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El último golpe militar de nuestra historia: el 15 de octubre de 1979

Redacción DEM

viernes 15, octubre 2021 • 7:43 am

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El 15 de octubre de 1979, a las puertas de la sangrienta guerra civil que vivió El Salvador, ocurrió un golpe de Estado que depuso al último gobernante militar de nuestra historia. Fue la última asonada militar en nuestros 200 años de historia independiente que derrocó al gobierno del general Carlos Humberto Romero, quien había llegado al poder en 1977 tras denuncias de fraude electoral.

Las primeras acciones del levantamiento militar ocurrieron la mañana del 15 de octubre de 1979,  comenzando por garantizar el control de la Primera Brigada de Infantería –más conocido como el “Cuartel San Carlos”; así, inició una insurrección que en nombre de la democracia y los derechos humanos había sido organizada por jóvenes militares y que luego derivaría en una serie de juntas de Gobierno que causaron mayor inestabilidad al país, con el asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero y la intensificación del conflicto armado.

La acción militar tuvo éxito desde el inicio, a la toma del cuartel San Carlos se sumó la Segunda Brigada de Infantería en Santa Ana, la Brigada de Artillería y la Escuela Militar, donde su director, el coronel Adolfo Majano, ya se perfilaba como el representante del sector más progresista de la juventud militar, en contraposición al coronel Jaime Abdul Gutiérrez, jefe de la Maestranza Militar y vinculado a oficiales de línea dura.

Asegurado el control de los cuarteles en las primeras horas de ese día, los líderes civiles y militares del movimiento enfrentaron la delicada tarea de dar a conocer la Proclama que justificaba sus acciones, a la vez que convocaban a la formación de un nuevo gobierno de unidad nacional, que gozara de legitimidad entre los más variados sectores comprometidos con la democracia y la paz en el país.

 “La proclama fue el proyecto de mi vida”, relató hace dos años a Diario El Mundo el ingeniero Rodrigo Guerra, que, junto con su hermano René y muchos de los camaradas militares de este último, comenzaron a vislumbrar lo que debía ser un nuevo país, mientras iniciaban su vida profesional a comienzos de los años 70.


El documento sirvió de inspiración al movimiento de la juventud militar. En poco más de cinco páginas incluye la justificación para el golpe de Estado, la enumeración de lo que percibían como las principales causas del desastre nacional, en la que –aseguraban– había caído el país, y la lista de acciones inmediatas que habrían de tomarse por parte de un nuevo gobierno de inspiración democrática y verdadera representación popular.

La decisión de proceder a un nuevo golpe de Estado no había sido fácil. La tarea de convencimiento entre las filas de los oficiales militares había abarcado a buena parte de los tenientes y capitanes que constituían los mandos operativos de la institución armada, pero también se había buscado y obtenido el apoyo de las universidades, sindicatos e iglesias, así como empresarios y terratenientes con sensibilidad social, y políticos opositores al régimen, víctimas de los sucesivos fraudes electorales en los que se cimentaba dicho régimen.

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La portada de Diario El Mundo del 15 de octubre de 1979.

 

Con una cohesión bastante amplia y una proclama que gozaba de la aprobación de los sectores involucrados, cuyos representantes apenas hicieron observaciones al proyecto elaborado por Guerra y Guerra,

Mi primera misión consistía en ir a las seis de la mañana a casa de Román Mayorga para mostrarle el único borrador que existe de la Proclama, junto con otras dos propuestas: una preparada por Mariano Castro Morán y Ulises Flores, y otra por Francisco Roberto Lima. Román analizó los tres documentos y escogió el que yo había preparado, pidiendo solamente que no se incluyera la disolución del PCN”. Rodrigo Guerra en su libro  “Un golpe al amanecer” (Índole Editores, 2009).

Posteriormente, otros abogados militares sugirieron la eliminación de las referencias sobre la “distribución equitativa de la riqueza” y la mención de que la Fuerza Armada “ha violado los derechos humanos del conglomerado”. Ambas citas, sin embargo, se mantuvieron en el texto que fue leído a medianoche en cadena nacional de radio y televisión.

Escribe en su libro Guerra: “Al día siguiente, el ERP organizó levantamientos armados en varias ciudades del área metropolitana como Mejicanos y San Marcos. Estos fueron derrotados por el Ejército, pero comenzaron a crear dudas entre los jóvenes militares en cuanto a la actitud de la extrema izquierda con relación al derrocamiento de un régimen que la había reprimido con gran violencia. Ese día por la mañana, monseñor Romero había hecho un llamamiento público pidiendo el cese de las hostilidades y el apoyo a la Proclama, pero no fue escuchado…”.

El movimiento de la juventud militar fue exitoso, deponiendo al último gobierno del PCN, sustituyéndolo por una primera Junta Revolucionaria de Gobierno, de la que formaron parte los coroneles arriba mencionados, pero también Mario Andino, representando a la empresa privada; Román Mayorga Rivas, antiguo rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (Uca); y el abogado Guillermo Manuel Ungo, en representación del Foro Popular, que aglutinaba a organizaciones sociales identificadas con el proceso de reforma agraria, los derechos humanos y la democratización del país.

Al final, se impondrían la jerarquía militar y la tradición; y las reformas propuestas en la Proclama de la juventud militar fueron limitadas en su alcance por el mismo clima de violencia en el que se pretendían implementar y por sectores opuestos a su contenido.  A las puertas de una guerra civil, que otorgó protagonismo a las más extremas visiones políticas de entonces, éstas se impusieron, postergando las reformas y apostando a una victoria militar que nunca llegó.