10 de noviembre, hace 40 años: agentes estatales vestidos de civil asesinan al profesor Reynaldo Escalante en Zacatecoluca, La Paz; igual “mala suerte” corrió su paisano y colega Pedro Ortiz Peña. También el maestro Ricardo Ernesto Chigüila, secuestrado por sicarios similares en Atiquizaya, Ahuachapán; su cadáver apareció torturado. Fueron unas de las tantas víctimas ese día. ¿Quién los recuerda? Probablemente solo sus familias… sus amistades cercanas, no más. Estas ejecuciones ocurrieron en la víspera de empezar la guerra; eran días en los que sonaban, ensordecedores, esos tambores.

Opinión

La memoria

Benjamín Cuéllar / Defensor de Derechos Humanos

lunes 16, noviembre 2020 • 12:00 am

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10 de noviembre, hace 40 años: agentes estatales vestidos de civil asesinan al profesor Reynaldo Escalante en Zacatecoluca, La Paz; igual “mala suerte” corrió su paisano y colega Pedro Ortiz Peña. También el maestro Ricardo Ernesto Chigüila, secuestrado por sicarios similares en Atiquizaya, Ahuachapán; su cadáver apareció torturado. Fueron unas de las tantas víctimas ese día. ¿Quién los recuerda? Probablemente solo sus familias… sus amistades cercanas, no más. Estas ejecuciones ocurrieron en la víspera de empezar la guerra; eran días en los que sonaban, ensordecedores, esos tambores.

El 10 de junio de 1994, a dos años y meses de iniciar la prolongada posguerra y a plena luz del día, dos integrantes de un escuadrón de la muerte dirigido por un detective que pasó de la desaparecida Policía Nacional a la naciente Policía Nacional Civil (PNC), mataron a Ramón Mauricio García Prieto. El 2 de septiembre de 1995, agentes uniformados de esta entidad surgida de los “acuerdos de paz” asesinaron al joven universitario Manuel Adriano Vilanova. Y el 4 de enero de 1996, en una persecución digna del “viejo oeste” ‒no en diligencias y caballos sino de un vehículo policial a otro particular‒ un adolescente desarmado y herido que estaba en el lugar y el momento equivocados ‒William  Antonio Gaitán‒ fue ejecutado con el “tiro de gracia” disparado por un agente supernumerario de la PNC.

Como en los casos de los profesores asesinados en 1980, estos jóvenes fallecidos violentamente solo serán recordados por familiares y amistades; quizás también por algunas personas que veían a sus madres denunciando y reclamando justicia, como tantas otras que perdieron a sus hijos o hijas antes de la guerra y durante esta. En esa época ‒un cuarto de siglo atrás‒ El Salvador era “ejemplo” mundial, al menos para Naciones Unidas y los firmantes de sus convenientes acuerdos.

Seguramente, la mayoría de quienes nacieron a mediados de la década de 1990 y durante los años posteriores no sepan nada de estos tres crímenes que, ya en “paz”, mantenían presente un pasado reciente de horror y comenzaban a dinamitar la ilusión acabada de nacer: un país adonde se respetaban los derechos humanos. Pero entre la juventud que hoy habita El Salvador profundo, se sufren o conocen graves violaciones de estos cometidas por miembros de ese cuerpo de seguridad que tantas expectativas generó.

Surge entonces la pregunta que se hizo, se hace y se hará mientras no se superen los males estructurales generadores de violencia que azotan a nuestras mayorías populares: ¿valió la pena la pena tanto sacrificio si en la posguerra se siguió derramando sangre, aguantando hambre y garantizando impunidad? ¡Sí! Basta, para ello, saber en qué país vivíamos. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, tras visitarlo en 1978, informó de una “tremenda concentración de la propiedad de la tierra y en general del poder económico, así como del poder político […] con la consiguiente desesperación y miseria de los campesinos, los que forman la gran mayoría de la población salvadoreña. Estas condiciones sociales y económicas explican, en buena medida, graves violaciones de los derechos humanos que han ocurrido y continúan ocurriendo en El Salvador”.

Terminada la guerra no se superaron ni la desigualdad ni la exclusión pero sí la persecución, los asesinatos, las detenciones ilegales y las torturas, las desapariciones forzadas y el exilio por razones políticas. Al dejar atrás lo segundo, el futuro era inspirador pues se abría la posibilidad de cantar victoria ante lo primero. Pero no. Quienes debieron promover el bien común y la participación popular para alcanzarlo no lo hicieron y ahora estamos como estamos: sin salir de lo primero y con posibilidades de volver a lo segundo, nuevamente por razones políticas.


 

Para no tropezar con la misma piedra hay que aprender de esos episodios de nuestra penosa historia con sus héroes, mártires, victimarios y traidores. Para ello ‒¡aleluya Sabina!‒ debemos “[r]ecuperar de nuevo los nombres de las cosas. Llamarle pan al pan, vino llamarle al vino; […] miserable al destino y al que mata llamarle de una vez asesino. Nos lo robaron todo, las palabras, el sexo, los nombres entrañables del amor y los cuerpos, la gloria de estar vivos, la crítica, la historia… Pero no consiguieron robarnos la memoria”.