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Esto es lo que queda del "Teleférico San Jacinto"

Gabriela Melara / Fotos: Wilson Urbina

jueves 21, febrero 2019 • 4:01 pm

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Diario El Mundo llegó hasta el lugar donde hace más de cuatro décadas operaba el centro de diversiones Teleférico San Jacinto. Lugar donde familias salvadoreñas aprovechaban para olvidarse de la rutina y disfrutar de una espectacular vista de los municipios cercano a San Salvador. Del llamado "Reino del pájaro y la nube" muy poco queda, también de aquellas enormes torres que sostenían las góndolas que llevaban a familias enteras hasta la cima del cerro.

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El Teleférico San Jacinto fue escenario incluso de la admiración de turistas extranjeros y de noticieros internacionales que lo convirtieron en la pequeña Disneylandia salvadoreña, que aún en medio de la guerra civil salvadoreña, ofrecía un espacio para respirar paz.

De la colorida entrada, no queda nada. Solamente hay escombros de lo que alguna vez estuvo lleno maquinaria y de las famosas góndolas, que muchos temían, pero necesarias para llegar al punto donde estallaba la diversión.


Luego de este camino entre cables, se llegaba a un lugar de siete manzanas, donde había atracciones mecánicas como carros chocones, el pulpo, un tren que transportaba a los visitantes por todo el parque, las tazas giratorias y los kioskos de comida.

"El reino del pájaro y la nube" se materializó a partir del poema Alfredo Espino: Ascención*, una descripción mágica y fantástica que podría estar disponible al público, si se concreta un proyecto municipal del alcalde de Soyapango, Juan Pablo Álvarez.

El exteleférico cerró dos veces, la primera en 1989 y la segunda y definitiva en 2001, luego de los terremotos registrados en El Salvador.

Muchos de los materiales, en su mayoría ripio y hierro fueron vendidos.

Poema Ascención

¡Dos alas!… ¿Quién tuviera dos alas para el vuelo?
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido.
Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,
que si no fuera un mar, ¡Bien sería otro cielo!…

Cumbres, divinas cumbres, excelsos miradores…
¡Que pequeños los hombres! No llegan los rumores
de allá abajo, del cieno; ni el grito horripilante
con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante
de las malas pasiones… Lo rastrero no sube:
ésta cumbre es el reino del pájaro y la nube…

Aquí he visto una cosa muy dulce y extraña,
como es la de haber visto llorando una montaña…
el agua brota lenta, y en su remanso brilla la luz;
un ternerito viene, y luego se arrodilla
al borde del estanque, y al doblar la testuz,
por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz…

Y luego se oye un ruido por lomas y floresta,
como si una tormenta rodara por la cuesta:
animales que vienen con una fiebre extraña
a beberse las lágrimas que llora la montaña.

Va llegando la noche. Ya no se mira el mar.
Y que asco y que tristeza comenzar a bajar…

(¡Quién tuviera dos alas, dos alas para un vuelo!
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido,
con el loco deseo de haberlas extendido
¡Sobre aquél mar dormido que parecía un cielo!)

Un río entre verdores se pierde a mis espaldas,
como un hilo de plata que enhebrara esmeraldas…