Creamos países por medio de un pacto para cubrir nuestras necesidades, desde las más básicas, como reguardar la vida, hasta las más sofisticadas, como elegir nuestras autoridades o llevar a los tribunales los conflictos y que se haga justicia.

Opinión

La desgracia de las instituciones Cuando una institución es manoseada por intereses personales, es como poner una llanta cuadrada a un carro. Caminará, pero mal, despacio, torpemente.

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 10, agosto 2021 • 12:00 am

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Creamos países por medio de un pacto para cubrir nuestras necesidades, desde las más básicas, como reguardar la vida, hasta las más sofisticadas, como elegir nuestras autoridades o llevar a los tribunales los conflictos y que se haga justicia.

En esa vida en común surge de todo y creamos leyes y las instituciones que las apliquen para resolver, procurar, dirimir, proporcionar, etc., miles de productos y servicios para las necesidades que no solo son alimentarias o de vivienda. Es complejo y complicado.

Cuando una institución es manoseada por intereses personales, es como poner una llanta cuadrada a un carro. Caminará, pero mal, despacio, torpemente. ¿Quién le pone una llanta cuadrada a un automotor? Solo un insensato.

Creamos los tres poderes de Estado, de los cuales se ramifican ministerios, tribunales, comisiones legislativas, y también otras entidades fuera de la égida de esos poderes, o con una muy particular naturaleza: organismo electoral, ministerio público, fuerzas armadas, policía.

Abarcamos todo: salud, seguridad, vivienda, alimentación, transporte, comercio.

Llegar a este nivel de complejidad y sofisticación del hormiguero humano ha costado decenas de miles de años. Y le llamamos república democrática soberana e independiente.


Ha valido el esfuerzo y se ha derramado mucha sangre para ello. No ha sido obra de ni un solo dictador, tirano o demagogo. Ha sido obra de grandes pensadores, y también de luchas obreras, así como el empuje de los empresarios.

Pero el sistema se estanca (Cuba), deforma (Nicaragua), desmorona (Venezuela) o colapsa (Somalia) cuando no se respetan las instituciones.

Los principales responsables de estas anormalidades son los presidentes y sus séquitos.

Ponen a la cabeza de las entidades a un sirviente obediente, fácil de humillar, no deliberante, no contestatario. Después ponen en las jefaturas a los más allegados, a los hijos de los que pagan las campañas, también a astutas ratas de alcantarilla que se han colado en el partido sin más mérito que el tenaz arrastramiento. Después los empleados: activistas sin capacidades, sin un proceso de inducción. Personas generalmente conflictivas, prepotentes, orejas del régimen. El ministro no dice nada, porque está allí solo para obedecer. Las instituciones no solo no hacen más su labor, sino que además no mejoran, no se modernizan.

Así pasa en Latinoamérica, países inmensamente ricos como México, Colombia, Brasil y Argentina no producen innovaciones importantes. Solo Corea del Sur presenta, ¡en un año!, más patentes que toda la América hispanoparlante junta.

Si hay cambios lo son más bien cosméticos y, dado el trepidante avance de la tecnología y los sistemas democráticos en los países del primer mundo, siempre estaremos a la zaga, cada vez más lejos, marginados, rezagados.

Tristemente, durante estos 40 años (más o menos) en los cuales resurgieron los gobiernos civiles en la región, se ha avanzado casi nada, y en muchos casos se ha desviado totalmente del camino.

Las instituciones fueron creadas para servir al pueblo, eso es democracia, pero si no lo hacen, no hay democracia. Esta perogrullada no debería de decirse, pero ante la espeluznante realidad se ha vuelto imperativo recordarlo.

Si los hospitales no sirven, si la administración de justicia no sirve, si un solo trámite en migración, registro de personas, en industria y comercio, tarda, no resuelve o es incompleto, no hay democracia. Es parte del complejo engranaje.

El caso más triste es cuando las fuerzas armadas y la policía nacional se someten dócilmente al presidente del ejecutivo de turno, por el terror de sus máximos representantes a quedarse sin chamba y sin todas las prebendas que sus puestos les dan, o sin el acceso a los negocios que desde allí realizan… lícitos e ilícitos. Y digo que es triste, porque el que tiene las armas lo tiene todo.

No es esperanzador el futuro pues las conclusiones que se sacan con lo que se ha visto en las últimas décadas, más la actualidad, al parecer los futuros gobernantes, o los que se eternicen en el poder, seguirán socavando la institucionalidad, olvidándoseles que las instituciones fuertes y emponderadas son base del desarrollo y de la misma democracia. Pero no han querido, no quieren y no querrán.