En 1989, en mi condición de Embajador de El Salvador ante Naciones Unidas participé en Ginebra, en una reunión sobre abusos sexuales contra niños y jóvenes. Aún recuerdo cómo impactó una adolescente canadiense de apenas doce años que, más con lágrimas que con palabras, relató los horrores a los que la sometía su propio padre. Estos abusos siempre han sucedido. Sin embargo, parece que ha estallado una epidemia universal en dicha materia. Así lo hacen pensar las sórdidas historias que involucran a escuelas y colegios.

Opinión

La ética y la educación de los niños

Roberto Meza / Colaborador

viernes 2, febrero 2018 • 12:00 am

Compartir

En 1989, en mi condición de Embajador de El Salvador ante Naciones Unidas participé en Ginebra, en una reunión sobre abusos sexuales contra niños y jóvenes. Aún recuerdo cómo impactó una adolescente canadiense de apenas doce años que, más con lágrimas que con palabras, relató los horrores a los que la sometía su propio padre. Estos abusos siempre han sucedido. Sin embargo, parece que ha estallado una epidemia universal en dicha materia. Así lo hacen pensar las sórdidas historias que involucran a escuelas y colegios.

Similares noticias circulan en Europa y Estados Unidos. Parecería que estos crímenes ya no son episodios esporádicos sino expresiones de una lacra social. La degradación de valores ha banalizado una realidad que ahora nos golpea en la cara. La ONU, con plena consciencia de estos y otros abusos, trabajó hasta conseguir, que en 1989, se firmara la Convención sobre los Derechos del Niño, compromiso mundial útil pero insuficiente para solucionar el problema.

Cuidar y proteger a los niños es, no solo la mejor, sino la única manera de asegurar el progreso de una sociedad. Someter los abusos es colocarlos en una senda de desolación que, con frecuencia, les conduce a la desesperanza, la depravación y el crimen.

Las estadísticas no pueden quedar simplemente como medidas de lo que ocurre. Deberían bastar las lágrimas de una niña para que las autoridades actúen inmediata y severamente. Es necesario repetir, una y mil veces, que la paternidad no se agota en el proceso biológico que perpetúa la especie sino que se ejerce, sobre todo, en la orientación que los padres deben dar a sus hijos.

Velar por el normal desarrollo y la progresiva apertura de las mentes infantiles, infundirles principios éticos, advertirles sobre los peligros y prepararles para afrontarlos, educar con el ejemplo: tal es la función de nosotros  los padres.

Sobre el fundamento de esos sólidos valores, a las escuelas y colegios les corresponde instruirles en ciencia y tecnología. Dante escribió en su Divina Comedia: “Para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia”.


Urge pues recuperar los valores que estamos perdiendo. Corresponde  a las autoridades examinar las causas profundas de la crisis, sin aislarnos del mundo. Lo digo enfáticamente: hay que volver a enseñar ética y cívica en escuelas y colegios. No cabe ser mojigatos en temas sexuales, pero tampoco concebir al sexo como un simple acto mecánico sujeto a prácticas de higiene. Todos los seres humanos tienen iguales derechos, sin excepción,  deben ser respetados en sus diversidades, sin olvidar que los niños, receptores de la cultura y civilización actuales, las convertirán luego en legítimo uso de su libertad, en nuevas formas de vivir personal y socialmente.