No creo que tenga caso negar lo evidente. Aunque los lenguajes oficiales se obliguen a esconderlo, lo cierto es que la otrora magnífica relación entre El Salvador y Estados Unidos ha entrado en una etapa progresiva de enfriamiento. Pleitos digitales con congresistas, escarceos discursivos, visitas intempestivas, desaires caprichosos y hasta infantilismos han sido los eventos que desde enero de este año —¡en cuestión de solo tres meses!— han deteriorado a tal punto la amistad con nuestro gran vecino del Norte, que el experto en política internacional, Napoleón Campos, fue bastante explícito al señalar que “estamos en una espiral de pérdida de confianza con EE.UU”.

Opinión

Jueguitos bobos O entendemos por las buenas en qué ligas mayores nos encontramos, o el despertar será duro para quienes crean que la política internacional es un entretenido juego de adolescentes.

Federico Hernández Aguilar / Escritor y colaborador de Diario El Mundo

lunes 12, abril 2021 • 12:00 am

Compartir

No creo que tenga caso negar lo evidente. Aunque los lenguajes oficiales se obliguen a esconderlo, lo cierto es que la otrora magnífica relación entre El Salvador y Estados Unidos ha entrado en una etapa progresiva de enfriamiento. Pleitos digitales con congresistas, escarceos discursivos, visitas intempestivas, desaires caprichosos y hasta infantilismos han sido los eventos que desde enero de este año —¡en cuestión de solo tres meses!— han deteriorado a tal punto la amistad con nuestro gran vecino del Norte, que el experto en política internacional, Napoleón Campos, fue bastante explícito al señalar que “estamos en una espiral de pérdida de confianza con EE.UU”.

Una pérdida de confianza, también debe decirse, que la administración Bukele se ha ganado a pulso. Amén de la actitud servil que en su día nos llevó a aceptar las inhumanas condiciones de Trump para convertirnos en “tercer país seguro” —algo que contrasta con las nuevas disposiciones migratorias de Joe Biden—, el gobierno salvadoreño ha venido abriendo frentes de guerra innecesarios, tanto en los dos partidos que definen la dinámica política norteamericana (el Demócrata y el Republicano) como en las dos cámaras que sancionan los alcances de su política exterior: la de Representantes y el Senado.

Dado que la actual embajadora en Washington no tiene la capacidad para asesorar al Presidente en materia de relaciones con Estados Unidos, varios millones de dólares de nuestros impuestos han sido utilizados inútilmente para tratar de limpiar la imagen de un gobierno que, de manera paradójica, se ahorca a sí mismo cada vez que lanza un tuit insultando a algún político gringo.

Esta “estrategia” de confrontación es perjudicial para nosotros al menos desde tres realidades insoslayables: la económica, la social y la política. Y las tres están íntimamente relacionadas, porque lo que repercute en uno de estos ámbitos contamina por ósmosis a los otros dos. Para decirlo en términos sencillos, un buen pleito con Estados Unidos es —y será siempre— un pésimo negocio para El Salvador.

Repasemos solo cinco aspectos clave en nuestra relación histórica con Norteamérica: la cantidad de compatriotas que viven allá, el envío de remesas, las cíclicas crisis migratorias (que incluye la delincuencia pandilleril en suelo estadounidense), la relación bilateral comercial y la influencia del dólar en los organismos multilaterales. Hasta por razones meramente geográficas es imposible comparar la importancia de este “pentateuco” con los vínculos que deseemos establecer con cualquier otro país del mundo, así sea una potencia como China continental.

Tres millones de salvadoreños que el año pasado enviaron más de cinco mil millones de dólares en remesas a El Salvador, sacando a flote nuestra precaria economía, no viven en China. Tampoco es desde ninguna nación asiática que podrían fletarnos aviones repletos de pandilleros si alguien quisiera complejizar la inseguridad en suelo salvadoreño. ¿Y con miras a qué mercado es posible, hoy por hoy, ampliar acuerdos de libre comercio que beneficien a miles de empresas nacionales? ¿Con el mercado chino?


Finalmente, siendo Estados Unidos el principal contribuyente del Fondo Monetario Internacional, entidad con la que estamos obligados a negociar un plan de rescate económico, ¿alguien puede explicar en qué nos beneficia llegar con los pies hinchados a tocar la puerta del FMI, regodeándonos de haber ninguneado el enviado especial de la administración Biden al Triángulo Norte, Ricardo Zúñiga?

O entendemos por las buenas en qué ligas mayores nos encontramos, o el despertar será duro para quienes crean que la política internacional es un entretenido juego de adolescentes.