Sentada en una silla que da al patio y luciendo un vestido celeste con un estampado de flores, estaba “la abuela Mati”. Su cabello y su piel se encuentran marcados por el paso del tiempo. En su corazón permanece el espíritu de una mujer fuerte que con 106 años sigue regalando a su familia la alegría de vivir.

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La abuela Matilde a sus 106 años Entre su descendencia se encuentran nueve hijos, 46 nietos, más de 150 bisnietos y alrededor de 60 tataranietos.

Blanca Archila

jueves 10, mayo 2018 • 12:00 am

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Sentada en una silla que da al patio y luciendo un vestido celeste con un estampado de flores, estaba “la abuela Mati”. Su cabello y su piel se encuentran marcados por el paso del tiempo. En su corazón permanece el espíritu de una mujer fuerte que con 106 años sigue regalando a su familia la alegría de vivir.

Mati caminó despacio hacia la sala donde vive con Liberato, su séptimo hijo, y pidió que le llevaran sus lentes para sol; luego, se sentó en un sillón y comenzó a conversar. Matilde Velázquez cumplió 106 años el pasado 24 de marzo. La ahuachapaneca nació en 1912, es madre de nueve hijos y quedó viuda con apenas 40 años, cuando la menor tenía solo nueve meses.

“Para mí fue una madre luchadora, siempre luchó por sus hijos, trabajó por mantener la familia unida, porque ella quedó sola y se esforzó mucho para darnos de comer, a ella le tocó ser papá y mamá”, afirma Liberato.

Para mantener a sus hijos trabajó en oficios varios, pero el que más recuerdan sus vástagos fue cuando se dedicó a la venta de leche; por más de ocho años se levantaba muy temprano y recorría las calles de Ahuachapán, con dos cántaros de ese alimento para llevarla a sus clientes, quienes siempre la esperaban.

Una de las actividades que siempre disfrutó fue ir a los bailes, incluso llegó al centenario con la alegría de moverse; ahora tiene poca energía y ya no lo hace como antes, pero sus seres queridos no pueden olvidar cómo en las reuniones familiares Mati era la primera en pedir música y empezar a bailar.

“Salíamos a los bailes, nos invitaban, a mí siempre me llovían los pretendientes que me sacaban a bailar, yo les decía que no, me les huía”, recordó la  abuela.


Aunque habla poco, aún recuerda cómo salía a rezar todos los días. Siempre fue muy religiosa, asistía a misa y mantenía en su casa las figuras de sus santos.

“Mi mamá me mandó donde una señora que ya se murió, se llamaba Lauriana y con ella aprendí a rezar el rosario; lo aprendí bien ligero, hasta las letanías que son bien largas”, dijo Mati; posterior a eso, repitió las letanías en Latin.

Aunque perdió el oído y tiene un ojo enfermo, ha sido una mujer muy saludable. Sus hijos agradecen a Dios la oportunidad que les ha dado de seguir junto a su madre y se consideran afortunados por tener cerca al ser que les dio la vida.

“Ella es linda, es algo especial, lo mejor que Dios nos ha dado, la vi sufrir desde que se quedó viuda, fue hace más de 50 años”, comentó su hijo Marco Tulio.

Mati ha visto a cinco generaciones y ha recibido el cariño y cuidados de sus familiares. Entre su descendencia se encuentran 46 nietos, más de 150 bisnietos y alrededor de 60 tataranietos.