El ocultar información, censurar profesionales y especialistas y pretender imponer silencio a los familiares de personas desaparecidas no cambia el hecho de que El Salvador puede ser una inmensa fosa común. Es cierto que una investigación a profundidad para encontrar a salvadoreñas y salvadoreños que son buscados con persistente ansiedad por sus familiares podría ser clave para explicar el sostenible descenso de homicidios registrados oficialmente desde el año 2016, pero ello no será nunca más importante que el encontrarles y brindar al menos un poco de paz a sus madres, padres, esposas, esposos, hermanos, hermanas, hijos, hijas y amigos.

Opinión

Hasta encontrarlos

Celia Medrano / Periodista, defensora de Derechos Humanos @celiamedrano15

martes 1, junio 2021 • 12:00 am

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El ocultar información, censurar profesionales y especialistas y pretender imponer silencio a los familiares de personas desaparecidas no cambia el hecho de que El Salvador puede ser una inmensa fosa común. Es cierto que una investigación a profundidad para encontrar a salvadoreñas y salvadoreños que son buscados con persistente ansiedad por sus familiares podría ser clave para explicar el sostenible descenso de homicidios registrados oficialmente desde el año 2016, pero ello no será nunca más importante que el encontrarles y brindar al menos un poco de paz a sus madres, padres, esposas, esposos, hermanos, hermanas, hijos, hijas y amigos.

No debemos admitir ninguna manifestación de la más profunda miseria humana que evidencia el hecho de que alguien que ostenta poder priorice intereses propios a costa de la incertidumbre y dolor indefinido de familiares de quienes no están y cuyas familias ni siquiera saben si aún viven. El delito de desaparición y el crimen internacional de la desaparición forzada son de las más graves violaciones a derechos humanos conocidas por la humanidad, puesto que el sufrimiento que imponen marca de por vida.

Ni siquiera sabemos realmente cuántos son. La última cifra oficial con la que nos quedaremos es la brindada por el ex Ministro de Justicia y Seguridad, Rogelio Rivas, quien hablo de 417 reportes de personas desaparecidas de enero hasta marzo del presente año. El miedo a represalias y desconfianza a las instituciones son las razones principales por las que las personas no denuncian los hechos, por lo que hay una cifra negra que impide conocer la real dimensión del fenómeno. La tendencia estatal de invisibilizar los casos, minimizar su gravedad y bloquear el acceso a información oficial, únicamente empeora la situación y nos aleja de encontrar una salida enfocada en las víctimas y sus familiares.

Escuchar a funcionarios prácticamente prohibir a las víctimas que dejen de publicar las fotografías de los seres queridos que buscan porque ello afecta negativamente la imagen gubernamental, será al parecer el pan de cada día. Las autoridades hablan de querer entender la complejidad del problema. Lo primero que deben aprender es la importancia de la empatía y solidaridad, reconocer las consecuencias y daños que causa la ambigüedad entre la presencia y la ausencia sostenida de un ser querido. Deben entender también que los perpetradores del delito de desaparición y práctica de la desaparición forzada es tal una de las prácticas represivas más atroces de las que se han valido regímenes y criminalidad organizada para imponer su control y su poder. Es una forma de violencia capaz de producir terror, de causar sufrimiento prolongado, de alterar la vida de familias por generaciones y de paralizar a comunidades y sociedades enteras.

Quienes no manifiesten compromiso contra esta práctica tienen responsabilidad en que se mantenga vigente la impunidad en la que se cobija y complicidad con sus responsables. No sería nada extraño que, en lugar de investigaciones de calidad técnica para buscar a las personas desparecidas, más bien se monte un nuevo escenario con luces y fuegos artificiales en que se anuncien supuestos resultados que deban agradecerse a un expolicía imputado por al menos 10 de estos delitos que ahora goza de los beneficios de testigo criteriado. No resulta nada extraño tampoco que grupos que han alcanzado altas concentraciones de poder basados en el impulso de una compleja maquinaria del engaño, tenga como prioridad ocultar la verdad en detrimento de los derechos de los que sufren por crímenes como éstos.

Imponer silencio solo agrava más lo que sucede y únicamente pospone una crisis que cada vez se acumula y escala. Las víctimas de la impunidad del ahora, como lo han hecho por años las víctimas de la impunidad del ayer, deben seguir su lucha al tenor de un “HASTA ENCONTRARLOS”. Son las víctimas, su organización y movilización, las que llevan la verdad en su testimonio y lucha. Son las víctimas y sus familias las que desnudan cualquier mentira y han evidenciado, evidencian y evidenciarán a gobernantes que, en lugar de ponerse a su lado, prefieran perpetuar una vieja alianza con la impunidad.