El mandatario salvadoreño tuvo su primera cita de trabajo con su inseparable péndulo del bien y del mal, que lo ayudaba no solo a decidir si los alimentos que iba a ingerir le eran propicios o no –por exceso de veneno, quizá-, sino que también contribuía para que su espíritu supiera los designios que le deparaban las fuerzas del Universo. Su teosofía y orientalismo guiaban esas decisiones trascendentales.

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El Salvador: guerra y paz con Alemania (I) Como era su costumbre, aquella mañana del lunes 8 de diciembre de 1941, el presidente de El Salvador, brigadier Maximiliano Hernández Martínez, se levantó temprano. Un pensamiento se había posesionado de su mente desde el día anterior y debía tomar una decisión trascendental al respecto.

Carlos Cañas Dinarte / Twitter: @ccdinarte2010

viernes 30, julio 2021 • 4:00 am

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El mandatario salvadoreño tuvo su primera cita de trabajo con su inseparable péndulo del bien y del mal, que lo ayudaba no solo a decidir si los alimentos que iba a ingerir le eran propicios o no –por exceso de veneno, quizá-, sino que también contribuía para que su espíritu supiera los designios que le deparaban las fuerzas del Universo. Su teosofía y orientalismo guiaban esas decisiones trascendentales.

Cuando el péndulo terminó de oscilar entre sus manos, la situación estaba ya clara en la mente del gobernante. Veinticuatro horas antes, la aviación japonesa había atacado la base hawaiana de Pearl Harbor y había obligado a los Estados Unidos a entrar de lleno en la Segunda Guerra Mundial.

Hasta ese día, la mayor parte del régimen y pueblo salvadoreños eran simpatizantes de las potencias del poderoso Eje Berlín-Roma-Tokio. Admiraban la enorme capacidad tecnológica militar de los alemanes –manifiestas en los automóviles Volkswagen (“vagón del pueblo”), las pistolas automáticas Luger y los bigotes “estilo mosca”, copiados del propio teniente Hitler-, la fastuosidad milenaria de la corte imperial japonesa, la oratoria del caudillo nacionalsocialista y la presencia pública y mediática del fascista Mussolini.

En cuanto a Alemania e Italia, muchos asesores militares y financieros del régimen martinista procedían de ambos países. Il Duce Mussolini hasta había llegado a designar a El Salvador como la base de distribución latinoamericana de aviones Caproni, a cambio de envíos periódicos de café. El encargado de esta operación sería el mayor salvadoreño Julio Sosa, a quien Hernández Martínez se encargaría de enviar al paredón de fusilamiento tras la frustrada intentona golpista del 2 de abril de 1944.

Tampoco la ideología antisemita de los nazis era desconocida en El Salvador. No solo se leían las mediocres y reducidas ediciones suramericanas y españolas de Mein Kampf (Mi lucha, libro de más de 720 páginas), el libro contra los judíos redactado por el fogoso Hitler mientras estuvo en prisión. Las ediciones traducidas que llegaron a El Salvador jamás sobrepasaron las 250 páginas, pero fueron suficientes para desatar pasiones contra la “influencia nefasta del judío internacional” y levantar dedos acusadores en su contra por el estado precario de la economía mundial desde el quiebre de Wall Street de 1929.

En concordancia con esas ideas antisemitas, en diciembre de 1938 algunos periódicos del país alertaban a la población acerca de que entre cuatro mil y cincuenta mil judíos pretendían viajar a Centro América, para establecerse con millones de dólares en Honduras. Por si esto no fuera suficiente, algunos periodistas daban el grito al cielo por el problema judío que se había desatado ya en Costa Rica. Como resultado, en agosto de 1939 se le impidió desembarcar en La Libertad a un grupo de diecisiete israelitas y en enero de 1940 solo se les extendía permisos temporales de tránsito por el territorio nacional.

Nada de eso resultaba extraño, sino muy acorde con la política migratoria de un pequeño país que había sido capaz de escribir, en un acápite de su Ley de Extranjería (1933), que había restricciones para el ingreso de chinos, negros, árabes y personas de otras nacionalidades, algunas consideradas perniciosas, en momentos en los cuales las propias mujeres salvadoreñas carecían de nacionalidad y de derechos ciudadanos.

Para cuando las primeras bombas y metrallas de la Lutwaffe hicieron blanco en las fábricas portuarias de Polonia, en aquella madrugada funesta del primer día de septiembre de 1939, El Salvador ya había empezado a avizorar la inminencia de un nuevo conflicto bélico mundial.

A fines de agosto de 1939, Hitler ordenó la reconcentración inmediata de todas las naves civiles y militares de bandera alemana. Un barco de pasajeros que se encontraba atracado en el puerto de La Libertad abandonó allí a su carga humana: más de 40 personas tuvieron que ser alojadas, protegidas y repatriadas por el régimen martinista.

Algo grande se avecinaba en el mundo y, después de ello, el planeta jamás volvería a ser el de antes. Mientras tanto, el “brujo de las aguash ashules” (como le decían muchos a Hernández Martínez, para burlarse de su abuso del siseo al hablar) se apuntaba un tanto más a favor de su política expectante cuando, el 25 de junio de 1940, emitía el acuerdo ejecutivo que prohibía la permanencia en puertos y aguas territoriales de El Salvador de cualquier nave o tripulación de las  naciones beligerantes.

La nueva gran guerra de alcance global estaba en marcha y las páginas de los principales periódicos salvadoreños le daban amplia cobertura, a falta muchas veces de datos locales, sometidos a la severa censura policial de los esbirros martinistas.

De vez en cuando, alguna nota relacionaba al país con los sucesos mundiales, como cuando se alertaba a los residentes en la zona costera acerca de la posible presencia de submarinos alemanes “U”, manifiestos luego en el hundimiento de varios barcos mercantes en Puerto Limón (Costa Rica), mar Caribe y océano Atlántico, hechos en los que perdería la vida una decena de marinos mercantes de origen salvadoreño.

Pocos meses más tarde, en noviembre de 1940, Richard von Heynitz, encargado de negocios de Alemania en el país, fue encontrado muerto por su propia mano en su despacho. El crimen, cometido en un país con una alta tasa de población de origen germánico e italiano, nunca fue aclarado. ¿Se suicidó en rechazo a las decisiones nazis? ¿Fue llamado a filas y decidió no acudir?

Para ese momento, la nación nazi, con su aviación, sus divisiones Panzer (artillería motorizada), su marina y su infantería habían doblegado militarmente a muchos pueblos europeos y africanos, por lo que ya amenazaban la seguridad de expectantes naciones como Gran Bretaña y Estados Unidos.

Entre sus garras de águila vencedora, los miembros de la Gestapo (policía judicial alemana) también habían tenido ocasión de detener e interrogar a algunos salvadoreños, como fue el caso de los hermanos Salvador y Paulino Cañas, intérpretes de la marimba “Azul y Blanco”, que se encontraban de gira europea. A otros, como a los hermanos Michel Martínez, Armando Torres, los hermanos Aguilar Trigueros, José Rodríguez, Rafael, Odette y Rubén Calderón h., Andrés Cañas y al resto de marimbistas de la Atlacatl los habían remitido a campos de concentración para originarios de países no beligerantes.

La guerra comenzaba a tener entonces un matiz de horror más cercano. Y fue entonces cuando se comenzó a escuchar en varios puntos de América Latina acerca de la “humanización del conflicto”. Mientras esto no llegara, las legaciones o representaciones diplomáticas centroamericanas y el Comité Internacional de la Cruz Roja abogaban por los prisioneros de guerra y procuraban su liberación y repatriación, vía Lisboa y Nueva York.

De Varsovia a París, de Dunkerque a Moscú, de Normandía a Tokio, las noticias y fotografías de todos esos sucesos bélicos estremecían a la población salvadoreña y hacían ver que, pese a todo, la guerra tenía entonces un lado ganador. Al menos, así aparecía en las lecturas personales del péndulo martinista.

Pero el 7 de diciembre de 1941 todo cambió con el ataque japonés a la base de Pearl Harbor. El péndulo osciló de forma violenta. A las 12: 55 de la tarde siguiente, el general Hernández Martínez dio su discurso ante la Asamblea Nacional Legislativa y la instó a que le declararan el Estado de Guerra al imperio japonés, lo cual quedó consignado en el decreto legislativo número 90. Esto lo solicitó en concordancia con los designios de la Carta del Atlántico y la Declaración de las Naciones Aliadas, encabezadas por el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill, documentos de intenciones globales emitidos el 14 de agosto de 1941y el 1 de enero de 1942.

La guerra ya no era un asunto del Eje contra el Reino Unido y los Estados Unidos. Ahora era una verdadera contienda mundial. Por ello, la población de San Salvador salió a marchar a las calles el día 10, en solidaridad con el pueblo estadounidense. Roosevelt comenzaba a ser mostrado y visto como un héroe de la Libertad global, cuyo nombre quedaría perpetuado en una calzada principal de la capital salvadoreña.

Quizá sin adivinar los alcances de su adhesión a los principios libertarios de la Carta del Atlántico, Hernández Martínez aceptaba el principio de que “todos los pueblos han de tener el derecho de elegir al régimen de gobierno bajo el cual han de vivir; y que se restituyan los derechos soberanos y la independencia a los pueblos que han sido despojados de ellos por la fuerza.”

Ante dichos principios, las personas y grupos que constituían la oposición antimartinista, acallados a fuerza de sangre, fuego y exilio, vieron llegar hasta ellos una bocanada de aire nuevo, un aliento político que recorría el mundo. Había que reorganizarse y comenzar a luchar de nuevo, porque las tiranías y dictaduras latinoamericanas debían caer y desaparecer. Mientras tanto, el péndulo permanecía inmóvil, ajeno a estas acciones de la sociedad salvadoreña, dentro y fuera del país.

Entre las primeras acciones emprendidas en su bisoño papel como aliado de las nuevas potencias beligerantes, Hernández Martínez emitió los acuerdos ejecutivos que bloqueaban los fondos y valores de los ciudadanos del Eje residentes en El Salvador, además de que declaraban extintos los acuerdos de comercio y navegación vigentes con Alemania e Italia, a los que la Asamblea Legislativa de El Salvador declaró el estado de guerra el 12 de diciembre de 1941. Más de 400 salvadoreños salieron del país y se enlistaron en las diferentes ramas de los ejércitos aliados de Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Bélgica, etc.