Empecé a escribir estas mis columnitas de opinión personal en 2006. Ha sido un honor. Pero en algunos momentos la decepción de estar gritando al vacío, a los oídos sordos de una clase política desentendida y desinteresada, me compelió a tomarme algunas vacaciones, pero un buen amigo me dijo una vez con toda sabiduría: “No hay que cansarse de decirles sus verdades”, y volví.

Opinión

La otra guerra

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 13, julio 2021 • 12:00 am

Compartir

Empecé a escribir estas mis columnitas de opinión personal en 2006. Ha sido un honor. Pero en algunos momentos la decepción de estar gritando al vacío, a los oídos sordos de una clase política desentendida y desinteresada, me compelió a tomarme algunas vacaciones, pero un buen amigo me dijo una vez con toda sabiduría: “No hay que cansarse de decirles sus verdades”, y volví.

Una de las decepciones de escribir fue por ese tema de las maras. Su dominio sobre territorios completos del país se veía venir y empecé, como otros, a gritarles a los políticos que hicieran esto y lo otro, tomando como ejemplo las buenas prácticas de otros países que ya habían pasado por esos amargos fenómenos sociales.

El problema de la delincuencia es algo tan complejo y delicado, pero nuestros políticos nunca lo tomaron en serio, nunca. Por incompetentes, distraídos y necios esto se desbordó. Por pasar en esos eternos jueguitos de poder, guerritas de dimes y diretes, y también viendo de cuál licitación pueden rascar para las próximas vacaciones, para el celular de la amante, para cambiar de carro. ¡Ah! Y para ponerle precio a la alzada de mano en las votaciones de segundo grado.

Son las nuevas guerras civiles. Las estrategias, métodos, planes con los que se combatía la delincuencia antaño no podían ser los mismos para un fenómeno que lo que buscaba era apoderarse del país, sin aspirar a tener el poder formal, pero gobernar a sus anchas.

Pero bien, hablando de lo que ahora me importa, hay una nueva guerra que el confinamiento del año pasado hizo evidente con todo su rostro despreciable y cobarde: la violencia doméstica, criminal, cobarde, que las mujeres sufren en sus casas a manos de sus parejas, y que se llevan de encuentro a los hijos.

Ese ya no es un simple fenómeno social, no, por favor, y ojalá hoy sí entiendan: eso es un genocidio lento y constante. ¡Qué no cabe el término genocidio! Pues acostúmbrense a que así es.


Pareciera que seres en forma de humanos, pero que no lo son, sino bestias, regados por todo el planeta, emergieron de diferentes partes del mundo, se desperdigaron cual la pandemia, y se emparejaron con mujeres, pero que su único fin es alimentarse de sus miedos, necesidades; someterlas, humillarlas haciéndolas sentir inútiles, inservibles y dependientes.

Su más grande fin es destruirles la autoestima, que se concienticen que son miserables seres de tercera categoría.

Si ello fuera poco, esas entidades antropomorfas con gónadas masculinas, se deleitan abusando de ellas, no solo sexualmente, que ya es demasiado, sino propinándoles golpes, pequeños coscorrones, apretones de los brazos, golpes a puño cerrado en la cara, en los pechos, tirarlas al suelo, y allí, completamente indefensas, ante la mirada aterrorizadas de los hijos concebidos en común, agarrarlas a patadas en la cara, en el estómago, en los muslos, y ponerles los pies en el rostro para humillarlas aún más.

Para dejarles un recuerdo, les tatúan con algún metal caliente su nombre en la frente para que nadie más las pueda ver atractivas. Las hierran como ganado.

Esas bestias venidas del espacio exterior, como un virus que se fue gestando en alguna especie de cloaca, hasta evolucionar y parecer hombres, terminan asesinándolas con pistolas, escopetas, cuchillos, machetes o ahorcándolas con sus propias manos.

Les echan agua hirviendo o ácido en el rostro, les sacan los ojos con algún objeto punzante, las descuartizan, envuelven los pedazos del cuerpo que sus manos otrora acariciaron, que sus labios besaron, y sin ningún tipo de sentimiento, ¡ninguno!, como las bestias que son, los envuelven en trapos, sábanas, papel de diario, cortinas de baño o de ventana, y las embolsan para ir a esparcir sus pedazos por la ciudad, en un macabro juego que les divierte y excita y los hace sentir victoriosos.

Esos monstruos allí están, se llaman hombres, pero no son hombres, son cobardes animales que no tienen que ver con la especie humana y hay que prevenir a las mujeres para que se alejen de ellos, y cuando ya están en sus garras, que todo el aparato del Estado funcione para ir a su rescate.