¿Necesita El Salvador el doble de sus elementos militares para “proteger a la patria de enemigos internos y externos”? El presidente de la República piensa que sí. Lo dijo usando justo esas palabras en mayo pasado, a pocos días de que su bancada legislativa removiera ilegalmente a los titulares de la Sala de lo Constitucional y de la Fiscalía.

Opinión

Enemigos arbitrarios, amigos insólitos ¿Más militares? No. Lo que nos urge es una oleada de sensatez que contrarreste tanta falacia e irresponsabilidad.

Federico Hernández Aguilar / Escritor

lunes 30, agosto 2021 • 12:00 am

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¿Necesita El Salvador el doble de sus elementos militares para “proteger a la patria de enemigos internos y externos”? El presidente de la República piensa que sí. Lo dijo usando justo esas palabras en mayo pasado, a pocos días de que su bancada legislativa removiera ilegalmente a los titulares de la Sala de lo Constitucional y de la Fiscalía.

Lo que todavía no sabemos, cuando se refiere a “enemigos”, es de quiénes habla nuestro gobernante. Porque si creemos que se trata de delincuentes, en el sentido tradicional del término, tal vez debamos revisar nuestro léxico y confrontarlo con las noticias que han escandalizado a propios y extraños en estas últimas semanas.

¿Hemos de incluir a los líderes de pandillas entre esos “enemigos internos” que identifica Bukele? Cualquiera podría pensar que sí. Lo curioso es que, contra toda lógica, dos mareros reclamados por la justicia estadounidense han sido dispensados de la extradición al gran vecino del Norte, siendo directamente responsables de esa decisión los magistrados que deben sus actuales cargos al propio presidente. ¿En qué sentido, entonces, los culpables de cometer fechorías se convierten en “enemigos”? Nadie lo sabe.

Pero mientras los magistrados impuestos retrasan inexplicablemente las extradiciones, una nueva revelación periodística pone en serio cuestionamiento el éxito del Plan “Control Territorial” —un plan que nadie en el gobierno ha presentado nunca— y más bien arroja luz sobre procedimientos inconfesables utilizados por las actuales autoridades para disminuir los homicidios a nivel nacional. Reuniendo documentos, audios, videos y hasta bitácoras carcelarias, “El Faro” ha puesto en el debate público la posibilidad de que uno de los mayores logros de la administración Bukele sea en realidad producto del tipo de acuerdos espurios que el propio mandatario ha criticado siempre, maldiciendo a quienes en el pasado “han negociado con la sangre del pueblo”.

Ya sería grave que estos diálogos se dieran a espaldas de los votantes, pero mucho peor es que como resultado de ello tuviéramos estructuras criminales enquistadas en las máximas instancias de poder. La investigación periodística no solo alude a las formas de operar de pandillas y funcionarios, sino a la incorporación de miembros de maras que hoy estarían ocupando puestos incluso en la Asamblea Legislativa, en calidad de diputados suplentes de Nuevas Ideas. ¡Increíble!

Pero si los “enemigos internos” han dejado de ser aquellos que el sentido común señalaría, ¿hemos de confiar en el criterio de Nayib Bukele para decirnos quiénes son los “verdaderos amigos del pueblo”? Porque el presidente ha hablado de una batalla contra “el aparato ideológico del Estado” (sic), pero cuando ha tenido que poner nombres a ese supuesto “enemigo”, lo que ha salido de su boca o de sus tuits son acusaciones contra partidos, organizaciones no gubernamentales o simples ciudadanos que no se pliegan a sus designios.


Por eso tenemos diputados oficialistas que se tragan entero el discurso de un expresidente encarcelado por corrupción, mientras delante de cámaras arremeten contra personas de trayectoria profesional intachable. Por eso hoy en El Salvador es más fácil que un periodista reciba el golpe de un energúmeno uniformado —sin que sus superiores hagan nada al respecto— que nuestra Corte Suprema de Justicia cumpla con su labor de extraditar a líderes pandilleros requeridos por Estados Unidos.

¿Más militares? No. Lo que nos urge es una oleada de sensatez que contrarreste tanta falacia e irresponsabilidad.