La inmoral manipulación del conflicto, de seguridad, del miedo y del odio para alcanzar y afianzar el poder no es nada nuevo, pero ahora Donald Trump lo hace obviamente, pues cuando se carece de estatura y visión de estadista, se recurre a la siniestra Teoría del Shock de Milton Friedman: Sometiendo a la población a constantes presiones, se genera una “crisis real o percibida” que la “ablanda” y la hace aceptar lo que se le impone.

Opinión

Jerusalén y las malsanas tácticas de Trump

Roberto Meza / Colaborador

sábado 30, diciembre 2017 • 12:00 am

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La inmoral manipulación del conflicto, de seguridad, del miedo y del odio para alcanzar y afianzar el poder no es nada nuevo, pero ahora Donald Trump lo hace obviamente, pues cuando se carece de estatura y visión de estadista, se recurre a la siniestra Teoría del Shock de Milton Friedman: Sometiendo a la población a constantes presiones, se genera una “crisis real o percibida” que la “ablanda” y la hace aceptar lo que se le impone.

Por ende, Trump desarticula resistencias y oposiciones dividiendo y polarizando con tácticas de desunión, confrontación, racismo, xenofobia, miedo, inseguridad, odio, etc. Enfrenta a blancos contra negros e hispanos, a cristianos contra musulmanes y judíos, a republicanos contra demócratas, a conservadores contra liberales, a ricos contra pobres; a hombres machistas contra mujeres feministas, a iletrados e ignorantes contra ilustrados y científicos, a residentes contra migrantes, a la opinión pública contra los medios de comunicación.

Un demagogo mentiroso, populista, ignorante y narcisista, se impone oportunamente cuando la sociedad está fragmentada y enemistada. Esa repulsiva estrategia también la aplica en la política exterior.

Como Estados Unidos ya no es la superpotencia de los tiempos de la Guerra Fría, y perdió el liderazgo y prestigio de antaño, Trump y sus anacrónicas huestes de nativistas y unilateralistas buscan prevalecer desuniendo, desorientando y creando caos.

Dio  la espalda a sus dos únicos aliados fronterizos(México y Canadá), abofeteó a sus socios europeos visitando primero Arabia Saudita , debilitó la histórica alianza atlántica argumentando su obsolescencia y falaces cuestiones financieras; dejó estupefacto a Occidente con su gran —y muy sospechosa— simpatía hacia Vladimir Putin. Festejó el Brexit minando la cohesión de la Unión Europea, ofende a los británicos al grado que estos no desean que los visite oficialmente; revive las tensiones con Irán boicoteando el acuerdo nuclear; se confronta peligrosamente con el lunático dictador Kim Jong-un, ignora completamente a América Latina y África, etc.

La última cachetada le tocó a Arabia Saudita y demás “amigos musulmanes”: ordenó que su embajada se traslade a Jerusalén por ser la “capital de Israel”. Las explicaciones del nuevo desatino son que fue una promesa de campaña, y que no han prosperado los esfuerzos (a cargo de su inexperto y bisoño yerno, Ja-red Kushner, que por ser judío no es interlocutor idóneo ante musulmanes) de paz entre judíos y palestinos.


Pero igualmente se trata de otra de sus “bombas de distracción masiva” para quitarle notoriedad al arresto de los primeros acusados por el fiscal especial Robert Mueller y a la admisión de su cesado primer asesor de seguridad nacional, general Michael Flynn, quien mintió al FBI y aceptó colaborar en la investigación del Rusiagate.

Como el inaudito enredo apunta hacia la complicidad o complacencia del presidente, de su familia y de cercanos colaboradores, recurre a un sorpresivo y desconcertante hecho para desviar la atención, aunque se pierdan amigos, posiciones y respeto, se desate mayor inestabilidad y violencia regional y global, más atentados terroristas, conflictos, rencores, odios, etcétera.

Mientras más leña eche al fuego, el autócrata estadounidense tiene mejores posibilidades de permanecer en el trono: a su enfermizo narcisismo poco le importa si con ello desestabiliza la gobernanza global, intensifica la violencia o mueren seres humanos. Su nula visión geoestratégica y sus estrechas metas cortoplacistas no le permiten ver que, a la larga, el gran perdedor será Estados Unidos.