Hoy en día muchísimas personas jóvenes se autonominan o quieren que se les considere “influencer”, que por definición es alguien que destaca en una red social u otros canales de comunicación y expresa sus opiniones sobre uno o diversos temas, muchas veces sin tan siquiera tener un marco de referencia, cultura o los conocimientos sobre los tópicos que pretende convencer que conoce o maneja.

Opinión

Influencer, falso influencer y nuestros hijos

Henry Mejía León / Comunicador, cantante @leoelduayen

viernes 20, agosto 2021 • 12:00 am

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Hoy en día muchísimas personas jóvenes se autonominan o quieren que se les considere “influencer”, que por definición es alguien que destaca en una red social u otros canales de comunicación y expresa sus opiniones sobre uno o diversos temas, muchas veces sin tan siquiera tener un marco de referencia, cultura o los conocimientos sobre los tópicos que pretende convencer que conoce o maneja.

Hay infinidad de influencers, los hay desde los que recomiendan sobre temas de moda, otros que critican la realidad actual o realizan acciones cómicas o polémicas con el único afán de entretener y generar vistas,  ya que sus cuentas están “monetizadas”, es decir, a cierta cantidad de “me gusta”  y de reproducciones ellos obtienen dinero, mucho o poco, pero es el sueño de cualquier influencer, tener millones de seguidores, gozar de la aceptación y la simpatía general, porque ello se traduce a regalías financieras.  Un influencer puede tratar de convencer a una marca o negocio de que si utilizan su imagen, este será capaz de cambiar las ideas y los pensamientos de, por ejemplo, la población joven,  y volcarla a que consuma o prefiera  un servicio, un alimento, una marca de ropa o un producto cosmético, entre otros.

Algunos caerán ante sus figuras y argumentos y depende exclusivamente de quienes creen en ellos que su negocio o emprendimiento se beneficie o por el contrario siga sin ser conocida más que por unas cuantas personas. No todo es color de rosa en el mundo de los influencers, ya que al convertirse en figuras públicas conocidas (aunque algunas ya lo son por haber sido o ser presentadores de TV o, locutores  en redes o en otros canales de comunicación, como blogs o intervenciones en programas de radio o televisión), no escapan al escrutinio popular y están a merced de ser el blanco de ataques, críticas, burlas y señalamientos de todo tipo. Y se lo tienen que aguantar, porque como pueden ser amados, también pueden ser odiados y hasta discriminados.

Pero, ¿por qué muchísimas personas quieren ser “populares”? Hay varios factores, como  la fantasía del poder económico o el sueño de vivir sin matarse trabajando  sin complicarse la vida con estudios académicos. Y así, los privilegios que podría generarle su poca o mucha popularidad dependen mucho de cómo se automaneje o qué tan buen contenido puede generar. Pero todo esto es relativo, porque no necesariamente un contenido interesante, educativo y motivador puede conducir a alguien al éxito. La popularidad muchas veces es producida por conductas tontas, ridículas y superficiales, donde el morbo y el exhibicionismo hacen que dicho influencer ande boca en boca circulando por las redes, lo cual desde ya está ya condenado al olvido.

Son pocos los jóvenes en El Salvador que realmente tienen el poder de cambiar acciones en determinado circulo de la población, y a esos hay que valorarlos y seguirlos, porque algo se puede aprender de ellos. Pero no espere aprender algo de una joven o un joven influencer cuyo único talento es bailar en poca ropa cualquier canción reguetonera y no cometa el error de convertirla en uno de sus favoritos por si tenía la brillante idea de que sus hijas pequeñitas aprendieran sus pasos de baile. No tiene nada de malo que sus hijos quieran ser influencers, pero para eso estamos los papás, para ser sus observadores y sin duda, si vemos que quiere ser influencer para mostrar las nalgas a sus seguidores o realizar retos absurdos como meterse a la boca un puñado de canela en polvo, si es posible agarre un cinturón y dele un par de cinchazos en las mismas nalgas (real o en sentido figurado, si así lo quiere interpretar).

No podemos alcahuetear la alienación (conductas estereotipadas), la irracionalidad, la inmoralidad, acciones antivalores irrespetuosas y más. Ojalá nuestros influencers fueran más jóvenes investigadores, chicos de ciencia, emprendedores, intelectuales, descubridores, deportistas, músicos, poetas, escultores, diseñadores;  claro que los hay, pero también abundan los que quieren comer gratis, los que quieren ropa gratis, cosméticos, zapatos, viajes, estancias en hoteles o postres y comidas gratis a cambio de dinero y de “ser la imagen de...”


Si usted tiene un negocio que le cuesta sostenerlo se le acerca uno de estos falsos influencers, no dude en mostrarle la puerta por donde salir, mejor que desista a ser popular a que nos inunde las redes con acciones nada inteligentes que sí podrían mal influenciar a mentes frescas, infantiles o jóvenes. Tenemos que cuidar a nuestros hijos. Si bien es cierto que usted es libre de escoger qué contenido consumir debemos apelar a la razón y a la  sensatez,  descartar el bagazo y quedarnos con lo nutritivo, lo que nos puede dejar una enseñanza, algo positivo, porque lo bueno se queda y lo malo con el tiempo se  olvida.