Era un niño cuando el general Maximiliano Hernández Martínez comenzaba su cuarto período de gobierno, mediante un decreto legislativo que extendía su mandato presidencial por otros cuatro años más, con apoyo del ejército y la policía, además de su dominio personal en individuos afines al partido oficial y quien, con toda seguridad, preparaba otro decreto para continuar ejerciendo la presidencia de la República sin elecciones, simplemente por otro acuerdo de los diputados y magistrados oficialistas, en un juego político antidemocrático, sin ninguna participación de partidos opositores y mucho menos de los ciudadanos de ese tiempo (en realidad gobernó durante trece años). Fue entonces que estalló la insurrección cívica/militar en abril de 1944, duramente sofocada por tropas leales del ejército y el cuerpo policial.

Opinión

Inquietud pública

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario @armanditolic

viernes 16, julio 2021 • 12:00 am

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Era un niño cuando el general Maximiliano Hernández Martínez comenzaba su cuarto período de gobierno, mediante un decreto legislativo que extendía su mandato presidencial por otros cuatro años más, con apoyo del ejército y la policía, además de su dominio personal en individuos afines al partido oficial y quien, con toda seguridad, preparaba otro decreto para continuar ejerciendo la presidencia de la República sin elecciones, simplemente por otro acuerdo de los diputados y magistrados oficialistas, en un juego político antidemocrático, sin ninguna participación de partidos opositores y mucho menos de los ciudadanos de ese tiempo (en realidad gobernó durante trece años). Fue entonces que estalló la insurrección cívica/militar en abril de 1944, duramente sofocada por tropas leales del ejército y el cuerpo policial.

De hecho, Martínez se parapetó en el vetusto palacio de la Policía Nacional, aún existente, desde donde dirigió las operaciones bélicas, en especial, contra el cercano Primer Regimiento de Infantería, que se había puesto en rebelión junto a los demás cuarteles capitalinos y la aviación que ya bombardeaba los alrededores de CAPRES   y   cuerpos de seguridad leales al dictador. La sede del Primero de Infantería estaba situada donde ahora funciona un mercado de artesanías conocido como “El Cuartelón”.  Después de sofocar la revuelta, el dictador y un fiel Consejo de Guerra condenó al fusilamiento a muchos oficiales y civiles, hasta que fue depuesto por una total huelga popular de brazos caídos (la primera en el mundo), que paralizó todas las actividades del país, sin ninguna excepción, en mayo de 1944.

Después subió a la presidencia el general Salvador Castaneda Castro, quien intentó reelegirse, pero fue derrocado el 14 de diciembre de 1948, dando paso para que hacia 1950, se instalara la dictadura del “Partido Revolucionario de Unificación Democrática”, conocido como PRUD, siendo electo en forma fraudulenta el coronel Oscar Osorio, quien, a su vez, al cumplir su período, logró que las elecciones amañadas fueran victoriosas para su “favorito”, el coronel José María Lemus, formado en la hoy desaparecida Guardia Nacional y de quien se dijo era hondureño de nacimiento. Y así la historia siempre fue la misma:  no hubo, en realidad, el gane de un partido opositor y aunque se interpusieran recursos de nulidad en los comicios, el fallo siempre fue adverso. El PRUD mantuvo control férreo en diputados, magistrados y el llamado Consejo Central de Elecciones, que fungía como el máximo tribunal electoral en el país.

Después surgieron los gobiernos auspiciados por el Partido de Conciliación Nacional o PCN, que de conciliador nacional solo tuvo el nombre, lo cual posibilitó que el carrusel del fraude oficial y burla de las aspiraciones populares, siguiera invariable hasta nuestros días, cuando ya ha corrido bastante agua por debajo de los puentes.

Dadas las premisas expuestas, podemos advertir que la dictadura es una forma autoritaria de gobierno, cuya característica esencial es el surgimiento de un líder que puede tener una personalidad mesiánica (creerse redentor del pueblo) o paranoica (imagina estar amenazado para realizar represiones), usualmente acompañado por un grupo de seguidores obedientes a sus órdenes, los cuales mantienen “a capa y espada” su intolerancia hacia el pluralismo político. Un dictador piensa, habla y escribe, como si fuera el único que puede salvar la nación del daño socioeconómico, que los demás políticos o partidos opositores “causaron durante sus mandatos”.

El dictador se auto alaba por su manera de hacer política demagógica, mediante decretos y actividades de ayuda populista cuyos gastos asume el erario nacional y, en determinadas ocasiones, obstaculiza el accionar de los partidos opositores hasta la osadía de coartar la libertad de prensa y expresión, con abierta persecución de los opositores, además de una excesiva propaganda a su favor y el apoyo de tropas militares y policiales, siendo su principal aspecto el cooptar los demás órganos del Estado, para no tener oposición legislativa ni judicial. Dejo a la consideración de mis amables lectores deducir si en nuestro país, o en otros del área, han advertido si dichos indicios se han vuelto realidad, y que, claramente son expuestos en varias obras de politólogos extranjeros, de amplia experiencia y reconocimiento.  Espero respuestas a esta inquietud pública.