó por hartazgo hace como veinticinco años. Es decir, en la posguerra. Cuando lo fui a despedir a la terminal de oriente (se fue por tierra a Panamá y de allí tomó un barco hacia España y después partió hacia una isla en Oceanía) me dijo casi en tono de profecía: Esta paz será frágil y terminará crucificada. Algo de razón tenía, aunque él se refería al escenario político.

Opinión

La punta del iceberg

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 8, junio 2021 • 12:00 am

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Tengo un amigo con el que me comunico cada semana. Siempre por escrito. Vive lejos, bien lejos de aquí. Pero el correo electrónico facilita esa comunicación. Se largó por hartazgo hace como veinticinco años. Es decir, en la posguerra. Cuando lo fui a despedir a la terminal de oriente (se fue por tierra a Panamá y de allí tomó un barco hacia España y después partió hacia una isla en Oceanía) me dijo casi en tono de profecía: Esta paz será frágil y terminará crucificada. Algo de razón tenía, aunque él se refería al escenario político.

Sin embargo, el diagnóstico ahora, a propósito del hallazgo de las decenas de cadáveres en unos pozos dentro de una casa en Chalchuapa, resulta peor. Aunque con imprudencia y celeridad las autoridades, a través de sus voceros, se han apresurado a calificar los hechos, lo cierto es que se trata además de un cuadro dantesco, de una compleja trama de hechos criminales que implica la existencia de una red capaz de operar de un modo tan impune.

¿Es solo un psicópata Hugo Osorio, el ex policía que aparece como el personaje principal de este amplio grupo de asesinatos? Sin duda que un análisis clínico podría precisar esa caracterización. Pero el asunto asume otro cariz cuando en sus declaraciones ‘voluntarias’ Osorio ha incriminado a un grupo de personas, al punto que la Fiscalía General de la República (FGR) ha tenido que aplicar criterio de oportunidad al que en apariencia se presenta como la figura decisiva de esto, Hugo Osorio, porque él solo ha ejecutado una cierta cantidad de los asesinatos, y el resto ha sido practicado por otros y Osorio solo ayudó con el traslado de los cadáveres.

Y aquí está el quid, porque Osorio no es el único ejecutor de esos asesinatos. ¿Y esos señalados por él son todos los involucrados? ¿Y cómo estaban articulados? En algún momento uno de los funcionarios ha dicho que —en un afán por explicar o justificar porqué se le ha dado criterio de oportunidad a Osorio—, en otros asesinatos, a Osorio le habían pedido hacerse cargo de los cadáveres. A estas alturas, no resulta ocioso preguntarse quién o quiénes hacían esos pedidos.

No obstante que la acepción de psicópata para señalar la conducta de Osorio, el ex policía, suena dura, en realidad es incompleta para dar cuenta de lo que ha pasado. Y peor aún: de lo que sigue pasando en estos momentos. El Salvador, con el caso de estas decenas de cadáveres, está frente a un cuadro de emergencia nacional. O al menos así debería plantearlo la FGR. Porque las cifras que por décadas se han manejado de homicidios, con esto saben a ensueño. La obsesión de todos los gobiernos de los últimos años por asegurar que los homicidios bajaban, a causa de sus acciones o despropósitos, ahora resulta que tenían (tienen) una contraparte: los desaparecidos. Tema de larga data en este país, por lo menos desde la década de 1970.

Muchas de las personas, que ahora se encontró sus cadáveres en Chalchuapa, en su momento fueron reportadas como desaparecidas. ¿Y qué hicieron las autoridades? Al parecer, nada. Ha tenido que ser la casualidad la que permitió destapar este lóbrego osario. Pero hay más: el hecho de que la mayoría de cadáveres encontrados sea de mujeres, señala con claridad el tipo de sociedad en la que hemos desembocado.


Mientras los viejos y los nuevos políticos se enfrascan en flagelaciones y expiaciones inútiles, la mayoría silenciosa de hombres y mujeres de este país (hay que recordar que en la última elección cerca del 49% aptas para hacerlo no asistió a las urnas), se ven, tarde o temprano, expuestos a esta violencia descarnada y despiadada.

Hugo Osorio y los demás incriminados podrán ir a parar a las bartolinas por mucho tiempo, pero eso no resuelve, de ninguna manera, este tipo de crímenes. Porque si este pobre diablo que es Osorio pudo moverse como lo hizo, ¡por más de 10 años!, no cuesta imaginar a otros sujetos, a otras redes, ejecutando similares hechos. El hallazgo de estas decenas de cadáveres en Chalchuapa informa con bastante precisión acerca de la sociedad-criminal que nos abraza (y ¡abrasa!). Y que como tenaza macabra no nos deja avanzar.

En este caso, donde Hugo Osorio tiene un papel clave, pero donde no es el único operador y quizá ni siquiera, en todos los casos, es el formulador general de esta atrocidad criminal, lo que es indubitable, lo afirmen o no las autoridades, es que se trata solo de la punta del iceberg.