Para ganar hay que jugar fuerte y con decisión, pero hay que jugar limpio. La política partidaria se parece mucho al fútbol. Hay que diseñar estrategias con jugadas tácticas sabiendo colocar a cada jugador en el lugar donde mejor juega y con la función que mejor cumple. Cuando no se diseñan tácticas y estrategias para copar de mejor manera todo el terreno de juego, se juega al pelotazo (a lo que salga) o a la espera del error de los jugadores contrarios o del árbitro. Juegan los que están en mejor condición y no los recomendados o parientes del dirigente o patrocinadores.

Opinión

La política partidaria y el fútbol

Jaime Ulises Marinero / Periodista @ulisesmarinero

martes 5, enero 2021 • 12:00 am

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Para ganar hay que jugar fuerte y con decisión, pero hay que jugar limpio. La política partidaria se parece mucho al fútbol. Hay que diseñar estrategias con jugadas tácticas sabiendo colocar a cada jugador en el lugar donde mejor juega y con la función que mejor cumple. Cuando no se diseñan tácticas y estrategias para copar de mejor manera todo el terreno de juego, se juega al pelotazo (a lo que salga) o a la espera del error de los jugadores contrarios o del árbitro. Juegan los que están en mejor condición y no los recomendados o parientes del dirigente o patrocinadores.

Oficialmente los partidos políticos ya están en campaña electoral para la elección de  diputados de la Asamblea Legislativa y del, según yo, innecesario Parlamento Centroamericano (PARLACEN), aunque en realidad los partidos siempre han estado en campaña permanente anteponiendo intereses partidarios y particulares a intereses del pueblo. Para alcaldes también están en campaña perenne haciendo prevalecer colores partidarios antes que  intereses colectivos, aunque oficialmente el banderillazo de salida para la propaganda electoral lo tendrán hasta el 28 de este mes.

En el fútbol, con un árbitro neutral, al jugador que juega sucio lo amonestan y si insiste en jugar sucio lo expulsan. Idealmente así deberían ser los tiempos electorales si los políticos respetaran el reglamente y al árbitro mismo; sin embargo, cuando el árbitro no tiene la personalidad necesaria ni aplica correctamente el reglamento, los jugadores abusan de jugadas dignas de amonestación o expulsión agrediendo a jugadores rivales y burlándose del árbitro y de la noble afición.  A veces el árbitro está frente a la jugada y aún así se equivoca ya sea porque quiere equivocarse o porque es tan malo que ni siquiera aplica el reglamento o porque tiene miedo a la afición o a los dueños de los equipos. Un buen árbitro expulsa o amonesta, si es necesario, desde la primera jugada, igual marca un penalti y expulsa al agresor en el último minuto, sin importarle los silbidos o aplausos. Simplemente aplica las reglas sin importarle si el beneficiado es local o  visitante o si quien comete la falta es la estrella goleadora.

En ocasiones el problema es que los equipos no están dispuestos a jugar limpio o a colaborar con el sano espectáculo. Quieren ganar cometiendo todo tipo de faltas o valiéndose de cualquier método marrullero sabiendo que tienen a la afición de su parte y que el árbitro no es neutral porque los contendientes lo escogieron. El árbitro cederá al juego sucio, de lo contrario se pueden enojar quienes lo nombraron y a lo mejor no lo vuelven a escoger para otros juegos.

El técnico del equipo debe saber de fútbol y conocer a sus jugadores. Como en un tablero de ajedrez mover sus piezas según objetivos y respetando lo establecido por la norma. Algunos acostumbrados a vender humo culpan a cualquiera por su mal juego o sus derrotas. Ni siquiera ha comenzado el juego cuando ya han salido a culpar a los demás o a “calentar el ambiente” sabiendo que desviarán la atención y sentarán  presión que los medios  afines o inconscientes elevarán a su máxima expresión creyendo que se trata de una noticia relevante digna de un análisis superfluo.

Los dirigentes, dueños de los partidos políticos (¡Uf! perdón, de los equipos) lo tendrán todo fríamente calculado haciendo sus propias apuestas o sacando sus propios provechos. Organizan barras bravas y lesregalarán gorras, calendarios, llaveros o cualquier baratija que los identifique con sus colores. Estas barras fieles aplaudirán hasta las marrullerías de sus jugadores y lanzarán improperios contra jugadores rivales,  árbitros, periodistas honestos y especialmente contra las barras rivales. Para estas barras lo que importa es que su equipo gane, sin importar si es con un gol inexistente, con un penalti no marcado o con cualquier método. Desgalillados de tanto gritar regresarán a casa para esperar la fecha del siguiente juego. En la semana tendrán que trabajar duro para tener comida para los suyos. El empleado seguirá siendo empleado y el desempleado seguirá siendo desempleado aunque su equipo gane o pierda. Quienes disfrutarán de los beneficios del gane serán dirigentes y patrocinadores… Los jugadores y el técnico, tal vez.


El buen aficionado, el que no está organizado en barra brava, el que solo quiere disfrutar del juego pide a los jugadores que jueguen fuerte y con decisión, pero sobre todo que jueguen limpio por el bien del espectáculo… Por el bien de la democracia.