El lunes 4 de noviembre de 1811, quien por entonces estaba a la cabeza del gobierno delegado de España en la provincia de El Salvador, el intendente Antonio Gutiérrez y Ulloa, se vio repentinamente acosado en sus propias oficinas por un grupo de ciudadanos que le exigían abandonar el poder. Las motivaciones de aquellos exaltados tenían peso: noticias desde Guatemala afirmaban que el valiente y muy querido sacerdote, don Manuel Aguilar, había sido capturado por la autoridades, y que además se había exigido la comparecencia de su hermano mayor, don Nicolás, apreciado cura de San Salvador, para pedirle explicaciones por conspirar contra el régimen español.

Opinión

Grito valiente de 200 años Más de 200 años han pasado desde aquella valerosa prédica; su vigencia, sin embargo, es extraordinaria...

Federico Hernández Aguilar / Escritor y colaborador de Diario El Mundo

lunes 17, mayo 2021 • 12:00 am

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El lunes 4 de noviembre de 1811, quien por entonces estaba a la cabeza del gobierno delegado de España en la provincia de El Salvador, el intendente Antonio Gutiérrez y Ulloa, se vio repentinamente acosado en sus propias oficinas por un grupo de ciudadanos que le exigían abandonar el poder. Las motivaciones de aquellos exaltados tenían peso: noticias desde Guatemala afirmaban que el valiente y muy querido sacerdote, don Manuel Aguilar, había sido capturado por la autoridades, y que además se había exigido la comparecencia de su hermano mayor, don Nicolás, apreciado cura de San Salvador, para pedirle explicaciones por conspirar contra el régimen español.

El otro de los hermanos Aguilar, Vicente, a cargo de la parroquia de San Pedro Perulapán, se había visto obligado a salir del pueblo escoltado por algunos líderes de la comunidad. Tan grave peligro corría su vida, que uno de sus protectores, al interponerse para protegerlo de las agresiones, había sufrido un corte de machete en la nariz.

Los tres Aguilar eran curas comprometidos como pocos con la libertad y la dignidad de las personas que tenían bajo su custodia pastoral. La gente no solo reconocía sus dones espirituales sino su coraje para hablar claro, casi siempre desde el púlpito, a favor de quienes eran víctimas de los abusos de funcionarios coloniales.

Aunque no falten investigadores que hayan querido minimizar —en su calidad de líderes morales de la revuelta— el protagonismo de los padres Aguilar en los hechos de noviembre de 1811, no cabe duda que la noticia del arresto de Manuel y las intimidaciones contra Nicolás y Vicente tuvieron un efecto enorme en los ánimos ya enardecidos en los pobladores de San Salvador. Lo del día 4 fue apenas el comienzo de un movimiento popular que ya no podría ser controlado por la estructura política y militar ibérica.

La asonada del martes 5 de noviembre de 1811, hoy conocida como “Primer Grito de Independencia”, marcaría de hecho el punto de no retorno de la lucha patriótica por la emancipación centroamericana. Gutiérrez y Ulloa terminaría depuesto, el próximo gran levantamiento (en 1814) aumentaría la beligerancia y San Salvador, al decir de Gilberto Aguilar Avilés, “sería considerada por las autoridades monárquicas una ciudad efervescente, proclive a la subversión”.

Don Manuel Aguilar, claro está, sería por fin liberado y recibido con gran regocijo entre sus compatriotas. El 5 de marzo de 1813, apenas un día después de su vuelta a la capital, desde el púlpito de la iglesia parroquial pronunciaría un sermón que ha sido considerado, con justicia, un texto pionero en la defensa de los derechos humanos en la América Central.


“¿Cómo se quiere exigir moralidad al pueblo”, se lamentó don Manuel, “si los llamados a cumplir la ley son los primeros en atropellarla? Se ha jurado solemnemente la Constitución que las Cortes (de Cádiz) decretaron, y ésta no se cumple… Sé muy bien, por dolorosa experiencia, que colocada la autoridad en el camino de las arbitrariedades, no encuentra nada que sea digno de respeto. No se me oculta que mis palabras lastimarán el orgullo de los nuevos Herodes. Pero si por decir la verdad se me persigue, estoy pronto a marchar al sacrificio”.

Más de 200 años han pasado desde aquella valerosa prédica; su vigencia, sin embargo, es extraordinaria. Tal vez sea justo que hoy resuene en algún lugar de nuestras conciencias.