Las miradas siempre se dirigen hacia ella mientras camina de prisa por los pasillos del mercado de Mejicanos, en San Salvador. Para unos, ella es parte de la cotidianidad, otros la miran con asombro y la mayoría de sus colegas, con mucho respeto y admiración.

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La fortaleza en una tela

Marcela Moreno

miércoles 2, mayo 2018 • 12:01 am

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Las miradas siempre se dirigen hacia ella mientras camina de prisa por los pasillos del mercado de Mejicanos, en San Salvador. Para unos, ella es parte de la cotidianidad, otros la miran con asombro y la mayoría de sus colegas, con mucho respeto y admiración.

A Julia Jeanette Acosta, de 60 años de edad, le gusta vestirse con camisas tipo polo, pantalones holgados y zapatos deportivos. Muchas veces es confundida con un hombre, pero no le incomoda; dice que ya está acostumbrada, y siempre aclara que es mujer.

El bullicio, los olores y colores del mercado de Mejicanos envuelven a Julia cada día. Éste es su lugar de trabajo, en donde demuestra que tiene la fuerza física necesaria, a pesar de su complexión delgada, para realizar actividades pesadas, como acarrear maíz o botar un árbol por sí misma.  Además, ella desde pequeña tuvo que trabajar por la situación económica de su familia. Preferió trabajar que estudiar.

Por eso dejaba la escuela para vender chilate y tamales con su abuela y así ayudarle a su mamá, que con su salario de enfermera no alcanzaba a mantener a tres hijos. Julia incluso se hacía cargo de ir a traer a sus dos hermanos a la escuela porque a su madre no le quedaba tiempo.

Su madre, sin embargo, tomaba esas actitudes como rebeldía y las castigaba con severidad, a tal punto que a los 16 años la sacó de la escuela y la internó por dos años en un instituto para niñas con conductas problemáticas. Aquí fue donde aprendió a “vagar” y conoció por primera vez el alcohol.


Al salir del internado, su actitud rebelde fue notoria, su lugar favorito era la calle, salía sin rumbo hasta que recordaba que debía volver a casa, sin importar la hora.

Pero en uno de sus días de “vagancia”, a los 18 años, como afirma, se dio cuenta que amaneció en una casa diferente a la suya. Un hombre con el que había estado bebiendo la noche anterior, la emborrachó y abusó de ella. Eso la marcó. Por eso la apariencia de Julia va más allá de la elección de un atuendo diario. El cambio en su vestimenta ocurrió después de ese suceso, que fue tan fuerte que la llevó a rechazar cualquier relación de pareja, incluso su propia feminidad.

Julia relata que adoptó esa apariencia masculina como mecanismo de defensa para ser menos vulnerable ante los demás. Ella lo ve así.

Después de años de dejar la calle, se dedicó a trabajar en el mercado, donde se encontró con críticas y prejuicios de los vendedores, que la tachaban de vaga y delincuente, pero se ganó su confianza y demostró lo trabajadora que es. Considera su aspecto masculino como parte de ella, de su personalidad, y por la comodidad en su trabajo, para ser respetada por todos y sepan de su fortaleza y carácter.